Mila
Sabía que enero prometía. Diez días exactos desde que decidimos intentarlo y acaba el mes. Esperanza, caricias y desayunos vergonzosos con los Mercer y con Clara, son las descripciones perfectas para días que no hemos querido soltar.
—¡Mamá acelera, vamos tarde! —le insisto a mi madre al volante.
—Lo que me faltaba, ya voy a ochenta —se queja— si me paran si vas a llegar tarde.
Mi pierna se mueve a ritmo constante debajo del vestido de gala. Me recojo el mismo rizo por décima vez, no para de salirse del recogido que me improvisó mi madre.
Llegamos al Centro de Convenciones en Miami Beach. La gala de premiaciones comienza en diez minutos.
Estacionamos y recorremos los pasillos hasta el evento. A mala hora decidí ponerme tacones por encima de mis habilidades.
Nos escanean el QR de la invitación y entramos al enorme salón lleno de mesas asignadas. Muchas personas aun de pie, algunas desorientadas buscando su sitio, otras solo conversando con copas por la mitad.
Echo un vistazo a cada mesa hasta que lo encuentro.
Kai.
Creo que nunca lo había visto tan bien peinado. No necesita traje para lucir elegante. La camisa azul turquesa, con puños cerrados y cuello hasta arriba, hace que su sonrisa le ilumine toda la cara. Se levanta y me hace seña con la mano, como si él me hubiera encontrado primero.
Caminamos hasta la mesa y saludamos a todos con un beso en la mejilla. Teresa y Stephen Mercer van de etiqueta, se les ve el orgullo en cada prenda. Sentados juntos como siempre, al lado, Kai y dos asientos libres para nosotras.
Saludo a Kai el último con un beso rápido, pero no me deja separarme. Acaricia muy suave mi espalda, descubierta hasta la mitad. Se acerca y me susurra al oído:
—Estás hermosa.
Siento su respiración en cada centímetro de mí.
—Gracias, usted también Kai Mercer —le digo con una media sonrisa.
Mueve la silla. Me señala con la mano para que tome asiento.
Nos sentamos y sorprendemos a nuestros padres conteniendo risas. No dicen nada, pero sé que aguantan palabras que nos pueden sonrojar.
Apagan las luces blancas incandescentes, solo quedan focos apuntando al escenario. La gala comienza.
El presentador da una introducción sobre la feria y la importancia de impulsar la innovación. Anuncian los premios en seis categorías distintas. En cada uno suben los ganadores a recibirlo y agradecen hasta a los abuelos, que estoy segura no tuvieron nada que ver.
Es nuestro turno. Kai toma mi mano, la aprieta un poco más de lo normal pero no se da cuenta. Mi dedo índice no cuenta ahora, él lo tiene atrapado. El presentador se coloca nuevamente frente al micrófono:
—El premio al “Mejor Proyecto Ecológico del Año” es para…—hace la típica pausa incómoda, no sé quién la inventó— “Mirando bajo el mar de Driftwood”, de Ocean Breeze.
Tenía muchas esperanzas de ganar, pero escucharlo me sorprende igual.
Nos ponemos de pie mientras el público aplaude. Pero el aplauso más alto es el de mi madre, sentada junto a mí, con los ojos húmedos. Me giro a Kai y me contagia una sonrisa que grita “Lo hicimos”. Quiero abrazarlo pero Teresa nos toma de las manos y nos lleva con ella al escenario.
Un chico de traje le entrega el premio y ella se lo pasa a Kai. Le susurra algo al oído que no alcanzo a escuchar, pero lo hace sonreír. Kai se acerca al micrófono y yo me quedo al lado de Teresa.
Se aclara la garganta y sus nudillos están tensos alrededor del premio.
—Quiero agradecer al jurado por reconocer la importancia de nuestro proyecto —le veo sudar desde aquí—. Investigar y proteger los arrecifes es fundamental para mí y para todo el equipo de Ocean Breeze —se gira un poco hasta que logra mirarme, le sonrío en señal de apoyo—. Por último, quiero agradecer a mi madre que soñó con este proyecto, un proyecto con enorme impacto ambiental y que me dio la segunda oportunidad que necesitaba —vuelve a girarse al público—. Muchas gracias.
Se retira del micrófono y camina hacia dónde estamos. Teresa lo abraza por unos segundos. Sus manos lo envuelven en una mezcla de orgullo, amor de madre y nostalgia.
Cuando se separan Kai toma mi mano, me besa en la mejilla. Bajamos los tres del escenario y caminamos de regreso hasta la mesa. Stephen y mi madre nos esperan de pie, con una sonrisa que parece atornillada, no se acaba.
Nos sentamos y escuchamos el resto de categorías, pero ahora con una calma que da envidia. Ya nuestro premio está en la mesa.
***
Kai
No he podido dejar de mirarla toda la noche. Ni siquiera en medio de mi discurso. No es el vestido, ni los tacones, luce espectacular, pero se vería igual de hermosa aunque usara sus tenis blancos. Es el deseo permanente de tener su mano en la mía y sentir ese choque de electricidad a cada momento.
La gala concluye. Nuestros padres nos incluyen en varios brindis emotivos. Picoteamos dulces y salados que dejan en la mesa. Transcurre la noche tan tranquila que asusta.
—¿Qué te dijo tu madre en el escenario? —susurra Mila acercándose.
—Que no me pusiera a llorar.
Soltamos una carcajada entre nosotros.
—Así que segunda oportunidad ah —se burla mientras recoge el rizo que no para de salirse.
—Tenía que haber dicho tercera —le hago una seña y se ríe apartando la mirada hacia el frente.
Una voz desconocida interrumpe nuestro tonteo.
—Disculpen la interrupción, llevo un rato buscándote —se dirige a Mila— ¿Mila Ortega verdad?
Nos giramos a la vez. Un hombre alto con traje que ha presenciado varias rondas de inversión y canas de decisiones difíciles. Nos levantamos. No sé por qué lo hago si está claro que la busca a ella. Está justo en medio de los dos y le extiende la mano.
—Me presento —dice con voz grave— Soy Peter Field CTO de Hexalya.
No tengo ni idea de qué habla y, por la cara de Mila, ella tampoco.
Editado: 15.02.2026