Masquerade

13. Noah

–Y espero que esto no vuelva a repetirse, caballeros.

El director cierra la puerta de su oficina, dejandonos a Western y a mi fuera. Y vaya si será ingenuo este hombre. ¿Dejar a dos chicos que ya se se han dado de golpes, solos? No se necesita mucha lógica para adivinar el resultado.

–Quiero mi dinero de vuelta – exige de nuevo el chico junto a mi. Y eso prueba que es otro tonto. ¿A quién se le ocurre provocarme de nuevo junto a la puerta del director?

–Si quieres tu dinero, trabaja como todo el mundo para ganarlo – le respondo.

–Eres una mierda. Y voy a correr la voz de que tu negocio es una farsa.

–Es un país con libertad de expresión. Pero ten en cuenta que la única opinión que me importa es la de mis clientes frecuentes, lo cuales no van a creerte. Saben que soy profesional.

–Imbécil.

Se aleja furioso arrastrando sus propios pies. Por alguna razón esa imagen me recuerda a un episodio del National Geographic que vi con mi papá de niño. Un león derrotado que se aleja de la manada para morir solo porque siente vergüenza de haber perdido contra el más fuerte.

Algo así le sube el orgullo a cualquiera.

Pero esa imagen tan deprimente es reemplaza por una mil veces mejor cuando también me alejo de la oficina del director, y apoyada contra la columna lateral del pasillo, está mi novia secreta, con un libro en la mano, esperándome.

Todavía hay gente a nuestro alrededor, y quién sabe dónde estarán nuestros "amigos". No puedo acercarme sin mas a hablar con ella. Así que me recuesto en el lado opuesto de la columna donde está Roma. No puedo verla, ni ella a mi, pero siento que está cerca y con eso tiene que bastar... por ahora.

–¿Cómo estuvo la clase? – pregunto mientras simulo usar el celular.

Roma no responde. Sigue leyendo.

–Tengo el labio un poco hinchado – continúo – Vamos a tener que escaparnos alguna de esta noche para que me cures con un beso.

Todavía permanece en silencio. Solo escucho el paso de las hojas de su libro.

–Te lo digo siempre, amor – digo – Si estás enojada, usá palabras. Gritá, si hace falta. Pero no me ignores, odio eso.

Roma pasa otra página de su libro, y ahora me queda claro que aunque me esté ignorando, no está leyendo una mierda. Solo lo usa para no responder, aunque al final lo hace.

–Estaba preocupada.

–¿De qué?

–No seas tonto. No respondías los mensajes, no entraste a la clase...

–Y seguro me perdí un sermón muy interesante sobre la contrucción de personajes.

–Noah

Ella suspira con el mayor disimulo que le permite el cuerpo. Y sigue con el libro frente a su cara para no levantar sospechas.

–Es enserio – continúa – Pensé que había aparecido tu papá. O peor, que Mirco había tenido algún problema.

La última vez que mi hermano tuvo una emergencia, salí corriendo de clase como un rayo. Si es por él, no me importa ni las leyes de tránsito, mucho menos una clase que podría aprobar con los ojos cerrados si me importara.

Pero ella tiene razón. Incluso entonces, el número de Roma es el primero que aparece en mi celular. Al menos para decir "ok" con los dedos temblorosos.

Algo a mi favor: es difícil escribir en la pantalla cuando se te cae el celular debido a un empujón prepotente y malintencionado.

–Siempre nos mantenemos en contacto y cada vez que uno desaparece es por algo importante – continúa ella.

–Un descerebrado casi me deja sin dientes. Creo que eso fue importante.

–Como si eso fuera verdad. Los dos sabemos que podrías haberlo noqueado al primer golpe. Pero se hubiera visto sospechoso.

No exagera. Vivir con un hombre que no tiene metas en la vida y me culpa de todos sus males, crea la necesidad de aprender a defenderse. Así que si, soy bueno peleando. Pero si dejaba inconsciente a Western de nada, todas las miradas iban a caer sobre mi.

–Perdón – digo.

Y es que tiene toda la razón. Si el caso hubiera sido al revés, yo habría destrozado medio instituto buscándola, preocupado a cada minuto y deseando que Dylan y John estuvieran bajo tierra por lastimarla. Porque no tengo dudas que ellos son el origen de los males en lo que respecta a Roma.

–No estaba en mis planes que apareciera este chico – continúo – Mucho menos que me agrediera. No tuve tiempo ni oportunidad para avisarte. Pero lamento mucho haberte preocupado.

Extiendo la mano despreocupadamente en el lateral de la columna. Con un poco de suerte, Roma me imitaría y podría rozar sus dedos un segundo. No necesito más. Solo un segundo de su calor para no sentir dolor en mis labios o que ella sigue enojada conmigo.

Se toma su tiempo, pero al final me imita y yo siento que el alma me vuelve al cuerpo.

–No puede volver a pasar – me dice.

–Me encanta que seas mandona.

–Mandona y todo, aproveché el tiempo mejor que tú estas últimas dos horas, genio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.