Ver a tu hermano conectado a un montón de máquinas, las cuales son lo único que todavía lo mantiene con vida, es la peor de las torturas.
Y no me gusta ser torturado. No de esta forma.
Mirco tiene casi 11 años y lleva dos de ellos tirado en esta cama, en esta habitación, respirando únicamente gracias a esa cosa que no deja de hacer pip-pip. Trato de no odiar ese sonido porque mi hermano sigue vivo gracias a él, pero también es un recordatorio de que no está del todo vivo.
Sé que si yo estuviera en su lugar, querría morir. Nada de todo ésto que me rodea lo querría conectado a mi cuerpo. Y puede que Mirco sienta lo mismo, aunque no pueda decirlo. Pero soy tan egoísta que me rehuso a dejar que mi hermanito muera. Prefiero ser un insensible que un asesino.
Que irónico. Por él y por Roma sí sería capaz de matar.
No hay nada que no haría por ellos. Y de poco me sirve si no puedo hacer que abra los ojos de una vez.
–Te cedo 20 minutos – me dice la enfermera que lo atiende siempre. Nunca me molesté en aprender su nombre porque ella piensa que me gusta y yo me esfuerzo por mostrar lo contrario – Pero no es horario de visitas y lo sabes.
–Gracias – es toda la cortesía que le concedo mientras tomo asiento al lado de Mirco y ella se retira.
Hoy está algo pálido, frío.
Si la muerte tuviera rostro, lo golpearía por hacer que mi hermanito se vea como ella.
Es lo peor.
Entro al hospital casi todos los días pensando que podría ser el último, y cuando lo veo pienso que también podría ser el día en que finalmente despierte y me insulte por no tener a la mano esas horribles golosinas de kiwi que le gustan. Pero me voy del hospital siempre con una mezcla de emociones: feliz porque sigue vivo aun cuando el calor de sus manos desaparece poco a poco, y enojado por sus párpados continúan sellados.
Extraño el color de sus ojos. Veo los míos en el espejo y finjo que es el mismo, pero no engaño a nadie. Mirco siempre tuvo una mirada más tierna e inocente. Siempre creyó en la palabra de la gente esperando que sus intenciones sean puras. Siempre creyó en nuestro papá y cómo lamento eso.
Ese viejo despreciable poco se aparece por el hospital. Y mucho menos coincidimos para venir a ver a Mirco. Sé que su mera presencia no le haría bien a mi hermano, porque a mi me enferma el solo pensar en él.
Fue su culpa.
Mirco estaría bien si no fuera por él.
El accidente no habría ocurrido si él hubiera sido un buen padre.
Me alejo de esa línea de pensamiento en cuanto aparece. Cuando estoy con mi hermano solo quiero pensar en lo mejor de mi vida. Generalmente eso me lleva a Roma. Ella es lo único bueno que tengo ahora, a lo que me aferro con uñas y dientes desde que la conocí y milagrosamente no quiso dejarme solo.
–Roma te saluda, Mirco – comienzo – Tal vez esto no te motive mucho, pero dice que nunca tendrías oportunidad con ella. Ya sé, es una locura. Cuando crezcas vas a tener a todas las chicas locas por ti, estoy seguro. Y ella se va a tener que conformar conmigo.
Peino un poco su cabello. No representa ningún cambio, pero si no puedo recordar el color de sus ojos, al menos no quiero olvidar la suavidad de su cabello, y lo mucho que odiaba que se lo acomodara.
–Ahora está en clase – continúo – Escribe como una diosa y se ve como tal haciéndolo. Vas a tener que creerme en esto, aunque ya sabes lo hermosa que es. La sonrisa preciosa que tiene. Algún día va a traerte uno de sus cuentos, y puede que te gusten tanto que te levantes para suplicarle más. O que lo odies tanto que le supliques que se detenga. Ya sabes que ella no escribe cuentos infantiles precisamente.
Roma tiene una pluma muy particular. Bellísima para retratar el mundo como el lugar caótico que es pero no todos tienen el estómago para leerla. Eso la hace tan única como yo siempre supe que sería cuando la conocí.
–Y yo estoy tratando de sobrellevar el curso por ella. No me agrada hacer tarea, y tengo poca creatividad para los finales. Pero hasta ahora no reprobé ninguna clase, y mis clientes tampoco. Te sorprendería la cantidad de gente vaga y estúpida que paga por las respuestas de los exámenes. Tú no serías así, Mirco, estoy seguro. Vas a estudiar como un condenado porque eres obstinado y vas a ser más inteligente que yo, y a lograr cosas increíbles.
No es un trabajo honesto y no voy a hacerme rico con él. Pero me ayuda a estar cerca de Roma. Ella me necesita cerca aunque no lo admita. Las clases son su escape de esa familia miserable que la atormenta, y mi presencia la tranquiliza, incluso si no puedo tocarla frente a otros, o decirle más de tres palabras en una conversación.
Sus hermanos frecuentan la escuela, y si nos vieran juntos, las cosas se pondrían feas para ella. Además, sus supuestas amigas tampoco son de confianza. Las chismosas y traicioneras víboras nunca lo son. Odio eso. Andar en puntitas de pie con la mujer que amo... es horrible y me quema por dentro.
La gente me paga bien por hacer sus tareas, por las respuestas de los exámenes, por hacer o corregir sus trabajos finales. Es lo que tiene ser un genio. No importa si hago las cosas bien o mal, todos confían en mí hasta que ya no les sirvo.