La policía toma mi declaración, la cual Noah preparó con antelación conmigo mientras me maquillaba las heridas.
Digo cada palabra ensayada con un toque de actuación creativa de por medio. No voy a ganar ningún premio, pero me deja tranquila saber que no tengo que hacerlo. La llamada acusando a mis padres de intentar matarme fue real, y el proceder de la policía también. Por otro lado, las llamadas grabadas, los moretones y las amenazas fueron un hábil truco de la inteligencia artificial, cortesía del cerebro de mi perfecto novio.
Incluso con el apuro de la situación improvisada, todo está siguiendo el camino que Noah previó. El arresto, la evidencia, los gritos de mis padres afirmando su inocencia. Ojalá los vecinos que están grabando todo el espectáculo pudieran pasarme una copia.
Cuando la policía se retira y el morbo dejó de ser interesante para los demás, solo quedamos Noah y yo frente a la casa. Por seguridad, todavía cojeo un poco cuando entramos para estar a solas. Una vez en la cocina, Noah cierra las ventanas de toda la planta baja y se acerca a mi para abrazarme.
—¿Crees que funcionó como debía? — pregunto temblando un poco, aunque no sé distinguir si es emoción o miedo a ser descubierta.
Contuve la respiración todo el tiempo que el médico de la policía me revisó las heridas. Estaba a atenta a cada mueca, toque o ceño fruncido que pudiera representar dudas o sospechas. Por suerte, el dinero siempre lo soluciona todo y con Noah repartiendo a diestra y siniestra, el hombre hizo de la vista gorda y dió por bueno mi trabajo artístico en la piel.
Aseguró a cada hombre y mujer presente que mis laceraciones debían mantenerse vigiladas en caso de que presenten acumulación de sangre u otras complicaciones.
—Creo que podría haber salido peor pero no fue así — responde Noah.
Él comienza a preparar dos tazas de té de manzanilla para nosotros. La verdad es que muero de hambre. Este día se ha hecho tan largo y en realidad pasó más rápido que un pestañeo.
Al ver que Noah se mueve con tanta soltura en la casa donde crecí, la misma casa que estuvo llena de odio y pena por tantos años, me siento finalmente en calma. No pienso vivir más bajo este techo, pero me alegra llevarme este buen recuerdo por lo menos.
Y de repente, algo se instala en mi pecho. Una duda o quizás una certeza que solo quiero confirmar. Así que mientras él prepara un cuenco con galletas de chocolate, aquellas que mamá siempre guardó celosamente para John, extiendo mi mano para tomar la suya.
—Noah
—¿Si?
—¿Es todo, verdad? No hay nadie más, todos se fueron. ¿Somos solo tú y yo, cierto?
Él siente el ligero temblor en mi mano. Me presiona más entrelazando nuestros dedos y sonríe con ternura.
—Tú y yo, amor. Si.
Me inclino para besarlo. Me doy cuenta que me he vuelto adicta a besarlo a todas horas y en cualquier lugar. Un lujo del que hasta ahora nunca había gozado y de que ahora no puedo distanciarme.
Otro bello recuerdo de esta casa del terror.
Al separarnos, Noah me mira como si en mis ojos estuviera el secreto de la felicidad eterna, lo cual me encanta. Me hace sentir que no importa lo mal que esté mi cabeza, lo turbio que pueda sonar lo que diga o lo macabros que sean mi objetivos a futuro, él siempre estará ahí para ver lo mejor de mí. Soy su ángel.
—No sé qué hacer ahora — confieso — Siento que puedo hacer lo que quiera pero al mismo tiempo me paralizo de solo pensarlo.
—Es normal. Hay muchas opciones y caminos.
—¿Cómo decidir?
—Podemos ir al aeropuerto y subir al primer avión que salga.
Me río con ganas, aunque en realidad no es un mal plan.
—O comprar mucha comida chatarra y estar toda la noche en ese sillón viendo bloopers de tus series favoritas.
Ese es un plan todavía mejor.
La última vez que hicimos un maratón así, él estaba en su habitación y yo en la mía. Nos hablabamos por videollamada y cada quien veía los bloopers en su computadora. Me gustaba pensar que era romántico de cierta forma, pero ese sentimiento no se compararía en nada a estar acurrucada junto a él en vivo y en directo.
—Dime lo primero que se te venga a la mente ahora mismo — me dice.
Finjo pensarlo un minuto y finalmente respondo:
—La casa. Todavía quiero quemarla.
—Bien — él sonríe — Cuando los sentencien en el juicio, compraré la propiedad y haremos lo que quieras con ella.
—¿De verdad?
—¿No lo he demostrado lo suficiente, Roma? Yo haría literalmente cualquier cosa por ti. Pídeme que me quite los ojos, y eso haré. Que dé la vuelta al mundo en 8 minutos, y eso haré. ¿Quieres que arrastre de los pelos al presidente de Estados Unidos a tus pies? Dalo por hecho. Cualquier cosa, ángel.
De manera totalmente sorpresiva, las lágrimas que no había podido derramar hasta ahora se fugan de mis ojos como un tsunami. Es incontenible, incontrolable. Llevo años sintiendo el amor de este hombre pero cada vez que repite lo importante que soy para él, algo en mi me grita que hice algo bien en otra vida para merecerlo en esta.