Masquerade

20. Noah

Ayer fue el mejor día y noche de mi vida.

No solo estuve con Roma todo el tiempo, también tuve la satisfacción de eliminar varias plagas indeseables de nuestras vidas. Y la mejor parte, ella también. Verla luchar por su lucha, por su propio bien, fue glorioso, casi afrodisíaco.

Pocas veces en la vida he sentido tanto alivio con pequeñas mezclas de excitación en la vida. Casi olvido lo que se siente...

Pero, volviendo al mundo real, los problemas no desaparecen solo porque uno cierre los ojos y así lo decrete. Que sencilla sería la vida, pues posiblemente todos estaríamos muertos y enterrados en los deseos nefastos de algún lunático.

Y en mi realidad, el día de hoy, tengo dos problemas que necesitan ser resueltos antes de que estalle mi cordura e incinere a mis enemigos. Si, perder la tapadera de sociabilidad puede haber influido en mi indiferencia social, bien conocida por tener tendencias homicidas.

Ya tengo un algoritmo flotando en internet para buscar el paradero de mi madre. Sé que está en California desde la Navidad de hace 10 años. Pura curiosidad mórbida. Quería asegurarme de que no seguía viva para cuando mi hermanito hiciera preguntas sobre ella y pudiera decir con honestidad que era comida de gusanos. Pero me falló el tiro. Viva y bajo el sol abrazador de aquellas playas lamentablemente despobladas de tiburones asesinos.

No fui más allá con la búsqueda. No estaba seguro de mi propia resistencia, ya sea emocional, mental o letal.

Más hoy en una cuestión de emergencia que esa mujer haga su gran acto de caridad para con su familia original y salve a Mirco. Dios, o la deidad que venga al caso, sabe que a penas puedo lidiar con un padre inservible. Dos sería demasiada mala suerte para toda una vida.

Mientras mi algoritmo avanza a toda la velocidad que le es permitida, puedo encargarme de mi segundo problema con un bello acto de presencia en la clase que creía que ya no volvería a pisar.

El profesor más aburrido de la Tierra cometió el error más grande de su mediocre carrera no solo al reprobar a mi novia sino a despreciar su trabajo, y degradarlo al llamarlo propiedad de una mente vacía e insulsa como la de Perla. Ergo, dicho profesor está en mi lista negra. Y para su mala suerte, justo empecé a tachar nombres desde anoche.

Cuando entro al salón solo está él, ordenando su escritorio tras el fin de otra de sus aburridas clases. Roma podría inspirar a toda una generación de lectores a escribir sus ideas mucho mejor que este hombre con solo pestañear.

—¿Señor Velaz? — dice cuando me ve — ¿A qué debo el honor?

—Me perdí sus últimas clases, profesor. Esperaba su ayuda con un resúmen para no perderme demasiado la próxima vez.

—Lo lamento mucho, caballero, pero no tengo tiempo para hacer tal cosa. Tal vez deba considerar tomarse este curso más en serio si de verdad le interesa su futuro.

Con un movimiento sencillo pero determinante, cierro la puerta y echo el pestillo. En contados pasos, me acerco al profesor, dejando el escritorio en la tierra de nadie solo para contener mis impulsos animales de tomarlo por el cuello con fuerza.

—No hay nada que me importe más que mi futuro, profesor. Porque en él estan las personas más importantes del mundo para mi, y lo último que deseo es decepcionarlas fracasando.

Roma.

Mirco.

Pienso en ellos más que en mi propia persona cada vez que tomo una decisión, cada vez que cometo un delito, cada vez que pierdo parte de la integridad mínima de un ser humano.

Nadie podría decir que soy menos persona que cualquier otro ser vivo. Todos tenemos un lado oscuro que podría explotar en cualquier momento y destrozarlo todo. Pero habemos quienes somos más propensos a exagerar la magnitud de ese lado. Y con un catalizador tan potente como el amor por mi hermano, y por mi alma gemela... yo definitivamente soy de esas personas.

—Usted sabe de eso, ¿verdad? — digo — ¿Sobre el fracaso?

—Yo...

—Porque no se me ocurre mejor ejemplo de fracaso que ser profesor de un curso intensivo en una academia de clasificación media en un pueblo alejado de la mano de Dios.

—Señor Velaz...

—Ah espere, ya pensé en algo mejor — continúo — ¿Qué tal añadir a la lista ser un pervertido que se acuesta con sus alumnas, y que para colmo las beneficia académicamente contra todo protocolo?

El profesor traga con dificultad. Sus manos sudan. Mi mirada se pierde en la oscuridad de mis ojos. Y la vena carótida de su cuello podría estallar tan pronto como se forma mi poco amigable sonrisa.

—No sé de qué está hablando.

—Ay no, profesor, ¿en serio? ¿Piensa que esa frase cliché va a engañarme? Lo creí un poquito más listo. No mucho, pero algo al menos.

—Señor Velaz, usted está sobrepasando mucho límites con esta conversación sin sentido.

—Y usted sobrepasa los límites de mi paciencia, profesor. Y eso que soy un hombre muy paciente. Imagínese, llevo más de una década esperando para poder estar con el amor de mi vida sin miedos ni obstáculos.

—Usted es demasiado joven para entender algo tan complejo como el amor de por vida.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.