Matices del corazón

Capítulo dos

Desde el instante de su nacimiento, Theo Jules estaba predestinado. Sus padres, arquitectos de su destino, habían construido una cuna de oro de la que jamás podría escapar. Ya en su primer minuto de vida, las acciones de diversas sucursales de Empresas Star llevaban su nombre, un legado ineludible.

El Proyecto Star, el más ambicioso de la compañía, se cernía sobre él como la prueba definitiva. Cumplirlo a cabalidad no solo le aseguraría el codiciado puesto de CEO, sino que también lo elevaría por encima de sus hermanos, Ryder y Melanie. Aunque los quería, Theo sabía que la competencia entre ellos era una guerra perpetua, una lucha silenciosa por determinar quién sería el hijo favorito, el sucesor digno de heredar el imperio si sus padres fallecieran.

Zachary Jules, el enigmático patriarca de Empresas Star, había decidido en secreto que su primogénito sería el próximo CEO, es por eso que habló con la junta directiva y le dictaminaran el nuevo proyecto a su hijo. Pero esta verdad era su as guardado bajo la manga.

Por eso, Zachary confió a Theo el proyecto más importante del año, una jugada maestra para afianzar su posición y, finalmente, nombrarlo presidente de Star. Nada podía salir mal. Theo debía asegurar cada centavo y cada patrocinio desde el primer día.

Fue así como Zachary, su esposa Hilary y Theo Jules se encontraron en Normville, un pueblo recóndito en el sur de Estados Unidos, un lugar cuya existencia ignoraban por completo hasta ese momento.

*

Normville parecía anclado en los años ochenta. Sus carreteras, salpicadas de tramos de tierra sin asfaltar, se interrumpían abruptamente en el paisaje. Las tiendas exhibían fachadas descoloridas, como sacadas de una película antigua, y hasta sus habitantes vestían con la misma nostalgia de antaño.

—¿Por qué este pueblo no ha avanzado con los años? —se preguntó Theo, con una mezcla de fastidio y una extraña curiosidad, mientras miraba por la ventana polarizada del auto.

Estaban a punto de llegar a la ceremonia de anuncio del nuevo Centro Comercial Star, el epicentro de su prueba. Sus padres se habían convertido en un constante recordatorio de la presión que sentía desde que le asignaron el proyecto; lo último que quería era más trabajo.

Sin embargo, el recuerdo de la apuesta que hizo con Ryder a principios de año le insufló la fuerza necesaria para soportar la carga. Nadie lo había superado en la vida, ni en lo más mínimo, y esta ocasión no sería la excepción. Toda la familia Jules sabía que, si Theo completaba el proyecto, se convertiría en el CEO de Star. Él lo sabía y estaba seguro de lograrlo.

Antes de su llegada a Normville, la vida de Theo en Los Ángeles era un caos. La traición de su exprometida con su asistente, sumada a la supuesta prueba de embarazo que ella le entregó hacía solo tres días, lo tenían al borde del colapso.

Aunque dudaba que ese hijo fuera suyo, una sombra de incertidumbre persistía, tejiendo más nudos en su ya complicada mente. Su cabeza era un revoltijo de emociones. Cuando la empresa le ofreció el proyecto en cambio de despedirlo y sacarlo de todo, no dudó en aceptarlo. Quería escapar. Ansiaba un respiro de la ciudad. Lo que no sabía era si un lugar como Normville sería realmente ese alivio.

Theo Jules era uno de esos hombres adinerados que, sin ostentar su riqueza, irradiaban la sofisticación de una cuna de oro. A pesar de los problemas de dinero que se rumoreaban en su círculo, su vida personal era un desfile de mujeres superficiales, cuyos sostenes de diferentes tamaños, símbolos de una existencia vacía, a menudo terminaban abandonados bajo su cama.

—¿Estás listo para esto, hijo? —le preguntó su madre desde el asiento delantero del auto. La multitud de personas del pueblo, revuelta y expectante, los esperaba impaciente.

Él la miró, la pregunta le pareció innecesaria. Sabía que esto era importante, no un juego.

—Claro que sí, madre. Fui criado para esto. Puedo hacerlo —respondió con determinación, acomodándose el cabello y endureciendo el semblante. Era la hora de interpretar el papel más crucial de su vida.

El castaño observó al alcalde del pueblo, un hombre cuya voz y manera de expresarse ante su gente le resultaban repulsivas. Se suponía que un político de un pueblo escondido debería ser más gentil y cercano a sus ciudadanos; sin embargo, este era déspota y carecía de cualquier atisbo de amabilidad.

Miró a los ciudadanos: había de todas las edades, conversaban entre sí, cotilleaban y otros simplemente los observaban con una curiosidad expectante ante el inminente anuncio. Pero algunos los miraban con renuencia, con una desconfianza palpable. Entre ellos, una pequeña rubia de ojos azules y rizos dorados lo miraba con cara de pocos amigos. Sin embargo, no lo miraba a él, sino al alcalde, como si quisiera fusilarlo con la mirada.

Theo no pudo apartar la vista de ella. Le causaba una curiosidad inmensa; nunca había visto a alguien tan angelical y endemoniada al mismo tiempo. «Rizos de oro», pensó para sí. No podía dejar de comparar a aquella rubia de cabello dorado y ondulado con Julia Roberts en la película La boda de mi mejor amigo de 1997.

«Se ve tan natural», no dejaba de mirarla.

—La empresa que hará posible que Normville se encamine a la modernización es la Empresa Star, cuyo dueño está aquí con nosotros junto a su familia —comenzó a decir el alcalde, con una sonrisa triunfal. Pero no terminó su frase. De repente, decenas de fuegos artificiales estallaron violentamente a su alrededor, con una explosión prematura e inesperada.

La madre de Theo gritó asustada, aferrándose a su esposo y tratando de alcanzar la camioneta. Theo no supo qué hacer, pero al ver que el escenario comenzaba a incendiarse, bajó de inmediato para proteger su seguridad también. Tropezó con los pueblerinos, quienes también luchaban por huir en medio del caos. Definitivamente, Normville era un pueblo en decadencia.




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