Masquerade

8. Roma

Agradezco que no haya nadie en el baño cuando entro casi corriendo y me encierro en una de las cabinas para devolver lo poco que tengo en el estómago. Es asqueroso y duele. Y no hay nadie a quien pueda pedirle que me sostenga el pelo porque esto no es producto de la borrachera.

Es culpa de Dylan.

Siempre es culpa de Dylan.

Corrí con suerte cuando fui a casa por mi ropa y no me lo encontré, ni a él ni a John. Pensé que tendría un par de horas tranquila, incluso rodeada de mis insoportables amigas. Lidiar con ellas es mil veces preferible antes que tener delante a mis hermanos.

Y ahí va él. Se aparece hasta en mis pesadillas y ni siquiera tiene que hablarme para dejarme como una muerta en vida.

Por lo general no tengo estas reacciones tan abruptas cuando me cruzo con Dylan. La estrategia es ignorarlo, dejar que se aburra y seguir mi camino. Si vomitara cada vez que lo veo, sería más fina que una hoja de papel. Pero a veces me siento enferma cuando aparece en la escuela o cerca de mis amigos. Lo hace con frecuencia y siempre parece que da un paso más hacia mi.

Una amenaza silenciosa.

"Tengo el poder para destruirte, si así lo deseo".

Sé que no tendría piedad si quisiera arruinar mi vida escolar o "social", por llamarla de alguna manera. Por más que tener testigos presentes jugara a mi favor, la sutileza siempre fue su fuerte. No tiene ni que usar las palabras para que todo se desarme a mi alrededor.

Si fuera la mitad de valiente de lo que es él es despiadado, ya lo habría entregado a la policía, rezando porque no lo dejaran libre nunca más. Pero además de cobarde, confío ciegamente en Noah. Él tiene un plan, un futuro para nosotros. Y si abriera la boca, podría echar todo a perder.

Decido quedarme solo un minuto más en la cabina. Me siento sobre la tapa cerrada y pienso cómo salir de este baño sin parecer un completo desastre. O bien solo estoy haciendo tiempo. Con algo de suerte, Dylan terminó su trabajo sucio y ya se perdió en alguna copa con sus cómplices.

–¿Roma?

Una voz masculina que podría reconocer en cualquier parte, entra al baño como si fuera el de su casa.

–¿Noah? Es el baño de chicas.

–No me conoces tan bien como me gustaría si crees que eso va a detenerme.

En efecto. Ni siquiera una pared de acero podría evitar que este chico se convirtiera en alpinista para llegar a mi.

–Estoy bien – le digo antes de que diga nada o intente abrir la puerta y verme en mi peor estado – No tenías que venir.

–¿Y privarme del placer de perseguirte? Ya hago eso durante las clases, y no pienso extenderlo a la noche.

–Será que me tengo que esconder mejor la próxima vez.

–No voy a dejar que haya próxima vez, amor – escucho cómo apoya la espalda contra la puerta de la cabina – Después de hoy, voy a encerrarte en una habitación de hotel. Lejos de todo, excepto de mí.

–Lo dices como si fuera algo malo.

–Ya me dirás si es o no malo, cuando pases meses de tu vida sin poder vestirte como Dios manda.

Con solo imaginarlo podría responderle que eso sería lo más lindo que me podría pasar en la vida. Él, yo, una cama, y el mundo se va a la mierda. Con gusto renunciaría a todas mis pertenencias materiales por ese sueño.

–¿Vas a arrancarmela con los dientes? – pregunto divertida.

–Si, pero también voy a quemarla. Para que no te la puedas poner de vuelta.

–Muy bien. De todas formas pensaba robarte la ropa, amor. Sé que me queda sexy.

–Ni que lo digas.

Noah y yo compartimos un super poder: hacer sonreír al otro. Yo lo hago reir cuando su papá lo culpa de todos los males en su vida, o cuando él cree que su hermano va a morir al día siguiente. Y él me saca una sonrisa siempre que mis hermanos entran en escena, siempre que mis papás olvidan mi cumpleaños, o cada vez que olvido que merezco una vida mejor, divertida y estable.

Puedo ver su sombra bajo la puerta. No piensa moverse hasta que yo salga, así que rezo por que ninguna chica entre al baño. O por que yo tenga el valor de salir pronto.

–¿Sigue ahí afuera? – le pregunto y sé que no tengo que darle muchas explicaciones.

–Eso creo. Estaba hablando con Paco y Jer cuando venía a verte.

Resoplo con fastidio.

–No puedo estar tranquila ni una noche.

–No va a ponerte una mano encima. Lo sabes ¿no?

–Lo sé. Pero acabo de vomitar lo poco que comí en todo el día. No sé cuánto tiempo pueda aguantar que me provoque estas reacciones.

–¿Pasó algo esta mañana? ¿Algo grave?

Además de una amenaza de muerte, un ligero moretón en mi muñeca y el miedo constante de su macabra sonrisa psicópata...

–Lo mismo de siempre – respondo

–No, eso es mentira. Si nada más hubiera pasado, no habrías vomitado, Roma.

A veces maldigo que pueda leerme tan fácilmente. Pero lo compenso cuando él tiene algún problema. Yo también me sé el libro de Noah de memoria.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.