Mar en versión beta

Especial San Valentín

Kai

Camino despacio por el pasillo, descalzo para no hacer ruido. Cuido que no se desborde el jugo de naranja. Mojaría los panecillos dulces y mi padre me mataría si le arruino la sorpresa.

Abro la puerta de la habitación. Mi madre todavía está rendida. El cabello rubio le cae en la cara. Se ve más blanca de lo normal, quizá por la luz que se cuela entre las cortinas. Desde que los resultados salieron positivos la miro distinto. Como si necesitara memorizarla. La operación para retirar el pequeño tumor de su seno izquierdo fue hace tres semanas. La radioterapia empieza el próximo martes.

Dejo la bandeja con el desayuno en la mesa de noche. Acaricio su mejilla.

—Mamá, despierta.

Se mueve entre las sábanas. Abre un ojo, luego el otro. Estira los brazos.

Sin esperarlo me agarra la cara con las dos manos y me da un beso apretado en la mejilla.

—Feliz día de San Valentín, mi niño —dice y mira el espacio vacío a su lado—. ¿Y tu padre?

Coloco la bandeja sobre ella. Le brillan los ojos. Esa luz me tranquiliza más que cualquier análisis.

—Para ti también, mamá —le robo un panecillo—. Anda, desayuna, que me tienen de recadero.

Toma un sorbo de jugo y ve el pequeño sobre rojo junto al plato. Lo abre. La letra de mi padre. Solo alcanzo a leer dos palabras: “Te amo”.

Ella sonríe. Eso basta.

—Dice papá que cuando termines de desayunar tienes otra sorpresa en el baño.

Le digo y me levanto para irme.

Cuando estoy por cerrar la puerta la veo caminar rápido hacia el baño. Me río en silencio.

Sigo hasta mi habitación.

Saco del clóset la caja aún sellada. Pesa más de lo que imaginaba. Es larga, rígida. No tengo idea de qué es. Soy pésimo adivinando regalos.

Me siento en el balcón con la caja entre los pies. El sol como siempre calienta pero en febrero es un placer. El mar está casi plano.

Ayer le dije que la llamaría al mediodía, pero no aguanto.

La videollamada suena unos segundos.

—Hola amor —dice Mila somnolienta—. Feliz San Valentín.

—Hola amor. Perdón por despertarte.

Sonríe. Sus ojos casi desaparecen.

—Espera busco mi caja.

La veo moverse por su habitación hasta que la imagen queda fija. Se sienta en el suelo con una caja enorme frente a ella.

—Estoy lista.

—A la de tres —cuento—. Uno, dos, tres.

Abrimos.

La mía se traba un poco, pero logro sacarlo.

—Ahhhhh —grita ella—. Te amo.

Saca el enorme cojín con forma de cubo de Rubik y se lanza encima, desapareciendo dentro.

Yo miro el mío.

Un mapa batimétrico. Relieve submarino en capas. Las fosas marcadas con líneas precisas. La plataforma continental dibujada con detalle.

Paso los dedos por la superficie.

—Es perfecto —digo, sin poder evitar sonreír.

—Para que conozcas cada detalle de los océanos —dice arrugando la nariz.

Estar lejos de ella no es sencillo. En días así menos.

—¿Qué vas a hacer hoy? —le pregunto.

—Voy con Lena y Hugo a una fiesta de Parsons —hace una mueca—. Ya sabes, a darme un chute de intensidad.

Me río al ver su cara. Está claro que Lena le hizo un chantaje de los suyos.

—Disfruta amor, estudias demasiado.

—Mira quién habla, si solo te falta comer algas —se acomoda un poco en el cojín y acerca más la pantalla—. ¿Y tú qué vas a hacer?

—Mis padres no van a estar hoy, así que me quedo a cargo del hotel.

—Uy, como me gustas cuando estás de jefe —se muerde el labio.

Solo ella consigue sonrojarme a las nueve de la mañana.

Hablamos más de una hora. Siempre es así. El tiempo con ella no avisa cuando se acaba.

Cuelgo.

Miro hacia el muelle. Mi padre ayuda a mamá a subir al bote. Pasó la mañana decorándolo con cintas rojas y jazmines. Se abrazan antes de soltar amarras.

Me quedo observando hasta que el motor arranca.

***

Mila

Salgo de mi habitación aún en pijama. El olor a café recién hecho me guía hasta la cocina. Mi puerta abre directo al comedor. Y el comedor es sala y cocina. Williamsburg en su máxima expresión.

—Ay Kai te amo, ay Kai te extraño —dice Lena dramatizando, una mano en el pecho.

—No, mejor —agrega Hugo entre risas—. Ay Kai, me quiero casar contigo.

—Que va —digo fingiendo un gemido exagerado—. Si Hugo sigue así…

Los dos se quedan en silencio un segundo.

Y explotamos en carcajadas.

Aquí no hay secretos. Ni paredes gruesas. Ni filtros.

—¿Van a actuar hoy como pareja normal y celebrar San Valentín? —pregunto.

—Obvio que no —responde Lena.

—Te morirías del asco sin nosotros —dice Hugo rodeándola por la cintura.

—¿Te olvidaste de la fiesta de Parsons? —agrega Lena.

Niego con la cabeza, pero no me cree.

—Ya sé que te olvidaste, pero no te salvas —me agarra por el brazo de vuelta a mi habitación— vamos a planear outfit.

—Voy a ducharme. Una hora —grita Hugo desde el pasillo.

—Joder no te gastes toda el agua —le respondo antes de que Lena cierre la puerta.

Adaptarnos a vivir los tres en este espacio fue un caos. Ahora es un sistema. Caótico, pero sistema.

Me siento en la cama mientras Lena revisa mi clóset como si fuera una emergencia nacional.

En mi escritorio, la foto con Kai en el muelle.

Lo extraño, sí. Pero no me rompe.

Sé que vamos a conseguir nuestro espacio en algún momento. En Driftwood, aquí, o en cualquier lugar, pero va a pasar.

—Vas con el beige —dice Lena resignada—. Pero juro que te voy a llevar de compras.

Sonrío. Lo dice cada vez.

***

Lena

—Listo, ya pedí el Uber.

—Estamos a diez cuadras —dice Mila, aún luchando con el zipper de sus botas.

—Con este frío no pienso caminar. Soy intensa, no masoquista.

—Yo voto Uber —dice Hugo saliendo del cuarto—. No pienso cargarla cuando se canse.

—Ganamos.

Lo agarro del brazo y lo beso. Porque puedo.




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