Matices del corazón

Capítulo uho

En un rincón olvidado al sureste de los Estados Unidos, se encontraba Normville, un pueblo que el tiempo parecía haber pasado por alto. Pero allí, ajena a su decadencia, estaba Savannah, no el pueblo, sino la chica de los rizos de oro, una cara angelical y una lengua tan afilada que cortaba la hipocresía en el aire. A ella, la opinión de los demás le importaba menos que una cáscara de sandía; Savannah hacía lo que le venía en gana, sin dar cuartel a los patanes que intentaban sobrepasarse ni a las lenguas sueltas que la cortejaban solo por ser la supuesta hija del alcalde.

Era la hija que él nunca reconoció, la que todos murmuraban en voz baja, la bastarda, la innombrable, la que había llegado fuera de su perfecto matrimonio. ¿Cómo podía llamarse "padre" a una persona tan abominable? Él ni siquiera la miró a los ojos aquella única vez que ella se le plantó a las afueras de su impecable casa. Desde ese día, Savannah le había declarado la guerra. Se convertiría en su detractora número uno en aquel pueblo tan marginado y deplorable.

Aquí, nadie prosperaba. Nadie, a menos que huyeras, estudiaras en alguna universidad de renombre y, quizás, regresaras para inaugurar el negocio del mes que, infaliblemente, se iría a la bancarrota antes de cumplir treinta días. Por eso, nadie apostaba por Normville, un lugar asediado por la codicia y la mala administración. Nadie lo miraría con ojos de amor, ni siquiera si la fuente de los deseos más popular del pueblo se volviera de oro.

Pero entonces, apareció un cartel. Gigante, descarado, en una de las pocas vallas publicitarias del pueblo: "EL NUEVO CENTRO COMERCIAL DE NORMVILLE LLEGA ESTE MES."

Un centro comercial. ¿Era en serio? Savannah lo miró boquiabierta. En sus veinticuatro años, jamás había presenciado algo semejante en Normville. ¿Quién, en su sano juicio, apostaría por este lugar?

—Se irá a la quiebra —declaró la rubia, terminando su malteada con un sorbo definitivo.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Isis, su mejor amiga desde que tenían siete años, su voz teñida de la acostumbrada dulzura.

—Simple: este pueblo está maldito.

—¡Vannah, no digas eso! ¡Válgame Dios! —exclamó Isis, persignándose con un gesto de genuino terror.

Sí, Isis era la chica religiosa, criada por los pastores del pueblo, la hija perfecta que no podía juzgar ni cometer un pecado, porque si no, su familia la desheredaría. Nadie entendía cómo seguían permitiendo que se juntasen. Nada bueno, decían, podía salir de esa extraña amistad.

Savannah se rio, un sonido áspero y divertido, al verla persignarse.

—No seas tan mojigata, Isis. —Se encogió de hombros—. Simplemente digo la verdad.

Su amiga negó con la cabeza, mirándola con resignación. La conocía bien. Savannah era así. En su mundo había vivido tantas decepciones que todo lo bueno lo veía con recelo, teñido de sospecha. En Savannah Peterson no había felicidad ni anhelos; solo rencor e indiferencia.

—Mejor vámonos, si no, Jason nos botará a ambas del trabajo.

Por poco lo hace. Vannah e Isis se tomaron más tiempo del previsto en su hora de almuerzo. Ambas trabajaban en la pequeña tienda de herramientas e insumos médicos del pueblo. Una fusión entre el bricolaje y la medicina que no muchos entendían.

Jaden, el hermano menor de Jason y encargado de la tienda, anunció de pronto que el negocio se mudaría al nuevo centro comercial, que se construiría en tiempo récord para dentro de un mes. Todos en la tienda lo miraron boquiabiertos. ¿De verdad apostarían por ese proyecto? ¿Tan grande era? Savannah lo observó sin comprender. Le tenía aprecio a su trabajo; no quería perderlo de la noche a la mañana.

—¿Viste que lo del Centro Comercial es una buena idea? —inquirió Isis a su lado, dándole un pequeño empujón en el costado.

—No dejo de pensar que será un desastre.

—¡Deja de ser tan pesimista!

—Lo presiento, eso es todo.

Savannah no dijo más. Tomó su bolso y salió de la tienda. En su cabeza, rondaban tantas preguntas sin respuesta, pero lo que más le causaba preocupación era quedarse sin trabajo. Intentó respirar varias veces, pero la angustia que llenaba su pecho no desaparecía.

Caminó hasta su casa, el pequeño apartamento que Sarah Peterson le había dejado de herencia a su única hija. Ubicado en el edificio más viejo de Normville, estaba lleno de moho y tuberías sin funcionar, donde la calefacción servía de vez en cuando y las ratas abundaban. Un cuchitril, en pocas palabras.

Suspiró al momento de abrir la puerta de su hogar, si es que a eso se le podía llamar de esa forma. Desde su punto de vista, solo quedaban los recuerdos de mamá. Si no fuera por eso y porque no tenía ni un centavo para irse del pueblo, hace rato se hubiera marchado. Así que solo le tocó resignarse y seguir, como lo había hecho desde hacía siete años, cuando su madre murio de cáncer, un maldito bicho que les jodió la vida para siempre.

La cena estaba lista: un mísero pan con mortadela, jugo y una banana serían su comida por esa noche. Debía ahorrar para su plan maestro; no podía fallarle. Había trabajado tanto para lograrlo que no podía dejar de seguir invirtiendo en ello. Y si debía comer así para tener finalmente el dinero, lo haría. Se lo había prometido; no le fallaría.




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