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33. El día perfecto

Kai

Con este clima abril parece verano. El proyecto solo hay que mantenerlo. El Instituto es puro trámite. Todo está en orden y mis horas se llaman Mila.

Hoy es su cumpleaños. Quiero que se divierta.

Sábado. Apenas son las ocho de la mañana.

Salimos del supermercado con lo necesario. Manu, Carlos y Arlo cargan cajas de refrescos y cerveza. Lena y Violet llevan las bolsas con snacks y adornos. Ya les dije que no quiero ver nada en el agua, pero me dieron por loco.

Subimos a los autos. Ellos van directo al sand bar. Yo voy a buscar a Mila.

Ventanilla abajo. El sol y la brisa se cuelan en el auto.

Suena llamada en el carplay.

—Hey, ¿qué hay? —le contesto a Nico.

—Todo ok —dice en tono seco— te llamo porque no he sabido de Lena en varias semanas —se detiene por un instante— y no quiero llamarla a ella.

Yo sé el motivo. He estado en medio de conversaciones.

—Ella está bien Nico. Si te interesa deberías llamarla.

—Sé que está viendo a un chico Kai —dice y me toma por sorpresa.

—No vive aquí, solo hablan por teléfono. Pero sí parece importarle.

Hace silencio por un minuto.

—Tú ¿estás bien? —le pregunto.

—La cagué con ella —su voz suena más baja.

—Ya sé hermano.

Siempre pensó que la tendría segura. Pero todo tiene límites.

—Felicita a Mila de mi parte —dice y se despide— te quiero hermano.

—Dale, hablamos.

Cuelgo. Siento pena por él.

El resto del trayecto voy en silencio, solo el sonido de la carretera de fondo.

Llego a casa de Mila. Me recibe Clara.

—¿Cafecito? —ofrece, con la taza ya en la mano.

—Claro Clara —siempre le suelto el mismo chiste y siempre se ríe.

—Mila está durmiendo, a ver si tú consigues levantarla —dice mientras camina hacia el patio—. Yo me rendí hace años.

Me tomo el café cortado y dejo la taza en el lavavajillas. Después de tres meses ya sé usar hasta la batidora en esta casa.

Saco leche de la nevera, lleno una taza, un chorro de café y al microondas.

Dos minutos. Lo suficiente para que suelte el olor a desayuno que le encanta.

Me quito los zapatos. Camino en silencio hasta el cuarto de Mila. Podría caminar con los ojos cerrados y la taza seguiría sin botarse.

Abro la puerta.

No entiendo como puede dormir con el cuarto lleno de sol. Pero ahí está, enroscada en su colcha favorita. De espalda. Los rizos le tapan la cara.

Me acerco. Dejo la taza en la mesilla de noche. Me inclino hacia la cama.

Le aparto los rizos. Le hablo bajito.

—Feliz cumple amor.

Se gira hacia mí aún con los ojos cerrados, pero con una leve sonrisa.

Le acaricio la mejilla. Parece acomodarse más.

—Levántate, que llegas tarde a tu cumple.

Abre los ojos por fin. Sonríe al verme. Sin que me de tiempo a reaccionar, me tira del cuello y me lleva con ella a la cama.

—Ya es el mejor cumple de todos —me abraza con fuerza.

Pasamos un rato enredados en la colcha. Siente algo duro en mi bolsillo.

—¿Qué tienes ahí? —pregunta curiosa.

Quería dárselo más tarde, pero ya no se va a aguantar.

—Tu regalo.

Saco una pequeña caja. La abro y su ojos se humedecen. Ella sabe lo que es.

—Un collar con una piedra para ansiedad —dice sorprendida.

—Para que ya no tengas que contar —le digo mientras saco el collar de la caja— tocas la piedra y te relajas.

Le separo los rizos del cuello. Abrocho el collar. Coloco la piedra en el centro de su pecho.

Me besa muy suave. Agradeciendo con los labios.

—Gracias amor —casi susurra, siento su garganta cerrada.

—Ya tu leche debe estar fría —le señalo la taza y corto el momento para relajarla.

—Todavía huele, está perfecta —me da un beso rápido.

Nos sentamos. Se toma la leche todavía en la cama.

—Ponte traje de baño —le indico— yo llevo lo demás.

—Listo, ya me cambio.

La espero tirado en su cojín. Tardó más en abrir los ojos antes, que en alistarse ahora.

Recoge su móvil y salimos en el auto. El clima pronostica un día perfecto.

***

Mila

Llegamos al hotel, debí imaginarlo. Camino con cautela esperando gritos de “Sorpresa” en cualquier momento. Pasamos el lobby, la terraza, y nada, ni rastro de fiesta o nada que se le parezca.

Caminamos hasta el muelle dónde el jetski estaba listo para nosotros.

—Póntelo —me da un chaleco salvavidas.

—Olvidas que ya no lo necesito.

—Tú olvidas lo que es correr conmigo —dice con una sonrisa ladeada.

Me coloco el chaleco porque no lo he olvidado.

Kai se quita la camiseta, conozco cada parte de él, pero no me canso de mirarlo. Se pone otra de protección solar, negra, de manga larga, ceñida. Se coloca el chaleco salvavidas. Ya llevaba el short negro que usa de traje de baño. Sube al jetski, guarda una bolsa en el compartimento seco y estira la mano para que me siente detrás de él.

Acepto su ayuda y me acomodo en el asiento.

—Agarrate que va a jalar —mira hacia atrás y me guiña el ojo.

Sonrío, entiendo por qué lo dice.

—Mejor, así puedo meterte mano —suelta una carcajada.

Lo envuelvo con los brazos y me aseguro de agarrar su abdomen con mis dedos. Mi cabeza apoyada en su espalda. Con él no importa el destino.

Vamos despacio hasta que salimos del área del hotel.

Pasamos la señal de velocidad. Acelera.

El trayecto dura quince minutos, viento, sal y sol pegándonos en la piel.

Cuando apaga el motor.

“¡Sorpresa!”

Gritan todos a la vez y hacen ruido con trompetas de papel.

Un cartel gigante amarrado de un jet ski a otro con letras enormes: “Happy birthday”.

Lena y Violet cómodas en una balsa gigante, con vasos de bebida en la mano, Manu y Carlos tirados en flotadores y Arlo instalando una bocina encima de uno de los jet ski.

Se me humedecen los ojos. Hacía mucho que no tenía una fiesta sorpresa. El último cumpleaños Hugo me invitó a un concierto de Ed Sheran. Fue hermoso, pero esto es diferente. Se siente bien recuperar personas que realmente nunca se fueron.




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