Matices del corazón

Prólogo

Los rascacielos de Los Ángeles se erguían como bloques de ambición, perforando un cielo que casi siempre era de un azul implacable. En el pináculo de uno de ellos, la oficina de Theo Jules era un santuario de cristal y acero. A sus veintiocho años, Theo era un prodigio en el mundo de la construcción y el desarrollo inmobiliario, una estrella en ascenso, aunque una estrella que, últimamente, había empezado a apagarse.

Un año antes, Theo lo tenía todo. Una prometedora carrera en Empresas Star, proyectos multimillonarios bajo su dirección, y una vida personal que, desde la distancia, parecía perfecta. Estaba comprometido con Kiara, la hija del Grupo Fernández, dueños de una concesionaria importante en México, una mujer brillante y ambiciosa, cuya belleza y talento rivalizaban con el suyo. Eran la pareja de oro, los medios de comunicación siempre hablaban de ellos.

Sin embargo, detrás de la fachada de perfección, el mundo de Theo se desmoronaba silenciosamente. Una traición personal lo había golpeado duramente, sumergiéndolo en una espiral de ira y dolor que comenzó a manifestarse en su vida profesional. Aunque sus jefes no sabían nada de los detalles de su vida privada, el cambio en el rendimiento de Theo era innegable. Se volvió irascible, errático, y los retrasos y problemas en sus proyectos se hicieron cada vez más frecuentes. Su reputación, antes intachable, comenzó a empañarse.

Star era una empresa que valoraba la imagen y la estabilidad por encima de todo, por lo que no tardó en notarlo. Sus proyectos, antes impecables, empezaron a sufrir. La burbuja de su perfección personal había explotado, y el estallido amenazaba con llevarse su carrera consigo.

La reunión se celebró en una sala de juntas que apestaba a café caro y a nerviosismo. Theo estaba sentado frente a la directiva, un panel de rostros serios y expresiones implacables, uno de ellos era su padre. Los ojos del presidente de la junta, un hombre con la frialdad de un témpano de hielo, se posaron en él.

—Theo —comenzó el presidente a hablar, con voz monótona—. Hemos seguido de cerca tu desempeño en los últimos meses. Y debemos decir que estamos profundamente preocupados. Tu rendimiento ha disminuido drásticamente, y tu comportamiento... no es el profesionalismo que esperamos de un ejecutivo de tu calibre.

Theo apretó la mandíbula. Quería defenderse, pero sabía que no serviría de nada. Los tiburones corporativos solo entendían resultados.

—Tus recientes arrebatos, los retrasos en los proyectos, la reputación que se está gestando, nos está afectando a todos. Estamos al borde de tener que tomar decisiones drásticas.

El castaño sintió un nudo en el estómago. Estaban por despedirlo. No solo significaba el fracaso para él, también sería una decepción para su familia y todo eso frente a su padre. Toda su vida, construida meticulosamente sobre el trabajo duro y el éxito, estaba a punto de desmoronarse.

—Sin embargo —continuó el hombre, haciendo que Theo levantara la vista, una chispa de esperanza encendiéndose—. Estamos dispuestos a ofrecerte una última oportunidad. Un proyecto. Es un desafío, casi un riesgo, pero si lo logras, no solo recuperarás tu posición, sino que te garantizamos el puesto de CEO de Star.

Theo parpadeó. ¿CEO? Era la cúspide, el sueño de cualquier empleado sucesor al cargo. Un puesto que, en sus mejores momentos, solo había imaginado alcanzar en una década.

—¿Cuál es el proyecto? —preguntó Theo, su voz era ronca por la tensión.

El presidente se inclinó hacia adelante.

—Es un proyecto de revitalización urbana. Un centro comercial. Pero no es en una gran ciudad. Es en un lugar... particular.

Un asistente encendió una gran pantalla en la pared de la sala de juntas. Las primeras imágenes que aparecieron eran una mezcla de fotografías aéreas y tomas de cerca.

Theo vio un pueblo pequeño, dormido, casi olvidado. Calles polvorientas bordeadas por casas antiguas de madera con porches desvencijados. Un río serpenteando a través de un paisaje rural, con viejas granjas esparcidas aquí y allá. Unas pocas tiendas en la calle principal, la mayoría con letreros descoloridos y ventanas vacías. Se podían ver algunos coches oxidados y edificios abandonados. Había una iglesia con un campanario torcido y un pequeño ayuntamiento que parecía haber visto días mejores. No había rascacielos, ni luces de neón, ni el ritmo frenético de la vida urbana.

—Este es Normville en Tennessee —anunció el presidente, su voz sonaba como si describiera un espécimen raro—. Un pueblo que, para ser honestos, ha sido abandonado por el tiempo. Es una comunidad que ha visto mejores días. Nuestra propuesta es construir un centro comercial de tamaño medio. Algo que sirva como motor económico para la zona, que cree empleo, que traiga modernidad. El alcalde local está desesperado por la inversión y ha ofrecido incentivos fiscales significativos.

Theo miró las imágenes, una sensación extraña recorriéndolo. Normville. Sonaba como el fin del mundo. ¿Un centro comercial allí? Era un desafío logístico y cultural enorme.

—La condición... —anunció otro hombre, la mano derecha del presidente, su voz cortó el silencio como un bisturí—. Es que el proyecto debe estar completado, desde cero hasta la inauguración, en un mes.

Theo se quedó sin aliento.

—¿Un mes? ¿Están locos? Un proyecto de esa magnitud lleva al menos un año o dos. ¡Es imposible!




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