En cuanto miré a los ojos a Dylan supe que algo estaba a punto de estallar en su mente.
No contento con que Roma le hubiera hecho frente desinteresadamente, también se había encontrado con mi lado malo, y en mi peor momento.
Llevo toda la noche con el teléfono desconectado del mundo exterior, y con la mente puesta en una cosa: mi hermano y su pronta desconexión. He estado todo este tiempo buscando una forma de evitar que eso pase. Para cuando volví a la vida mi celular, los mensajes y llamadas de Roma eran tantos que me sentí enfermo de no haber estado ahí para ella.
¿Qué le había pasado? ¿Estaba en problemas? ¿Cómo había resultado la cena con la Familia Monster?
Preguntas que perdieron importancia cuando leí simplemente "te necesito" en letras mayúsculas. Casi podía sentir el llanto en sus ojos cuando las escribió.
¿Y dónde había estado yo? Deseando la pronta muerte de mi progenitor. Que idiota.
Pero siempre aprendo de mis errores, en especial cuando son la gota que rebalsa el vaso.
Llegué volando a la academia pensando que tendría que sobrepasar a mis así llamados amigos o a clientes desesperados. Sin embargo, lo que encontré fue al imbécil mayor lastimando al amor de mi vida.
No sé qué diablo del averno me poseyó en ese momento. Tal vez fue la falta de sueño, el agobio de tantas malas noticias, o simplemente que la propia mirada de Roma me decía "al diablo con todo". Pero corrí a su encuentro y detuve lo que sería un horrendo golpe en el rostro perfecto de mi ángel.
—¿Qué crees que estás haciendo, rarito? — Dylan parece enfadado. Por suerte, estoy más allá de sus berrinches de niño psicópata.
—Solo un par de ajustes en tu muñeca — y presiono, fuerte.
Estoy a un gramo de fuerza de partir su hueso en dos, o tres con la suficiente motivación (y definitivamente motivación es lo que menos me falta). Y él no es tan resistente como para fingir que no le duele.
Acaba por soltar el brazo de Roma. Me rehúso a ver si le ha dejado marca. No necesito más furia en mi sistema, o temo que podría terminar matándolo en esta calle a plena luz del día.
—Suéltame — dice con los dientes presionados.
—¿Por qué? ¿Qué motivación tendría para hacer lo que me pides?
Cual bestia rabiosa, Dylan actúa por desesperación. Y con su mano libre intenta devolver el golpe. Supongo que no es problema para él hacer este tipo de cosas en público cuando se enfrente a un hombre. Por alguna razón, eso solo me parece más cobarde todavía.
Por suerte, no es un gran luchador cuando está contra un igual, y alzar el brazo deja varios puntos de ataque al descubierto. Opto por el más dañino y el que deja menos marcas.
Las garganta.
Un golpe directo y seco en su nuez de Adán lo deja sin aire y caído al suelo, quedando tendido solo porque aún no he soltado su muñeca a medio romper.
—De rodillas y la cabeza abajo. Ahora sería un buen momento para pedir perdón — le digo con tranquilidad.
Y aunque representaría un mínimo de humanidad que algo así pasara, no tengo esperanzas de que Dylan haga tan cosa.
—No, claro. El orgullo debe pesar demasiado. Pero está bien. Roma merece más que una simple disculpa — me agacho a su altura para acercar mi voz a su oído — Si ella me lo pidiera, ahora mismo esa sensación de ahogo que te aqueja, sería permanente y mucho más dolorosa, te lo aseguro.
Suelto su muñeca dejando la marca de mi furia en su piel. Va a recordar por días que alguién "inferior" lo dejó indefenso en solo 5 minutos. Y lo valió.
Tal vez eché medio futuro planeado por la borda, pero al ver a mi Roma llorando y tan cansada de todo, no puedo decir con honestidad que me arrepiento.
Sé que algo pasó entre ayer y hoy, sé que no estuve para ser su soporte. Así que cualquier cosa que pase ahora solo va a depender de ella.
—Vamos — la tomo de la mano para guiarla lejos de Dylan.
Caminamos a paso veloz poniendo tanta distancia como sea posible. Roma no habla, ni me pide explicaciones. Supongo que mover los pies y secar sus lágrimas es más importante que gritarme por haber desaparecido. Pero cuando eso pase (y es que va a pasar) voy a recibirlo con la cabeza baja. No merezco menos.
Terminamos en un café a un par de calles. Y la verdad es que soy yo quien ya no tolera el silencio de esta escena. Así que pedimos una mesa, ordeno algo de tomar y un pedazo de algo dulce. Roma siempre sonríe cuando el azúcar corre por sus venas.
Quiero verla sonreír.
—Roma...
—¿Dónde estabas?
Suspiro, preparándome para contarle la verdad. Y cuando lo hago siento que no es suficiente. Yo sufrí y sigo haciéndolo pero ella igual, y de todas formas nunca me dejó a un lado.
—No pueden desconectar a Micro — dice — ¿Qué clase de padre autorizaría semejante locura.
—El mío, nada más ni nada menos.
—Pero el...
—Voy a pensar en algo, te lo prometo. Nadie tocará a mi hermanito mientras viva y respire.