Dejé a Roma en el hotel porque no podía esperar para ver a mi hermano. Había estado pasando tantas cosas que mi tiempo de visita se había reducido demasiado.
La enferma me dejó pasar sin problemas. Desde la última vez que nos vimos, cuando la amenacé, ya no ha intentado nada conmigo. Gracias a Dios. No quiero imaginar cómo se pondría Roma si llegara justo cuando esa mujer me hace ojitos.
Mientras veo a mi hermano acostado con todos esos tubos conectados, me siento más como un villano que como un héroe por haber impedido su desconección. Es egoísta mantenerlo atado a la vida cuando no puede disfrutarla. Es macabro ir por ahí diciendo que lo amo cuando no tiene voz ni voto sobre su estado.
Entierro esos pensamientos en lo profundo de mi cabeza, aún sabiendo que esa rutina de olvidar no funciona para mi.
Por suerte, una distracción conveniente se asoma por la puerta de la habitación. Al principio creo que se trata de mi novia, más ella nunca se vestiría tan llamativa y colorida como esta mujer
—¿Qué haces aquí Perla? — pregunto fastidiado.
—Supe que tu hermanito estaba grave y quise venir a dar mi apoyo.
—Si, claro — respondo con sarcasmo — Vete.
—¿No quieres saber cómo supe de tu hermano?
—Mirco no es un sucio secreto, si eso es lo que insinúas. Y no, no me interesa que sepas hacer una búsqueda en Google o cómo escuchar conversaciones ajenas entre Roma y yo.
Estoy seguro que Perla tiene un sentido del oído muy desarrollado. Es la única manera en que puede meterse en la vida de los demás con tanta eficiencia.
En lugar de hacerme caso, se adentra más en la habitación y mira con desagrado.
—Sé que fuiste tú quien hizo que mi trabajo sea reevaluado, y reprobado — me acusa.
Significa que Roma ya debe saber que su trabajo tuvo el merecido final que le corresponde.
Parece que el profesor no es tan idiota después de todo. Se movió más rápido de lo que hubiera previsto para alguien con su limitado intelecto. Supongo que es un buen momento para cumplir mi parte del acuerdo.
Escondo el celular a mis espaldas y con la costumbre y memoria de mi lado, guío mi dedo hasta dar con app de hackeo que perfeccioné. La misma que usó Roma en la comisaría.
Me acerco a Perla con un aire de intimidación para que la descarga de datos sea más veloz y le sigo el juego un rato.
—Y yo sé que quieres grabar una confesión de mi parte – digo — Adelante, no te servirá de nada. Tú tienes mucho más que perder que yo en este momento.
—¿De qué hablas?
—No tienes nada contra Roma. No tienes nada contra mi. Y yo soy muy bueno descubriendo secretos. Te aseguro que tengo un archivo especial solo con los tuyos.
La veo (la escucho) tragar con fuerza. Que poco he necesitado para ponerle la piel de gallina, en especial cuando ella siempre supo que yo no soy como los demás. Creo que es lo que le atraía de mi personalidad: el misterio, lo sombrío, ser inalcanzable.
—Estás mintiendo — afirma con falsa seguridad — Y aunque no fuera así, Roma terminó con Ian hace semanas, a nadie le importará que haya estado conmigo.
Si piensa que eso lo único que tengo en su contra, es que es más tonta de lo que deja ver.
Veo mi celular y ciertamente todo está ahí. Las dichosas pruebas fotográficas que no me detengo a ver en detalle, y algo más. Algo muy jugoso como para dejar pasar la oportunidad de ver su cara de horror.
—¿Y el fruto de ese affair no importa? — digo con una auténtica sonrisa — A menos que sea del profesor a quien chantajeaste con aquellas fotos.
Le enseño la pantalla donde la prueba positiva de embarazo se muestra perfectamente clara. Es de hace una semana. Realmente no sé quién pueda ser el padre pero creo que hay más probabilidad que sea Ian, ya que el profesor debe estar escondido bajo una piedra esperando que mi benevolencia sea auténtica.
La mirada de Perla pasa de falsa arrogancia a verdadera vergüenza y miedo.
—Tienes una espada muy grande colgando sobre tu cabeza, y si das un paso más en falso, voy a cortar cada hilo que la sostiene — mi amenaza llega directamente al temblor de su labio inferior.
Es sutil pero existe en cada fibra de su ser.
El pánico.
Creyó que no lo sentiría nunca, y ahí está.
—Ahora, si ya terminaste de escupir veneno en la habitación de mi hermano, te sugiero que te vayas de una vez. Roma está por llegar y es la única compañía que necesito ahora.
Con un parpadeo rápido, Perla entiende que ya está fuera de lugar, que perdió su turno para ganar lo que sea que estuviera buscando al venir a verme. Se retira con la cola entre las patas y yo vuelvo a prestarle atención a mi hermanito.
Minutos más tardes, el amor de mi vida se hace presente con una luz que cubre cada rincón de esta lúgubre habitación.
—Hola — saluda Roma — Perdón por llegar tarde, tenía cosas que pensar y se me fue el tiempo — me besa en los labios.
—¿Cosas que pensar?