El mensaje de Roma me revitaliza.
Estuve bastante deprimido desde que la vi con Ian. Pensé que podía ir a ver qué clase de fotos valían el tiempo de mi novia, pero sé que no hubiera aguantado. Habría roto todos los dedos que Ian puso sobre su cintura, uno a uno. Y eso no me conviene, mucho menos a Roma.
Sonrío como un tonto pensando en el beso que ella promete. No sería exactamente robado si ella se lo espera, pero mi especialidad es sorprenderla. Siempre lo logro y esta noche no va a ser la excepción.
Vuelvo a concentrarme en mi entorno para no cometer errores.
Para empezar, tengo bien vigilados a Paco y Jeremy a no más de 30 metros de distancia. Los muy imbéciles piensan que nadie se da cuenta que le están vendiendo cosas robadas a ese pobre chico.
"Distribuidores oficiales" dicen ser, pero esos celulares y esas laptops no vienen en cajas oficiales selladas de las dichosas marcas que supuestamente les pagan por la distribución. Cualquiera con dos dedos de frente lo vería.
La razón por la que los tengo en la mira es que esos descarados zánganos se atreven a robarme incluso a mi. No me sorprendería que ya hayan entrado a mi casa, y hubieran descubierto que no hay nada de valor ahí, más que un auto el cual no pueden llevarse sin hacer ruido o ser acusados por un hurto mayor cuando los atrapen. Porque si, está en mis planes futuros que los atrapen.
Dylan están en mi lista de enemigos, en el puesto número 1, sia caso. Y si él cae, sus sanguijuelas también.
Pero el caso es que mi mochila es una caja fuerte sin candado. Más de una vez me he dado cuenta que sus pegajosos dedos se inmiscuye en ella para averiguar qué celular tengo o qué auriculares pueden sacar sin ser vistos.
Una persona normal los enfrentaría. Los denunciaría por ladrones y dejaría de frecuentar con ellos.
Yo nunca fui una persona muy normal.
Poco me importa que se lleven mis cuadernos casi nuevos, o los auriculares inalámbricos que cambio cada mes. Mi celular, que es lo más valioso que llevo encima, es inalcanzable, a menos que tengan los huevos de meter sus dedos en mis bolsillos. Y no los tienen.
La mejor carta en un juego es el as, y este es el mío contra ellos. Cuando el momento adecuado llegue, antes de que me desaparezca con Roma, pienso usarlo y destruirles la vida.
Hasta entonces, solo tengo que ver y controlar. Es más fácil de lo que espero cada vez que Dylan no aparece para controlarlos. A veces se asegura de que cobren más de la cuenta por las cosas, y a veces solo les grita porque no robaron algo de mayor valor. En cualquier caso, que no esté solo me deja más tranquilo. Odio cuando tengo que ver la forma nociva en que le habla a Roma y la deja mal. Quiero matarlo.
–¿Alpha? – la voz del chico que aparece junto a mi me saca de mis pensamientos.
–Si.
–Vengo por los apuntes que te presté.
Está nervioso, como si en lugar de hojas de papel fuera a darle abiertamente cocaína. Ya estoy acostumbrado con los novatos pero siempre es divertido ver que se orinan en los pantalones.
–Materia y alias – le digo mientras abro la mochila y rebusco entre los papeles.
Todo contacto que llega a mi por "respuestas y soluciones" lo hace a un número desconocido y es requisito que jamás me digan sus nombres o se dirijan por el mío mediante las negociaciones. Toda la escuela sabe quién soy y lo que hago, pero si algún día alguien comete un error, es a Alpha a quien tiene que atrapar con los mensajes como evidencia y no a Noah.
–Historia del Arte – responde el chico – JP35.
Un trabajo tan fácil que no entiendo cómo un chico con acceso a internet no pudo hacerlo solo. Aunque no me quejo. Mi negocio se sostiene gracias a la vaguedad humana.
Saco las hojas con el trabajo que yo hice, y aquellas con viejos trabajos que el chico tenía. Tengo que hacer el esfuerzo de imitar su estilo para que nadie sospeche que lo hizo otro. Sin mencionar que tengo que saber su caudal de notas para determinar el precio por el trabajo.
Antes de extenderle las hojas, tengo que preguntar por el pago.
–¿Y el efectivo que me debías, JP? Imagino que lo traes encima, ¿no?
–Ah, si – con sus manos temblorosas y una rapidez torpe, el chico saca su billetera y me extiende el dinero.
Un 8 por ese trabajo equivale a lo suficiente para salir esta noche e invitarle algo a Roma, y sobra para mandar a la caja de ahorro. No me puedo quejar.
Le doy su producto y me guardo el dinero en la bolsa que siempre llevo en el bolsillo interno de la campera. Es lo más seguro que tengo hasta meterlo en la cuenta. Siempre controlando que ni Paco ni Jeremy me vieran en el proceso.
–Gracias por los apuntes – le digo a modo de dar por terminada nuestra transacción, pero el chico no se va.
–¿Podrías hacer un...?
–Si necesitas algo de mí, ya sabes por dónde preguntar.
Lo corto en seco antes de que diga algo que me obligue a golpearlo. No soy paranóico. No creo que haya micrófonos que me esten grabando. Pero tengo mucho en juego como para arriesgarme por una tontería como esta.