Traje a Roma a una pequeña feria que se celebra en el parque a suficiente distancia de la academia. Hay puestos de comida, juegos de azar, varios niños corriendo y un cielo despejado. Parece el momento perfecto para una cita ideal así que me aseguro de darle eso.
Me acerco a ella con un algodón de azúcar en la mano que lleva su nombre. A pensa me ve, se lanza a por él con el entusiasmo de una niña. Con suerte me comparte uno o dos pedazos, pero mi chica devora esa cosa como si fuera el último alimento de la tierra.
—¿Te gusta? — pregunto aún sabiendo la respuesta.
—Delicioso.
Le robo un beso para comprobar que sus labios son todavía más dulces si eso es posible.
—¿Quieres más? — le ofrezco.
—¿Quieres que engorde? Qué pésimo novio eres
—Si fueras más grande habría más de tí que amar.
—Noah Velaz, ni se te ocurre usar frases hollywoodenses conmigo. Son puro cliché.
—No por eso son menos ciertas.
—Tal vez quiere oírlas cuando esté embarazada pero no ahora.
A falta de comida que se me atore en la garganta, casi me trago mi propia lengua. Admito que siento una cierta incomodidad de solo pensar en tener un bebé. Que fuera con Roma sería lo mejor del mundo pero ¿qué clase de padre sería después del ejemplo tan malo que me ha criado?
No sabría cómo hablar con un niño. O qué enseñarle. Dios, ni siquiera sería capaz de ayudarlo cuando lo necesite.
¿O si?
De solo pensar que una criatura mía y, sobre todo, de Roma necesita de mi, un instinto primitivo se despierta de no sé dónde en mi interior. Quiero creer que eso significa algo bueno, más no pondría las mano en el fuego por ello.
Roma me quita de mis pensamientos pinchando mi mejilla con su dedo.
—No empalidezcas tan rápido, amor — dice — No tengo ninguna sorpresa para ti el día de hoy.
—Si, gracias por el ataque cardíaco.
—Un hijo nuestro sería extraordinario, ¿no crees?
—Nunca lo planeamos, ni siquiera hemos hablado de ello.
—Supongo que ahora podemos. Ya somos libres, tendremos control de nuestra vida, lejos de la gente que nos ha hecho daño. ¿Por qué no considerarlo?
Una excelente pregunta apra la que no tengo una respuesta honesta.
Puedo decirle a Roma que temo ser una mierda de padre como lo fue el mío, y sería verdad. Puedo decirle que me aterra que otra vida dependa de mis cuidados más allá de la de ella, y sería verdad.
Pero hay una razón mucho más fuerte que no quiero que Roma sepa. Es una verguenza que tarde o temprano en esta coversación se revelará pero pienso dilatarlo. No quiero que sepa...
—Nunca pensé que quisieras ser madre – digo — No es algo que hayas dicho alguna vez.
Ella agacha la cabeza y suspira.
—Antes no permitía soñar más allá de las posibilidades — afirma — El simple hecho de estar contigo era todo el sueño a futuro que podía tocar y en el que podía creer. Pero ahora es distinto. El mundo se abre ante nosotros. Y tal vez cosas como casarnos y tener hijos, sean posibles
La miro con tanta admiración y esperanza como con culpa. No es por mi causa que no hayamos tenido nunca una vida normal, pero si siento que podría haber más por ella todos estos años. Incluso cuando Roma afirma que no es así, yo no puedo evitar sentirlo.
Entrelazo nuestros dedos aunque los de ella estén un poco pegajosos.
—¿Es realmente lo que quieres? — le pregunto.
—Solo pido que estemos abiertos a la posibilidad. Obviamente quiero que disfrutemos nuestra juventud y vivir aventuras como siempre soñamos. Pero tal vez algún día, el momento llegue y queramos formar una familia.
—Tú y Mirco son mi familia.
—Lo sé. Pero las familias pueden ser más grandes, Noah. ¿No te daría ternura ver a una pequeña versión tuya tratando de vencerte en ajedrez?
Ella se ríe de solo pensarlo, mientras esa imagen despierta en mí una nueva preocupación. Un hijo nuestro sería perfecto por el lado de Roma, pero tal vez podría ser un lunático egocéntrico por el mío.
¿De verdad quiero eso para una criatura?
—Familias grandes equivale a menos cariño — digo finalmente. Sabía que tarde o temprano tendría que revelarlo.
Roma me mira con atención hasta cae en la cuenta de lo que realmente quise decir.
—¿Eso crees? Porque no es verdad. ¿O acaso tú puedes decir si amas más a tu hermano o a mí?
—Yo...
—No puedes. Ambos somos importantes. El amor no tiene medidas, Noah, así como tampoco límites. Yo no podría amar más a mi bebé de lo que te amo a tí. Ni viceversa. Los querría a ambos por igual y una cantidad interminable de amor.
—Eso dices ahora, pero no puedes saberlo.
—Tú eres brillante, pero yo sé más sobre este tema. Y te garantizo que nadie te roba el primer lugar en mi corazón. Solo que tendrás que compartir un pequeño espacio por un tiempo.