La última clase del curso.
Debería estar feliz no solo de terminar finalmente esta tortura a la que me sometí voluntariamente, sino porque mi hernosa novia acabó siendo la mejor de la clase. Me enorgullece tanto que podría besarla al mejor estilo de unos recién casados: inclinándola en mis brazos frente a muchos testigos.
Ha hecho un trabajo espectacular con su último escrito. Y sé bien que desde que nos liberamos de nuestras cadenas, ha estado trabajando en algo un poco más desarrollado que un simple cuento. Muero por leer cada palabra, pero como buena autora con síndrome del impostor, Roma es celosa de su "primer borrador desastroso". No dejará que ponga mis manos en él hasta que lo considere suficientemente bueno.
Como dije, debería estar feliz. No lo estoy.
No dejo de pensar en Mirco. Parece que la noticia de su ataque me pegó más fuerte de lo que mi planificación a futuro hubiera esperado. Creí que si evitaba que lo desconectaran, algo bueno pasaría y él estaría... Claro que no. Esas cosas olo pasan en las películas, en particular, en las comedias dramáticas.
Roma trata de prestar atención a las palabras de despida de nuestro inepto profesor, ya que ella, como mejor promedio, será quien haga el discurso final del curso a nuestros compañeros.
Sin embargo, soy el centro innegable de su mirada. Me conoce mejor que nadie y su bondadoso corazón no puede obligarla a ignorar mi dolor interno.
—No tenemos que quedarnos a esto — insiste en un susurro Roma. Entrelaza su mano con la mía transmitiendo un calor que no sabía que necesitaba.
—Es nuestra última clase — le digo — Quiero que la disfrutes, te lo ganaste.
—No puedo disfrutar nada si sé que lo que estás pensando te lastima.
—Nada... nada duele tanto como para no disfrutar tus victorias, amor.
Beso su mejilla justo antes de que el profesor la llame al frente.
Al principio cualquiera diría que está nerviosa, más yo prefiero pensar que solo está calentando motores para un gran discurso. Dicho y hecho, Roma habla con fluidez y elegancia sobre la importancia de la literatura y la creatividad, que no hay que perder las oportunidades de aprender y mejorar como artistas y como personas. Y muchas otras cosas que he memorizado pero a la vez estás eclipsadas por esa aura luminosa que la rodea, llena de confianza, seguridad y belleza.
A veces no puedo creer que sea mía.
Cuando termina, salimos de la academia tomados de la mano.
—Fue un buen discurso — le digo.
—Calla, tendría que haber preparado algo mejor.
—Pues te avisaron esta mañana que habías aprobado y sido la mejor de la clase. Hiciste lo que pudiste con el tiempo que tenías. Además, fuiste concisa, sincera, y no insultaste a nadie, aunque muchos se lo merecían.
—Tú hubieras hecho un mejor discurso.
—No, de hecho lo mío hubiera sido solo una frase.
—¿Que es...?
—"No me importa haber sido el mejor, sino que ya no tendré que verles las caras"
Eso la hace casi carcajear, y este se convierte en uno de los muchos momentos donde la realidad no puede tocarnos. Estamos en nuestra burbuja de felicidad y amor.
Lastimosamente, esos momentos, aunque inolvidables, no duran nunca lo que desearía.
—¿Quieres volver al hospital? — pregunta.
Estoy a punto de responder que sí, pero veo en la cercanía el fruto de nuestra pequeña vendetta matutina acercarse.
—Aún no — digo — Sospecho que estamos a punto de divertirnos.
Esta mañana, cuando Roma me contó su pequeña epifanía al recibir la noticia de su trabajo final, pensé que estaba algo borracha. Mi ángel nunca habló de venganza sino de justicias, de librarnos de todo lo que nos hacía mal y mantenerlo a distancia. ¿Y ahora quiere verlos caer a todos solo porque sí? Bueno, porque si pero no sé que le habrá pasado por la cabeza para que se despertara y dijera "merecen algo peor".
Afortunadamente, soy un hombre con pocos escrúpulos. Sé bien por lo que ha pasado ella y nunca me he negado a ninguna de sus peticiones. ¿Por qué hacerlo ahora si puedo asegurarme de que salga bien?
—¡Tú, maldito desgraciado! — vocifera Isaac mientras me sujeta con violencia del cuello de la camisa — ¡Estás muy mal de la cabeza!
—Hey, sin tocar — Roma lo aparta con fuerza de mí y señala todo mi ser — Todo esto tiene dueña. Y me gusta el estado inmaculado en el que está.
—¡Pues serán tu responsabilidad los arreglos funerarios porque voy a matarlo!
—No te aconsejo gritarle a ella — digo fríamente — Estoy de buen humor y eso puede cambiar muy rápidamente.
Una mentira a medias. Llevo todo el día con un humor de perros y su actitud prepotente solo lo empeora. Pero también estoy decidido a disfrutar esta actuación de desesperación.
—¡Sé que eres tú el que me envió todos esos mensajes! — declara — ¡Y el que hizo circular toda esa mierda sobre mí en Internet!
Finjo una perfecta inocencia.
—No tengo idea de lo que estás hablando — me dirijo a Roma — ¿Cielo, alguna idea?