Noah y yo nos quedamos cerca de la academia, en una pequeña plaza donde la gente viene a fingir que hace ejercicio, cuando lo único que buscan en un food truck barato y que no cause indigestión.
Presiono contra la comisura de su labio un paño mojado un poco en alcohol para limpiar la herida.
Lo veo hacer una mueca de dolor.
—Ya casi termino — le aseguro, aunque también presiono con un más de fuerza.
—¿Lo estás disfrutando?
—Un poco. Si no quieres que lo haga no deberías dejar que te hagan daño para probar un punto o como parte de su artimaña.
—Suelen gustarte mis artimañas.
—Me gusta que todo salga siempre como lo planeas. Pero la parte de la sangre siempre me hace preguntarme si vale la pena.
—Por supuesto que sí. Cinco minutos de dolor por toda la libertad del mundo contigo. Es un precio muy bajo, amor.
Parece que lleva toda la vida diciendo eso y no puede gustarme más. De alguna forma siempre me llena el alma con cariño y calidez. Pero debo insistir en que su sangre es lo que menos me atrae de este demonio con cara de ángel.
Odio verlo herido.
Quisiera ser capaz de quemar el mundo cada vez que alguien lastima a Noah.
Todavía limpio su herida, la cual ya sangra mucho menos y se ve menos roja, cuando él me mira fijamente como siempre y hace una simple pregunta:
—¿Por qué ahora?
—¿Qué?
—Nunca cuestionaría tus decisiones, Roma, así como tú nunca cuestionas las mías. Confiamos ciegamente el uno en el otro, y eso nos hace un frente unido — él acaricia el dorso de mi mano — Así que dime, ¿por qué enviar las fotos y todo lo demás ahora cuando ya ganamos?
Entiendo que sienta que he perdido la cabeza al tomar aquella decisión después de haberle pedido solo una cosa: libertad, olvidarnos de todo y empezar de cero. Nunca dije venganza u ojo por ojo. No es quien soy.
Sin embargo, tras todo lo que había pasado, la parte menos humana de mi que ignora la racionalidad me dijo que todo lo que había pasado no podía ser suficiente. No habría de borrar el dolor que me han causado, pero lo menos que podía hacer era compartirlo.
Sé que Noah entenderá eso.
—Cuando recibí la noticia de la calificación, no estaba feliz, solo aliviada de que todo saliera como debía — confieso — Personas como Perla me han robado la felicidad demasiados años sin sufrir las consecuencias. Creo que solo pensé... pensé que no podría disfrutar de esta nueva vida contigo si sé que se salieron con la suya.
—Eran conscientes de la amenaza sobre sus cabezas. ¿No crees que dejarlos vivir paranoicos hubiera sido suficiente?
—Tal vez. Pero no iba a arriesgarme.
Sé lo que es mirar constantemente sobre el hombro por miedo a ser atrapado, lastimado, humillado. Lo he vivido varias veces y es la peor sensación del mundo.
O tal vez, la segunda peor.
Porque también he vivido en carne propia lo que es no cumplir las reglas y ser verdaderamente castigado por ello. Que la amenaza pase a ser acción, y el cuchillo no solo pinche sino que corte profundamente. Es una realidad que se la desearía a nadie pero ese es el punto.
Había muchas personas en mi vida que merecían el peor castigo. Y aunque tal vez me cueste vivir el resto de mi vida sabiendo que provoqué tanto dolor como se me fue otorgado, también viviré consciente de que no fui una víctima más.
—¿Crees que eso me hace tan mala como ellos? — le pregunto a Noah casi temiendo la respuesta.
Puedo vivir sin muchas cosas, pero el cariño y respeto del amor de mi vida no es una de ellas.
Él me sujeta el rostro entre sus manos y deja un suave en mis labios. Trata de disimular que no le ha dolido aunque sea un poco, pero yo veo a través de su sonrisa.
—Aunque se vista de negro y cargue un arma, mi chica siempre será el más puro y perfecto ángel.
A riesgo que un beso vuelva a lastimarlo, me limito a abrazarlo con fuerza hasta que otra cosa llama su atención.
—Mira — me dice poniendo distancia.
Yo volteo con precaución y ahí está mi cabo suelto más grande.
Perla.
Está persiguiendo desesperada al tonto de Ian, como si él la ignorara y ella no se tuviera el suficiente respeto como para dejarlo ir.
Ella llora. Se para frente a él y casi le exige que la escuche, que la acepte.
Siento pena por ella. Sé que ser así de egoísta le causará mucho más dolor en el futuro.
Por el momento, me toca ser la que lo imparta primero.
—¿Por qué crees que discuten? — le pregunto a Noah casi con una sonrisa en los labios.
—Creo que estamos a punto de averiguarlo.
Un desvío certero de su mirada hace que Perla se percate de nuestra presencia a solo unos pasos. Se encamina con ímpetu completamente sobreestimado y falso hacia nosotros. Puedo sentir su aire de grandeza con tanta claridad que toda la culpa que podría sentir por arruinar su vida se acaba de disipar.