—Es increíble que hayas robado el auto de John — le digo a Noah mientras nos besamos en el asiento trasero de dicho auto.
Siento algo de preocupación por el hecho de que estemos a la intemperie con un auto que no es nuestro, y de hecho, le quitamos a dos hombre a los que Noah dejó inconcientes a la salida de un bar.
Pero la lógica ya no tiene lugar en mi cabeza cuando ni novio me besa de esta forma tan pasional y salvaje. Además, le adjudico la culpa de mi tensión interna a la falta de costumbre. Llevo años queriendo poder salir con Noah tan naturalmente, ser dos chicos enamorados cometiendo locuras y mostrando su amor al mundo. Ahora que finalmente lo estamos cumpliendo, tengo que hacerme a la idea de que así son las cosas.
—Mejor robarlo que destrozarlo — responde él.
—No lo harías, es un buen auto
—Eso no me detendría, si acaso me motiva más. Aunque si quieres evitarlo, puedes ofrecerme pasar el tiempo en algo más tentador.
—No es lo que estoy haciendo ahora.
—Sin duda, pero todavía llevas mucha ropa puesta.
Me quito la blusa al tiempo que me subo sobre su regazo. A Noah le encanta verme de frente, a los ojos. O cuando no llevo nada encima, al pecho. No lo culpo, la pubertad hizo maravillas con mi cuerpo. Sin mencionar que cuando él está sin camisa, mis ojos nunca se desvían de sus abdominales.
Somos carne débil cuando estamos juntos. Y a la vez somos el roble más fuerte.
Noah deja un sendero de besos en mi pies desnuda, mientras intento desabrochar el cierre de su pantalón.
—¿Ansiosa? — pregunta con una sonrisa torcida que puedo sentir contra mi cuello.
—Desesperada.
No recuerdo la última vez que tuvimos sexo. Bueno, no es del todo cierto. Es casi imposible para mi cerebro olvidar cualquier cosa relacionada a Noah. Pero para los efectos de recordar la última vez que lo hicimos, ha pasado tanto tiempo que mi memoria necesita ser refrescada.
A veces no puedo evitar pensar en nuestra primera vez cuando estamos así. Teníamos 16 años. Yo estaba tan nerviosa que pensé en aliviar la ansiedad con un juguete sexual antes del encuentro. Al menos así sabría qué se siente, qué esperar. Más no tuve el valor. Desde lo más profundo de mi ser sabía que si no era Noah, no quería que nada más me hiciera ver las estrellas.
Y él tampoco pudo esconder sus nervios. Se quedó atorado tratando de quitarme el brasier. Estuvo horas solo mirando mi ropa interior mientras su erección se hacía más y más grande. Y para cuando sus manos dejaron de temblar al ponerse el preservativo, y la penetración fue un hecho, llegó tan rápido al clímax que se disculpó cien veces por no haber durado más.
—Tranquilo, tenemos toda la noche — le había dicho para que su rubor cambiara de vergüenza a excitación.
Nadie sabía dónde estábamos, o lo que estábamos haciendo. Así que no teníamos que correr contra el tiempo. Al menos, no esa vez.
Esa misma noche lo hicimos unas 4 veces. Dos fueron torpes y de auto descubriendo. Por ejemplo, yo supe casi de inmediato que el sexo oral era fundamental. No me había dolido que él entrara en mí más de lo que hubiera esperado, pero que su lengua hubiera hecho lo suyo primero, si marcó una gran diferencia.
Noah dijo que para él la cuarta vez fue la mejor porque pudo sentir sin presiones ni expectativas cómo finalmente nos conectamos en sincronía.
Una vez que recuperamos el aliento, le dije:
—Me alegra que hayas sido el primero, Noah.
Él me miró, y me abrazó contra su pecho.
—También seré el único, Roma.
—Pero John...
—No entiendes — me interrumpe — Haré todo en mi poder para que nadie te lastime nunca, amor. Pero no soy omnipresente, y si algún día ese maldito alcanza a ponerte las manos encima sin que yo pueda evitarlo... solo será una pesadilla. No será real, ¿entiendes?
Asiento con sutileza.
—Yo soy y siempre seré el único. Siempre que eso quieras.
—Eso todo lo que deseo.
Desde esa primera vez juntos, Noah siempre ha sido un amante considerado y atento. Siempre ha hecho que yo llegue primero al menos dos veces antes de centrarse en su propio placer. Y me ha dejado claro que nunca se trata únicamente de sexo, sino de confianza y amor, de abrirnos el uno al otro como nunca antes nos podríamos abrir ante nadie.
Y claro, también deja salir su lado salvaje, descontrolado. Siempre es frío y calculador cuando los demás está viendo, pero cuando baja la guardia conmigo, es una persona diferente, un Noah que aún me inspira seguridad en su propia locura.
Para cuando los tres preservativos que Noah tenía en el bolsillo se acabaron, estoy segura que llegó el momento de ponernos un poco serios. Me bajo de sus piernas, aunque no me alejo de su cuerpo y recupero el aliento.
—No quiero arruinar el momento — digo — Pero por más perfecta que haya sido esta noche, hay mucho que discutir todavía.
—Si, la paz nunca dura para siempre.
—Esta tal vez no, pero cuando todo esté resuelto, ya no vamos a tener que preocuparnos por nada, ¿cierto?