Los tiempos de Normville habían cambiado drásticamente, aunque no para bien. El pueblo sureño había caído en la ruina cuando los republicanos triunfaron en 1980, afianzando con ello el poder del querido alcalde, una figura que, irónicamente, cimentó la miseria local.
Desde aquel momento, Normville comenzó a desmoronarse aún más. Mientras el mundo avanzaba a pasos agigantados, ellos permanecían estancados en la pobreza y la vida de los ochenta. Claro, hubo ciertos avances tecnológicos, pero al pueblo le faltaba un abismo para ser considerado verdaderamente moderno. Los ciudadanos, sin embargo, aferraban su última esperanza a que el recién anunciado centro comercial fuese el catalizador de un nuevo comienzo.
La mañana siguiente al fallido evento de inauguración, los murmullos recorrían cada esquina. Todos comentaban lo sucedido el día anterior en la ceremonia. El plan había salido mal, y Savannah se sentía abrumadoramente frustrada por ello. «Nada me sale bien en la vida», pensó, mientras se quitaba los restos de estiércol que aún la cubrían. No podía creer que el tipo del traje la hubiera atrapado en su intento de sabotaje. «¿Ahora qué? ¿Me acusará?», las preguntas se arremolinaban en su cabeza, haciendo que la vida se le antojara una sucesión de fracasos.
La primavera se acercaba, el frío estaba disminuyendo, de vez en cuando, el calor comenzaba a apretar en el pueblo sureño. Savannah decidió ir a trabajar en unos pantaloncillos de mezclilla y una camiseta de mangas cortas, llevando un sombrero vaquero que la hacía lucir decididamente del sur.
—¡Vannah! ¿Hace mucho calor hoy? —le preguntó Samuel, el chico del bar.
Ella asintió, alzando su sombrero en un saludo casual. A veces, el moreno le tiraba la onda; desde hacía tiempo intentaba acercarse a la rubia, pero la regla número uno de Savannah Peterson era no enredarse con los hombres del pueblo, y menos si estaban casados.
«Mucho rollo», solía decir cada vez que su mejor amiga le preguntaba por qué no intentaba salir con alguien. No es que nunca le hubiera gustado ninguno, sino que los encontraba tan capullos que no aguantaría ni un minuto más de charla con ellos. Estaba cansada de sentir que no encajaba en ese lugar, y mucho menos con su gente.
—Déjame decirte algo, Vannah —le dijo Isis, su mejor amiga, mientras acomodaba una caja de medicinas para la hipertensión—. Lo de ayer fue una pasada.
La rubia miró a todas partes. Aunque Isis no sabía que ella era el artífice del caos, sus ojos delataban una sospecha creciente.
—No es buena idea hablar de eso aquí, Isis.
—Dime que no tienes nada que ver con lo que pasó —insistió su mejor amiga con suspicacia.
Ella negó con la cabeza.
Ambas se sobresaltaron cuando una voz masculina y grave irrumpió a su lado. Un hombre de mediana edad, impecablemente trajeado, las miraba. No era del pueblo y su acento no era del sur.
—¿Le ayudamos en algo, señor? —Savannah se apresuró a atender al desconocido, buscando cambiar el tema de conversación y evitar que alguien más hablara de lo sucedido.
—Vengo por aspirinas.
—¿Tiene alguna receta?
Él negó.
—No se preocupe. —Fue lo único que la chica de ojos azules dijo, su voz sonaba un poco tensa. Buscó el pedido, le cobró y, antes de despedirse, preguntó—: ¿Viene con los empresarios?
El hombre tomó su compra y afirmó con un sonido gutural—: Soy el chofer de los Jules.
—¿Jules? —se preguntó Savannah en silencio.
—Seré el chofer encargado mientras el señor Theo está aquí.
Savannah no dejó de mirarlo con curiosidad. «¿Quién es Theo?», se preguntó si sería el tipo trajeado de ayer. Pero no dijo nada más; no quería parecer una cotilla ni hacer preguntas de más. No quería ser descubierta ni toparse de nuevo con el tal Jules.
El día transcurrió rápidamente, entre hacer inventario y escuchar los chismes de Isis. A pesar de ser la hija del pastor, a Isis le encantaba el cotilleo y los pormenores del pueblo.
Por otro lado, Theo Jules no se encontraba nada bien. Estaba harto de seguir oliendo a excremento y maldecía cada segundo desde que había pisado Normville. Su madre no entendía por qué olía tan mal, aunque él le había contado que una "loca" se había tropezado con él y lo había embarrado. «¿Quién en su sano juicio llevaba consigo algo así?», se preguntó la mujer.
—Estamos en el sur, hijo, aquí todo puede pasar —le había respondido su madre, dejándolo refunfuñando y deseando que el trabajo terminara pronto. Ninguno de la familia entendía lo sucedido, ni la policía había logrado encontrar a un culpable. Pero Theo estaba seguro de que esa Ricitos de oro tenía algo que ver. No tenía pruebas, pero el presentimiento era fuerte.
—No puedo con este pueblo —se quejó Theo mientras hablaba por teléfono con su hermano Ryder. Aunque compartían el mismo objetivo de ser el CEO de Star, se llevaban bien y la apuesta seguía en pie.
—¿Te rindes entonces? —se burló el castaño al otro lado de la línea—. Puedo tener listas mis cosas para mañana mismo. Puedo decirle a papá que estoy dispuesto a hacer el trabajo que no pudo hacer mi querido hermano.
Theo tensó la mandíbula. No podía permitirse ser derrotado por ese pueblo. Estaba dispuesto a continuar, aunque tuviera que soportar rubias con estiércol e intentos de sabotaje.
Zachary Jules estaba al tanto de los informes del alcalde Racer: los detalles de la investigación y los daños ocurridos. Afortunadamente, nadie resultó herido, pero desde el incidente, Zachary había solicitado seguridad extra para su familia. Los Jules se estaban quedando en una casa rentada a las afueras del pueblo, lejos del bullicio y los pueblerinos. No estaban acostumbrados a una vida tan precaria y decadente; estaban acostumbrados al lujo, a despilfarrar su dinero y a vivir bien. Seguían sin entender por qué el pueblo estaba así, pero tampoco tenían intención de encariñarse con el lugar. Habían venido a hacer su trabajo, y eso era todo.