Masquerade

9. Noah

Cuando salgo del baño, las cosas no parecen haber cambiado mucho.

Dylan y su séquito de tarados siguen susurrando entre las sombras como si fueran mafiosos de los años 20. Isaac parece incapaz de dejar tranquila a Fer, mientras esta lo ignora con una clara mezcla de soberbia y seducción. Y Maira aparece en la escena claramente fingiendo que no acaba de vomitar hasta el alma, creyendo que tiene una criatura en el interior.

Podría sentir algo de lástima por alguno de ellos. Podría... pero necesitaría algo de humanidad para ello y no tengo ganas de buscarla ahora.

A los pocos minutos, Roma sale del baño también. Ella no me ve desde donde estoy pero yo la sigo con la mirada. Si la conozco bien, y lo hago, sé que ahora se está disculpando con sus amigas para irse a su casa.

Supongo que Maira apenas si le entendió la disculpa de lo ida que está, y Fer le agradece la intervención porque hasta donde puedo ver, Isaac no estaba siendo muy amigable mientras bailaban.

Mientras ella las convence de que tiene que irse, mi mirada pasa a Dylan. Si puedo, pretendo evitar que la moleste cuando ella quiera salir del bar. No sé cómo, pero me niego a dejarlo todo al azar. Incluso intento acercarme un poco hasta él, tratando de evitar a la mayor cantidad de gente posible. ¿Cómo es que este lugar tan apestoso consigue convocar a tanta clientela?

Los tipos grandes y borrachos que se quedan en la barra pensando que ahí van a tener suerte, me detienen más que las chicas fiesteras de prendas ajustadas que pretenden provocar con la mirada, sin éxito conmigo.

Dar pasos pequeños y disimulados entre tanta gente idiota, no hace más que darme dolores de cabeza. Y lo peor es que ya no veo a Roma en ninguna parte. Si me descuido otro poco, puedo perder a Dylan también.

Alzo la cabeza entre la multitud para tener mejor alcance. Diviso al imbécil en el mismo lugar, con Jeremy y Paco a su lado. Solo tengo a que avanzar otro poco y...

Un monstruo de dos metros sin coordinación en los pies, me atropella hasta dejarme casi tirado sobre la barra.

–Perdón... – musita arrastrando las palabras.

Ni me molesto en contestar. Solo reprimo la ira que me invade y recuerdo que esto es culpa mía. Debería haberme rehusado a venir, haber convencido a Roma de encontrarnos esta noche solos, literalmente en cualquier otro lugar.

Y mientras me recuerdo todo ello, un interesante secreto se revela abiertamente ante mi.

–Más despacio – dice ella – Si me dejas marcas, te mato.

–No te molestó la última vez – le recordó él.

–Si, me molestó, pero no te importó. Hay una diferencia.

Podría reconocer esas voces con facilidad. Sin embargo, solo quiero confirmar que tengo razón para que la satisfacción sea doble, y mi sonrisa, más amplia.

Me acerco despacio hacia la esquina de la barra, donde el rostro de Ian está escondido en el cuello de Perla. Ella está contra la barra, dejando que él la cubra casi por completo con el cuerpo. Sus manos lo sujetan con fuerza, como si ese imbécil quisiera moverse de ahí. Están tan inmersos en su "actividad", que ni siquiera notan que los estoy mirando. Mucho menos que me atrevo a sacarles una pequeña foto.

Me doy la vuelta para mantenerme en ese anonimato, pero no me voy. Además de una imagen que vale más que mil palabras, éstas también suelen ser muy útiles en el contexto adecuado.

Abro la app de grabadora en mi celular, y solo espero a que ese par diga algo realmente comprometido. Y como siempre, mi suerte, que funciona bajo sus propias reglas, me sonríe cuando me porto mal.

–¿Dónde está Roma? – pregunta Perla casi entre gemidos.

–¿En serio estás pensando en eso ahora?

–No quiero que nos encuentre por accidente. No estamos siendo precisamente discretos, ¿no te parece?

Ian ríe contra su cuello.

–¿A quién quieres engañar? Te encantaría que ella viera como te beso en todas partes, Perla.

No le falta razón. Cualquier excusa para presumir ser mejor que Roma, le viene bien a esa bruja.

–Lo dice el chico que la usa para Instagram, pero que no la tocaría ni con un palo – dice ella.

–La tocaría con algo más que un palo, te lo aseguro. Pero ella es una mojigata que no se deja. Lo nuestro es solo negocios.

Una mezcla de alivio y repulsión me invade en ese momento. Jamás querría que ese gusano le pusiera una mano encima a mi Roma, pero llamarla "mojigata" me parece tan insultante como si le hubiera dicho "puta".

Ella siempre es una obra maestra, en las manos del artesano correcto. Las mías.

Lo único que me impide dejar mi celular y partirle la cara, es la presencia de Dylan y el resto de los tarados. Llamar la atención no es lo ideal, aunque tragarse el odio duele como el infierno.

–Tal vez no le gustas lo suficiente – dice Perla entre jadeos. Como puedo verla de frente, no estoy cien porciento seguro, pero juraría que la mitad de esos gemido, son fingidos.

Ian no es de esas hombres cuyo objetivo durante el sexo, o la previa a éste, sea complacer a su pareja. Jugaría todas mis cartas a que un egoísta como él solo mete y saca hasta que termina solo y rápido.




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