Masquerade

23. Roma

Noah se fue de su casa hace ya varias horas, y no sé cómo pero estoy segura de que está reclutando discretamente a varios testigos visuales de presencia en un lugar público.

Me repito esto cada dos pasos para tranquilizarme. Es fácil pensar en mil formas de hacer algo ilegal, y es completamente difícil hacerlo de verdad. En especial una persona escondida en las sombras como siempre he sido yo.

Cuando llego a la casa de Noah, me asomo por la ventana y su padre parece no haberse movido desde el encontronazo con su hijo. Desearía que él tuviera los moratones pintados en el rostro y no mi chico. Él es tan bueno y amable. No merece un padre como este hombre vago e idiota.

Parece estar profundamente dormido. Pero pecar de precavida es una necesidad más que una opción descartable en este caso.

Entro por la ventana que Noah siempre deja sin seguro para mi, en caso de que la necesite, y me acerco despacio al hombre que yace en el sillón roncando. Saco de mi bolsillo la bolsita con los somníferos pulverizados para verterlos en la cerveza frente a él. Y solo para estar segura, dejo dos pastillas escondidas en el sándwich a medio comer.

Obviamente debo ser un ninja silenciosos no importa lo que pase. Aún si este señor no se despierta, los vecinos podrían sospechar si escuchan que un jarrón se rompe. Y la policía solo debe aparecer cuando yo de la orden. No antes, ni después. El momento justo para salir ilesa e indefensa en la oscuridad de la noche.

Una vez asegurado mi salvavidas en caso de que él despierte, me pongo manos a la obra.

Empiezo en la habitación de arriba. Es un desastre cubierto de ropa sucia y un hedor a rata muerta que ya debe estar impregnado en las paredes. Lo único medianamente humano, es la foto de su boda con la mujer que abandonó a Noah. Parece que la mira y la acaricia mucho pues no hay ni una mota de polvo sobre ella.

Vistos así hasta parecen personas normales y queribles. Pero son algo peor que monstruos. Son padres terribles. Traer al mundo no a uno, sino dos criaturas que dependerán de ti solo para dejarlas a su suerte, es un acto de crueldad que he vivido en carne propia.

Mis padres no me dejaron. Murieron. Más no los extraño más de lo que resiento el que no hayan tenido un plan de emergen para mi, en lugar de confiar en el sistema de acogida que me regaló dos padres ineptos y dos hermanos psicópatas.

Vuelvo a concentrarme en mi misión. Cajones, entre la ropa, la mesa de noche, dejado del colchón.

El baño privado debe ser como una dulcería, por más hediondo que esté. El gabinete detrás del espejo debe ser el lugar principal para encontrarlas. Más junto a la ducha y en los gabinetes inferiores, me aseguro de que esté surtido como si fuera una farmacia.

En el baño común procuro que se vea más discreto. A fin de cuentas, tiene que parecer un adicto, si, pero uno capaz de esconder exitosamente su problema de su hijo casi adulto. Lo último que queremos es que Noah se vea como cómplice.

Una vez devuelta en la planta baja, dejo algunas pocas en la cocina. Y cuando estoy por hacer lo mismo en los cajones de la mesita de la entrada, un ruido inesperado llama mi atención.

El padre de Noah está despertando de su desmayo alcohólico.

Mierda.

Aún preparada para la posibilidad, no logro evitar que mi corazón vaya a la velocidad de un trueno. Me escondo en el armario junto a la entrada, dejando la puerta entreabierta para verificar que se beba su cerveza o se come su bendito sándwich e irme sin problemas.

Lo veo ponerse de pie. Es más gordo de lo que recordaba y la ropa amarillenta que lleva solo me hace pensar en lo putrefacto que su aliento debe ser.

¿Cómo este hombre aportó a la creación de un ser tan perfecto y bueno como Noah?

Casi no tiene sentido pensar que están emparentados, hasta que veo sus ojos. Hacía mucho que no le prestaba atención a su mirada. Y ahí está. La prueba de que es el padre de Noah. Sus ojos están más perdidos que los de Noah, y unas bolsas oscuras debajo los hacen ver cansados y pesados. Pero quitando eso de lado, Noah tiene los mismos ojos cálidos y distantes.

Aunque noto la mayor diferencia entre padre e hijo. Este hombre mira al mundo con un velo entre los ojos. Un velo que cayó cuando perdió al creyó que era el amor de su vida. La madre de sus hijos. Aquello con quien pensó que envejecería año tras año.

Me pregunto si, en el desafortunado peor escenario, Noah perdería la misma chispa si algo me pasara.

Lo veo mirar su alrededor como si hubiera conciencia de dónde está. Yo solo ruego que no olvide terminar su cena antes de subir a esa tumba que llama habitación.

De un momento a otro, en el que su vista se pasea hasta por la dichosa entrada, temo que me haya visto escondida. Sin embargo, ese momento fue fugaz.

Se inclina para sujetar el control remoto y apagar el televisor. Veo su mano vagar entre la cerveza y la comida. Solo pienso, no, rezo porque tome una de las dos, la que sea. Pero que sea rápido.

No quiero ni imaginar todo lo que debe estar pensando Noah al no recibir noticias mías después de una hora de empezar esta fase del plan.

Al final, la cerveza es la ganadora. Y debo estar de suerte esta noche, porque termina la botella en menos de un minuto. Lo que significa que todavía estará en su sistema cuando llegue la policía.




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