Masquerade

16. Roma

El día podría haber empezado con más alegría y optimismo. Porque eso hacen las personas normales, ¿no? Tratan de iniciar un nuevo día con una sonrisa y pensando que esta vez todo va a salir bien.

Ojalá yo fuera una persona normal y mis pensamientos negativos no influyeran mágicamente en todo lo desastroso que ocurre en mi vida.

¿El ejemplo más reciente? El profesor acaba de darme mi trabajo final y en lugar de felicitarme como siempre, me mira con decepción en sus ojos y una clara mueca de desagrado.

–No esperaba este comportamiento de usted, señorita – dice como si yo supiera porqué decidió desaprobar mi trabajo, al cual le puse mucho empeño y dedicación.

–No entiendo...

–Es inútil que finja desorientación. Las pruebas de su trampa son más que claras.

–¿Trampa?

Pude haber hecho trampa en matemáticas durante mi infancia. O cuando me daban brocóli en el almuerzo y yo lo escondía en bajo la mesa para evitarlo. Pero jamás necesité hacer algo tan degradante como trampa cuando se trata de mi escritura.

Las palabras siempre fluyen cuando pienso lo que quiero decir. La tienta en el papel se seca sin lamentaciones ni culpas. Me tragaría mi lengua antes de repudiar mis propias ideas y mancharlas con las de alguien más.

–Profesor, no tengo idea de lo que está diciendo. Yo jamás...

—Señorita — me interrumpe – Es claro que si trabajo final no es más que un plagio. Pensé que estaba educando a una prodigio de la literatura y resulta que todas sus ideas carecen de la más absoluta originalidad.

–¿Plagio, dice? ¿A quién podría plagiar? Usted mismo me ha dicho que nadie es tan bueno como yo en esta clase.

–Y en verdad lo pensaba. Pero resulta que la víctima de sus actos era consiente de su hurto y por vergüenza lo calló. Hasta ahora.

–No hay el menor sentido en lo que dice, profesor.

–Tal vez esta evidencia tenga más sentido para usted.

Pone delante de mí una serie de impresiones fechadas y firmadas, donde se aprecian ideas, personajes, conceptos, tramas. Claro que todo aquello me suena familiar: son ideas que yo misma he utilizado en mis trabajos, pero la dichosa firma no es mía, sino de Perla.

Estos apuntes solo debería demostrar que es ella quien plagia mis conceptos para los trabajos. Sin embargo, el profesor parece inclinarse al lado de ella. Una mejor persona no lo culparía de su inocente estupidez. Una persona inteligente diría ésto:

–Si empezara a pensar con la cabeza correcta, se daría cuenta que estos documentos son falsos. Y que Perla solo intenta perjudicarme.

–¿Por qué ella haría semejante cosa?

–Envidia, ¿le suena ese pecado capital o está usted muy cegado por la lujuria?

–No consiento lo que insinúa, señorita.

–Y yo no consiento que se me repruebe en un trabajo en el que trabajé duro solo porque usted confía más en la chica que le enseña su pecho y pruebas trucadas antes que en la alumna ejemplar al que lleva adulando todo el semestre.

Trato de pensar en la última vez en que me enojé tanto con un adulto como para gritar de esta forma. Mi mente está en blanco. Jamás tuve que defenderme frente a un adulto. Todos me ignoran o sienten pena por mí. Este sentimiento es repulsivo y me ahogo en su sabor amargo.

–A menos que pueda probar que la señorita Perla es la mentirosa, no tengo más remedio que dejar su mala calificación y desearle suerte si decide rehacerlo, esta vez, bajo la moralidad correcta.

Mi libreta con las anotaciones no más verídica que los supuestos apuntes de Perla. Sería un simple punto muerto hacer uso de ellos. Ni siquiera revelar el origen de la inspiración serviría de algo.

Tal vez un testigo... no, Noah es el único que me ha visto escribir mis ideas y desarrollar mis escritos. Usarlo a él solo daría cuenta de que nuestra relación es más profunda de lo que aparenta. Y quién sabe cuánto nos perjudicaría a futuro.

No puedo hacerle frente a esta injusticia. No cuento con las armas.

Así que bajo la cabeza y me retiro con la indignación atorada en mi garganta.

No pierdo el tiempo preguntándome porqué Perla caería tan bajo como para acusarme de plagio y arruinar mi futuro. Ella siempre ha querido ser yo, por alguna razón, pero este paso no la lleva más cerca de ello, sino que solo me aleja a mi de ser mejor.

En el pasillo, Perla, Maira y Fer se encuentran en un rincón. La primera de ellas está llorando, su maquillaje se corre y el pañuelo en sus manos está humedecido por tanto uso.

Damas y caballeros, la falsedad en su máxima expresión.

Pero las otras dos, aún conscientes de que esas lágrimas no pueden ser reales, siguen su juego solo debido al veneno que corre por sus venas en lugar de sangre.

–No puedo creer que Roma hiciera algo tan repudiable — dice Maira pasando su mano por la espalda de Perla.

–Yo si — dice su novia – Es claro que le falta talento para un curso tan avanzado y no quería ser una fracasada.

–Y ahora también es ladrona




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