Masquerade

2. Roma

Noah me deja a tres cuadras de mi casa. Tiene que devolver el auto de sus papá antes de que note que se lo llevó, y yo tengo que entrar sin ser vista, lo cual es absurdamente fácil.

Mis papás están en la cocina y literalmente pueden verme abrir y cerrar la puerta de la entrada. Y no dicen nada. Nunca me dicen nada. Ojalá fuera porque son unos padres modernos y comprensivos que apoyan la vida social de su hija. Pero si eso fuera así, la historia sería muy diferente.

Se callan cualquier cosa que quieran decirme porque no les importo. Hasta la fecha, sigo sin saber por qué me adoptaron. Es obvio que sus hijos biológicos no resultaron como ellos querían, pero ¿eso es suficiente para querer una niña que además van a tratar como a un fantasma? Quién sabe...

No me molesto en saludarlos, porque sería como hablarle al aire. Pero les dedico una mirada. Con suerte, alguno me verá y con un simple gesto de mi cabeza podría decir "hola" al menos por educación.

Eso no pasa, y yo subo las escaleras para ir a mi habitación.

Me bañé en el hotel con Noah, así que esta podría ser una visita rápida. Buscar mi mochila y salir directo a mi clase matutina.

Sin embargo, siempre cuento con las apariciones de mis hermanos en el camino.

–¿Ya comiste todo lo que había de desayuno, Romita? – Dylan me aborda a la mitad de la escalara. Incluso sin la ventaja de estar un par de escalones sobre mi, mi hermano es bastante alto.

El cabello rubio le cubre los ojos desde que lo conozco, y eso hace que su color amarronado se oculte pero su sonrisa con hoyuelos hace que sea imposible no mirarlo. Es defectuoso mentalmente, y eso no quita que sea atractivo.

–Tranquilo, no comí todavía – respondo casi en un susurro.

Espero que eso todo por ahora y sigo avanzando, pero cuando estoy a su altura usa la fuerza de su hombro para golpear el mío. Lógicamente, me derriba y de no haberme agarrado de la barandilla de la escalera, habría sufrido una fea caída.

–¿"Todavía", dijiste? – pregunta – En tu lugar pensaría en no volver a comer nunca. ¿Qué chico te va a querer si estas como una vaca?

-Lo uso para evitar chicos como tú

-¿Qué dijiste?

–Nada... – aprendí con los años que no tiene sentir debatir nada a Dylan. Incluso con el argumento más elaborado y preciso que pudiera pensar, él siempre tiene que tener la razón. Es capaz de cambiar las leyes de la física con tal de tener la última palabra, aún estando equivocado.

Todavía no suelto la barandilla. Sus internos de lastimarme no suelen quedarse en uno solo. Es como su droga personal: una vez que empieza, no puede parar.

Por eso se inclina hacia mi, con su imponente y gran cuerpo, lo suficiente para cortarme el aire que respiro y hacer sangrar mia palmas por mi fuerte agarre.

–Me preocupo por esas cosas, Romita, aunque no me creas – murmura al tiempo que su vista se clava en mis ojos. Puedo sentirlo, pero yo no tengo permitido devolverle la mirada. Sé lo que haría si fuera tan osada.

–Si – respondo.

–Claro que sí. Espero con ansias el día en que un chico ciego y estúpido quiera algo contigo y te saque de esta casa. Ya no aguanto verte la cara.

Enfatiza ésto último, golpeando mi mejilla con una fuerza extrañamente moderada... pero no lo suficiente. No va a dejarme marca, y aunque lo hiciera poco importa, pero me duele el simple hecho de que me toque.

Se aleja bajando lo que queda de las escaleras, y mi agarre afloja un poco. Llega al final y me permito encaminarme de nuevo a mi habitación. Cuando me llama, como si fuera un hermano normal, volteo a verlo.

–Deberías tener más cuidado con la escalera, hermanita. Odiaría que tropezaras.

Aun cuando no pude verle los ojos maliciosos que disfrutan con mi miedo, esa sonrisa horriblemente encantadora que se le forma cuando me amenaza me dice de todo. Que nunca voy a estar tranquila, que él tiene el control, que toda mi vida voy a tenerle miedo.

Finjo que los últimos minutos no pasaron, como siempre. Porque olvidar es lo único que me ayuda a no perder la cabeza. Recuerdo solo aquello que puede servirme para seguir viva, como nunca tocar la comida de Dylan, incluso aquella que se olvida de etiquetar. O las respuestas programadas que él acepta cuando hace preguntas que no son más que amenazas de muerte.

A veces me permito ser valiente y hacerle frente. A veces no dejo que me vea derrumbarme. Solo a veces... pocas veces.

Estoy juntando las cosas que necesito llevarme a mi clase. Lo cual incluye mi cepillo de dientes y la pasta dental. Normalmente no las llevo, pero es algo que no pude hacer esta mañana dado el lugar en donde estaba. Y me niego a hacerlo en casa, no vaya a ser cosa de que...

–Solo está jugando.

La voz de John me asustaba las primeras veces que la oí, cuando se metía sin permiso en mi habitación. Ahora es una costumbre tan arraigada que hasta el espero escucharla para que el momento pase de una vez y listo.

Lo miro mientras pongo la mochila sobre mis hombros. Se queda en el umbral de la puerta mirándome con atención. Durante el día, no pasa de ese umbral, pues tiene miedo de que nuestros padres nos vean. Sin embargo, en las noches no tiene límites, y tanto como quiere que yo me meta en su cama para abrazarlo mientras duerme, desea acostarse en la mía para sentir mi perfume.




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