Masquerade

32. Noah

Al bajar las escaleras, solo tengo una cosa en la mente. Enterrar el último clavo de este ataúd lleno de cuerpos indeseable.

Ojalá pudiera hablar literalmente pero ningún cementerio acepta tana mierda metida entre paredes de madera. Y espero que ningún Dios benevolente los aceptase en el cielo.

No pensé que los padres de Roma fueran realmente un problema cuando todos los demás habían hecho cosas mucho peores que solo ignorarla. Pero al ver cómo le faltaron al respeto, cómo la trataron como la culpable de todos sus males, no puedo imaginar otro final que agregar sus nombres a la lista de caídos.

Y mi novia tenía razón. No se puede acusar a alguien de algo que en efecto no ha cometido. Más yo puedo hacer que el diablo parezca un ángel de nuevo. Solo necesito la motivación adecuada.

Esta tarde, con todos esos gritos y órdenes, la obtuve con creces.

Roma tuvo su momento para poner en su lugar a esta gente. Antes de que el caos se desate a nuestro alrededor, es mi turno de gozar escupiendo veneno.

—¿Dónde está Roma? — pregunta la señora al ver que bajo solo cada escalón— ¡La quiero fuera de mi casa ahora mismo!

—Todavía intenta empacar lo poco que se salva del destrozo que ustedes hicieron — le informo con calma.

Lleno al piso y me giro para hacerles frente. Quiero que me vean a los ojos cuando se den cuenta, como tantas otras personas, que no soy alguien con quien pueden jugar sucio y salir ilesos.

—Nada de todo aquello es de ella — asegura el padre — Fue nuestro dinero el que se gastó, tenemos derecho a hacer lo que queremos.

—¿Y qué querían exactamente? — pregunto — ¿Qué buscaban?

—No tengo por qué darle explicaciones a un niñato insolente como tú.

Sonrío casi de verdad. ¿Insolente? Amo cuando la gente me subestima tanto.

Podría estar frente al Rey de Inglaterra y hasta él me confundiría con un Duque si así lo quisiera.

—Parte de todo esto es tu culpa — afirma la señora — Vaya Dios a saber cómo estarán sufriendo mis bebés por lo que ustedes hicieron.

Que horror para mis oídos escuchar que se refiere a Dylan (un psicópata en potencia) y a John (un pervertido) como "sus bebés". ¿Es que acaso se perdió los últimos años de su vida, cuando pasaron de niño malcriados a hombres de pelo en pecho con problemas mentales?

—Señora, lo que sea que les esté pasando a sus bebés en este momento, le garantizo que es bien merecido — le digo con total seguridad — Y en cuanto a mi culpabilidad, no podría estar más orgulloso de ella.

—¿Lo admites finalmente? — quiere saber el señor.

—Yo nunca lo negué. Solo dejé que Roma librara su propia batalla contra ustedes. Pero les prometo que soy su primera línea de ataque, y soy implacable si me lo propongo.

Roma quería quemar la casa. Si después de escuchar mi idea hubiera seguido motivada a hacerlo, yo le hubiera pasado el encendedor sin problemas. Soy su escudo, siempre. Pero también soy su espada. Y de haber sido necesario, hubiera cortado rápido sus cabezas.

Podría quedarme con la imagen de ellos procesando que soy su peor pesadilla si se meten con Roma, pero me gusta dejar las cosas claras.

—Piensen en sus hijos dementes y dónde están ahora — les digo — Llevó años pero la paciencia es para virtuosos, y yo suele destacarse en todo lo que hago. Ahora ellos se pudren en una celda pensando que saldrán vivos cuando en realidad puede que no sobreviven una noche.

La verdad es que si conozco gente en la cárcel que podría o no deberme algún favor. Mi página para hacer los trabajos y tareas se extiende a cualquiera que esté estudiando, así que incluye a los presos en proceso de rehabilitación.

Son pocos, pero algunos están tan contentos con mi trabajo que hasta envían cartas asegurando un contacto de emergencia por si los necesito.

Siempre es bueno tener un as así cuando estás planeando tu venganza con tanto detalle.

—Entonces, ¿tendremos la fiesta en paz o muevo sus hilos hacia el precipicio?

Espero el tiempo requerido para que la amenaza caiga en sus pequeños cerebros con el debido peso. Y casi podría jurar que los engranajes están girando correctamente. Dirán que si, pienso. No son tan tontos, pienso.

Y nuevamente, tener fe en la humanidad resulta en una gran decepción.

—¿Crees que me asustas, niñito arrogante? — exclama el señor recuperando su postura recta — He matado cucarachas más grandes que tú.

Como quisiera sentirme ofendido. Pero no.

Solo es otro grano de arena a su ya proclamada sentencia.

—Y yo he metido a la cárcel personas con más delitos demostrables que ustedes dos, y aún así, ahí es donde van a parar — le aseguro.

Como si un foco se encendiera en su cabeza, la señora me mira con intriga. Ella sabe que algo gordo está a punto de caer sobre su perfecta vida. Algo peor que el encarcelamiento de sus queridos hijos.

—¿Qué tonterías dices? — dice ella — No hemos hecho nada ilegal, no puedes hacernos nada.

—Si y no — respondo — Verá señora, la línea de la legalidad es muy fina y hay demasiados vacíos en ella. Una ignorante como usted no lo entendería pero yo soy un maestro en dichos vacíos y en cómo jugar con ellos.




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