Noah Velaz es el amor de mi vida.
Por eso sé que mataría por él. Que vamos a estar juntos el resto de nuestra vida. Y que nada ni nadie puede impedirme estar tranquila y feliz entre sus brazos en esta cama de hotel.
–¿Por qué la noche no puede ser eterna? – murmura él mientras se despierta – Odio la luz del sol.
Sigo acurrucada contra su pecho, mirándolo como si fuera la primera vez. Aunque, para ser justos, la primera vez que lo vi eramos unos niños, y más allá de la admiración que sentí por conocer a un chico tan adorable como él, no había deseo entre mis pensamientos. No como los que tengo hacia él desde que entramos en la adolescencia.
Siempre supe de mi amor por él. Incluso siendo unos niños, sabía que tarde o temprano me enamoraría de Noah. Por eso no me sorprendí cuando finalmente pasó. Solo lo acepté, con todos los cambios hormonales y pequeñas vergüenzas que eso conlleva.
–Pensé que verme recién levantada era lo mejor de tu día – bromeo – Eso no sería posible sin la luz de tu maldito sol.
Se voltea para verme y se da cuenta enseguida que llevo media hora despierta, solo mirándolo. No hay lagañas en mis ojos, y me peiné un poco el cabello con los dedos. Me gusta sorprenderlo así, porque siempre es él quien se despierta primero, me lleva el desayuno a la cama o hace que abra los ojos con sus increíbles besos.
Si soy romántica o no es algo que los demás tendrán que decirme, pero adoro que él si sea así de dulce y romantico. Solo conmigo.
–Odio la luz del sol – dice acunándome entre sus brazos con más fuerza – Pero me encanta que su luz durante la mañana te haga ver tan hermosa.
–Poético. Muy poético. Seguro vas a pedirme algo a cambio de esas dulces palabras.
–¿Qué tal quedarnos el resto de la vida entre estas sábanas?
Puede parecer una broma, pero Noah habla muy en serio. No importa que sus palabras se pierdan en el camino mientras me besa el cuello y sus manos me hacen pensar solo en el estremecimiento de mi piel ante su tacto. Él lo dice en serio.
Sé que nada nos haría más feliz que estar encerrados en esta habitación, teniendo sexo y olvidando el mundo exterior. Sé que nada más me haría falta en el mundo más que Noah, y yo me encargaría de ser todo lo que necesite.
Pero la realidad no es amiga de nadie. Y hay una vida a la que esa maldita luz de sol nos obliga a volver.
–Como desearía poder decirte que sí – respondo solo para sentir cómo sus caricias se detienen y se da cuenta que ya es hora de caer a tierra.
–Solo un minuto más en la burbuja perfecta, solo eso te pido, amor.
Nunca sería un solo minuto si le dijera que sí. Me besaría hasta dejarnos los labios hinchados, haría su magia con los dedos, y terminaríamos donde empezó nuestra noche: con la ropa tirada por toda la habitación, y al menos cuatro duchas en la bañera de este hotel.
Siempre fuimos muy apasionados el uno con el otro. No hay sorpresa en eso. Me alcanza con pensar en Noah para querer estar con él, y una vez que eso pasa, es imposible no deleitarse con la mirada. Cabello oscuro, lo suficientemente largo como para enrederar mis dedos en él; ojos color miel, claros pero de un tono que se asemeja al negro; y labios perfectos... y magicos.
De niño tenía pecas que con el tiempo desaparecieron. Una lástima. Sé que me hubiera gustado besarle cada una de ellas en nuestras primeras veces juntos. Pero ahora tiene algo mejor. Unos brazos fuertes, un abdomen firme y bronceado, y una espalda tan ancha que podría cubrirme con ella en invierno.
Noah es tan atractivo como demente, y es todo mío.
Así que si, un minuto en el paraíso con él, es toda la vida en el paraíso perdida en él.
–Te daría todo el día en la burbuja perfecta. Pero tenemos clases, yo tengo que ir a casa y tú con tu hermano.
Se aleja un poco de mi para verme a los ojos. Noto una repentina tristeza en ellos que en realidad si me esperaba. Aunque no sé si es porque mencioné mi casa o a Mirco. Elijo creer que es por lo segundo y me atrevo a preguntarle:
–¿Todavía no hay ninguna mejora en él?
–A veces mueve la mano. Y a veces balbucea cosas inentendibles. Pero no diría que eso es estar mejor.
Después del accidente, el hermano pequeño de Noah quedó en coma. Y así estuvo por casi dos años. Sigue siendo un niño, así que las probabilidades de que despierte existen. Pero el tiempo pasa, y Noah, que siempre fue el único optimista al respecto, está cada vez más decaído cuando hablamos de ello.
Porque lo hablamos. Por horas y casi cada día.
Si él no hablara de este tema conmigo ¿con quién lo haría? Sabe que yo podría escucharlo hasta el fin del mundo, para que se queje, se desahogue, llore o grite. Solo lamento no poder hacer mucho al respecto, más que palabras.
–Tiene suerte de tenerte – le recuerdo dejando un beso en su hombro desnudo.
–Suerte – repite – Ojalá él tuviera la mía.
Pasa sus dedos tibios por mi mejilla hasta llegar a mis labios. Yo los beso esperando que no los retire tan rápido, y no lo hace
–A veces me da algo de culpa estar así contigo, mientras él está tirado en la cama del hospital.