Masquerade

10. Roma

Viajar en el auto con mi hermano no es el castigo más horrible con el que voy a coronar la noche. Todavía tengo que pasar un par de horas atada a John para dejarlo tranquilo.

Dylan puede ser imprudente, cruel, manipulador y soberbio en la mitad de las cosas de toda su vida. Pero su más grande debilidad son los autos. Ama manejar, sentir el volante sobre su piel es como una droga más para él, y acelerar a toda velocidad es lo mismo que tener un orgasmo.

Aunque ahora, se puso una correa que aprieta él mismo cada vez que se sube como conductor.

Solía competir en carreras, ilegales, claramente. Poco le importaba perder la vida mientras su perfecta máquina afinada a la perfección no sufriera ningún daño en el proceso. Y mientras pensaba que esa vida podía ser eterna, mientras creía que vender cosas robadas y quién sabe cuánta droga que le pagara las refacciones necesarias, la suerte decidió "nadie puede escapar a la mala fortuna".

Una noche chocó. No iba drogado, ni alcoholizado. Tenía sus dos manos al volante, y se conocía la pista de memoria. No llovía, no nevaba, no se cruzó ningún animal en su camino. Solo... chocó.

El auto frente a él, y el que estaba frente a este, se destruyeron casi al instante. Y el que estaba detrás, hizo que Dylan saliera disparado del choque cuando impactó. Supongo que eso le salvó la vida, ya que su preciado auto quedó como un acordeón viejo y destruído, hecho cenizas.

Lo visité en el hospital, y lo único que recuerdo son dos cosas. La primera, que esperaba que su recuperación tardara meses o años. Tal vez vivir solo con John no estaba ni cerca del paraíso, pero sin el constante acoso de Dylan en casa, al menos tendría un respiro. Y la segunda, es el grito de mi hermano cuando la única pregunta que le hizo a nuestro padre, fue respondida con un burdo "tu auto está en la basura y ahí va a quedarse".

Cubrir mis oídos no fue suficiente y creo que soy medio sorda desde ese día, gracias a él.

Dylan es un buen conductor ahora. Correcto, responsable, seguro. Y es por eso que no emite una sola palabra en todo el trayecto, lo cual no puedo agradecer lo suficiente. Sin embargo, sé bien que en cuanto el auto se detenga, volveremos a nuestra fatídica rutina.

Para aprovechar el tiempo de paz, vuelvo a mis días de infancia.

En aquel entonces no tenía que preocuparme por amigos rastreros, hermanos abusivos, padres desconsiderados, y profesores elitistas. Antes de ser adoptada, solo tenía que pensar dónde iba a encontrar comida, si en la noche podría tener una cama, o si alguien me robaría la poca ropa que me quedaba aunque fuera grande. Por eso, siempre llego a la conclusión de que el problemas más grande de mi vida son las personas.

Podría elegir mil veces tener la panza vacía que tenerla cubierta de moretones. Sé que viviría mejor sin un techo sobre mi cabeza, que teniendo que compartirlo con un pervertido de humor peligrosamente voluble.

Noah.

Es el único de mi especie a quien puedo tolerar, porque en realidad no tengo que hacerlo. No cuando estoy perdidamente enamorada de él.

Casi me sonrío sola pensando que lo voy a ver en poco tiempo, pero entonces el auto frena en nuestra casa. Dylan sale y tengo que seguirlo. No me mira, ni me toca o me insulta hasta que estamos a puertas cerradas. Entonces, me sujeta del brazo donde ya me había dejado una ligera marca en el bar que sin duda crecería mañana. Me aprisiona contra la puerta tan fuerte como para despertar a toda la casa. Aunque nadie vendría a salvarme.

Guarda silencio. Solo me mira con odio. Y tras un par de minutos, una de sus manos me deja sin aire.

Me duele.

Puedo estar acostumbrada a muchas cosas malas contra mi cuerpo, pero nunca me había ahorcado con tanta fuerza. Si me deja una marca que no pueda cubrir con maquillaje, él va a molestarse, si. Aunque las cosas se pondrían peores para mi. Muchas explicaciones, pocos creyentes, y ¿quién sabe?... tal vez autoridades involucradas que ayudarían menos que la propia muerte.

–¿Por qué siempre lo arruinas todo? – pregunta tan serio como estoico.

No respondo. No puedo mientras no respire, pero eso a él no le interesa.

–Estábamos muy bien sin otra boca que alimentar.

Y lo siguen estando. No recuerdo la última vez que comí algo en esta casa. Aunque no le convenía para nada, siempre estaba el riesgo de que Dylan me envenenara o John hiciera que me enfermara para no salir de casa.

–Tengo que ver tu cara en las mañanas – continúa – Escucharte hablar tonterías todos los días. Y ahora resulta que por tu culpa tuve que dejar la salida con mis amigos.

O patéticos secuaces, como Jeremy y Paco. Solo le molesta perder dinero y parece creer que yo tengo una habilidad innata para esa precisa acción.

–Las cosas serían tan fáciles si no existieras.

Empiezo a ver borroso, a oir las tonterías de Dylan a la distancia con un eco difuso al final. Se me seca la boca, pierdo fuerza en las piernas. Si no fuera por su mano en mi cuello, tal vez ya habría caído al suelo, vomitando y desesperada por aire.

Son momentos como este los que reafirman mi falta de fe. Ni siquiera Noah podría hacer algo ahora mismo, y yo estoy destinada a morir así, en las manos de alguno de mis hermanos, viendo sus ojos llenos de ira y puede que placer también, sin haber tenido suficiente tiempo para vivir de verdad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.