–Los funerales son para los vivos.
No pensé que algo fuera a distraerme del muerto que yace frente a mis ojos ese día. Para un niño de 6 años, solo el helado, los autos de juguetes o la promesa de un Mc Donals a la salida de un evento podrían ser tan detonantes para desviar la mirada de un cadáver como lo era el de mi tío.
Ella tenía el cabello más colorido que yo hubiera visto en la vida. El rojo fue mi color favorito desde entonces. Aunque las trenzas que le habían hecho para que tuviera la cara descubierta, la hacían ver como una reina y eso me intimidó un poco cuando volteé a verla.
–¿No estas de acuerdo? – preguntó mirándome, y mientras pensaba una respuesta inteligente, quedé fascinado con el tono grisáceo de sus ojos.
¿Quién era? ¿Y por qué era tan hermosa?
Tenía vecinas que me hacían ojitos cada vez que salía de casa, que me sonreían con picardía como si fueran princesas, pero esa niña no tenía el claro objetivo de llamar mi atención, e irónicamente, era todo lo que hacía.
Me preocupó por un segundo no saber qué responder. Nunca antes me habían hablado de algo tan serio como la muerte. La gente mira a un niño y piensa "hay que decirle cosas simples, y en un tono que no lo asuste". Pero ella... hablaba como toda una adulta y no tenía más años que yo, eso era seguro.
Al final pensé que podía ser mi oportunidad. No sabía exactamente de qué, pero si los trenes pasaban una sola vez en la vida, y éste se veían particularmente bello ante mis ojos, no podía dejarlo pasar.
–Solo pienso que es extraño darle flores muertas a un muerto – respondo señalando las innumerables coronas que adoraban el salón donde pusieron el féretro y donde la gente lloraba desconsolada por un hombre que seguramente no les caía bien.
–Creo que es poético – dice ella – Digo, a los vivos se le regalan flores muertas, ¿por qué a los fallecidos no?
–Al menos los vivos podrían disfrutarlas.
–No lo hacen. Las dejan en fríos floreros hasta que dejan de ser bonitas.
Quien pudiera debatir esa lógica tan adulta a la tierna edad de 6 años. Recuerdo que me puse nervioso, ansioso, desesperado. Si esa conversación terminaba y esa niña pensaba que no valía la pena perder su tiempo a mi lado, era 90% seguro que no volviera a sonreír en la vida. O que, menos drámaticamente, metería mi cabeza en el féretro esperando a esta solo y menos averngozado.
Me aclaré la garganta y pensé cómo continuar el pequeño debate.
–La belleza no dura a menos que se manifieste en palabras.
Fue algo que mi tía abuela dijo una vez y se me grabó a fuego en la memoria. Tal vez porque lo dijo mientras rompía uno de los retratos de mi madre cuando se decidía a pintar. O puede que fuera porque esa mujer, con su imagen imponente y carácter mordaz, siempre buscaba la forma de que no la olvidaran.
Miré a la niña de reojo para saber si al menos la había impresionado un poco, y ella estaba en la misma posición de hacía 5 minutos, mirándome.
–Me gustan las palabras – dijo – Pueden hacerlo todo, destruirlo todo. Y me gustan las mentiras, es divertido revelarlas y ver cómo la gente se altera por ello.
–Bueno, estamos en un funeral. Te garantizo que mentiras y falsedad abundan entre nosotros.
–Cierto. ¿Por qué siempre se habla bien de los muertos? Yo no conocí a tu tío pero estoy casi segura de que no donó sangre tres veces en un mes para los huérfanos.
Claro que no lo hizo. Ese hombre era el ser más tacaño del mundo. Si acaso me hizo un regalo alguna vez en la vida fue un pedazo de chocolate en la Pascua de mi cuarto año de vida. Y ni siquiera había pagado por el dichoso dulce.
–Era un egoísta – dije – Y tenía un olor horrible en las manos. No sé qué hacía con ellas pero odiaba que me tocara. Además estaban muy arrugadas, como si dos bolsas de papel intentaran asfixiarme.
Y entonces, escuché el sonido más maravilloso del mundo. Su risa. Sutil, sincera, perfecta.
A nadie se le ocurriría reír en un funeral pero a ella no le importaba.
A mi no me importaba.
Mis manos no eran lo suficientemente grandes y mis brazos no tenían fuerza en ese entonces, pero estaba dispuesto a matar a quien fuera que intentara borrar esa sonrisa de su rostro.
El primer pensamiento egoísta y posesivo que tuve en mi joven vida fue al verla sonreír. Y con solo esa pizca de prueba, me volví adicto a ella.
–Entonces, me alegra que haya muerto – dijo – Odiaría estar en tu funeral.
Aún no sabía quién era, qué conexión tenía con mi familia, o cuándo la volvería a ver. Solo tenía claro que no podía dejar que esa niña desapareciera de mi vida de la misma forma en la que entró: en un parpadeo.
–Soy Noah – extendí la mano hacia ella, que la miró con confusión pero luego la estrechó como si fueramos adultos.
–Roma.
El nombre perfecto para la mujer perfecta. Y entonces hice lo más maduro y sofisticado que recordé de las películas en blanco y negro que veí mi abuelo cuando se ponía nostálgico y no tenía ganas de jugar Monopoly conmigo.
Sujeté la mano de la niña y en un gesto torpe pero a la vez cuidadoso, besé sus nudillos.