Matices del corazón

Capítulo cuatro

El penetrante aroma a lejía y desinfectante asaltó las fosas nasales de Savannah, arrancándola bruscamente del desmayo. Sus ojos buscaron a su alrededor, intentando discernir quién la acompañaba. La sorpresa la invadió al descubrir que, en la silla frente a su camilla, se encontraba el hombre de metro noventa y piel tostada que había vislumbrado antes de perder la consciencia. No entendía por qué, en medio del caos, le había pedido ayuda precisamente a él, pero en aquel instante, su única certeza era la desesperada necesidad de escapar de su situación.

Su visita a la iglesia había sido un error catastrófico. La acalorada discusión con los padres de Isis, quienes defendían ciegamente al alcalde, la sacó de quicio. Estaba harta de su lealtad inquebrantable; para Savannah, el alcalde era una escoria que mantenía al pueblo entero bajo su maldición y a sus pies. La cansaban las pleitesías, la hipocresía y el engaño. Todos estaban hartos de tener al mismo gobernante durante años, pero nadie movía un dedo para cambiarlo.

—Nuestro alcalde ha sido bondadoso con nosotros —había comentado el padre de Isis cuando Savannah les preguntó qué había hecho por ellos, a sabiendas de que la iglesia estaba a punto de caerse a pedazos en cualquier momento.

—¿Pero no ven que la fachada está casi desplomándose y que se va a hacer añicos en cualquier momento? ¡Él no ha dado ni un dólar para restaurarla! —replicó Savannah, su voz cargada de frustración.

Isis miró a su amiga con preocupación, haciéndole señas desesperadas para que se callara y se fuera. Pero Savannah estaba nublada por la rabia, nada la detendría.

—¡Hija de Satanás! ¡Deja de decir blasfemias! Dios siempre cuidará de nosotros y de nuestro templo. Nada pasará si estamos orando a diario por el bien de todos.

—Dios no nos escucha, pastor —respondió Savannah, con una amargura en la voz que hizo encoger a Isis—. Si nos escuchara, tendríamos un lugar mejor para vivir.

Isis ya estaba al borde, cubriéndose la cara con las manos, anticipando lo que inevitablemente sucedería.

—¡Pecadora! ¡Vete! ¡No te vuelvas a juntar con mi hija! —El pastor comenzó a echarla del lugar, dejándole claro que no la escucharía y que solo Dios podría perdonarla por sus palabras. Savannah no intentó hacerle cambiar de parecer; sabía desde siempre que ellos la odiaban y no la toleraban. Era la oveja negra del pueblo.

En ese momento, todo se volvió turbio. Una patrulla de policía pasaba por el lugar, y la voz del comisario del pueblo, amplificada por el altavoz de su vieja camioneta, la llamó—: Señorita Peterson, necesitamos hablar con usted.

Savannah los miró aterrorizada. Sintió que la habían descubierto y que la arrestarían por alteración del orden público. En su mente, miles de imágenes se agolparon: ella esposada, encerrada en la comisaría. Nadie la sacaría de allí, no tenía dinero para pagar fianzas, y si eso pasaba, estaba segura de que moriría en la cárcel.

No tuvo la mejor idea del mundo. Lo que hizo, de hecho, empeoró la situación. Echó a correr en dirección contraria a la carretera, adentrándose por los callejones. El sonido de la patrulla la ponía más nerviosa, y los pueblerinos salían de sus locales, observando el inusual espectáculo.

A lo lejos, divisó una camioneta grande, flamante, cuyas ventanas polarizadas impedían ver al conductor. No tuvo más opción que lanzarse sobre ella, arrepintiéndose de inmediato al sentir un golpe seco en sus costillas y brazo. Todo se volvió borroso, estaba a punto de desmayarse cuando vio a la persona menos indicada para aquel momento, pero que, paradójicamente, podría ser su salvación. Era ese hombre. El de traje. El que sabía todo y nada de su vida.

Ahora, en el centro de salud de Normville, ese mismo hombre seguía a su lado. Se movió en su asiento, guardando su teléfono, y se dio cuenta de que ella había despertado.

—Allí tenemos a la loca del pueblo —exclamó Theo, con una cara de pocos amigos—. ¿Tienes algún problema psiquiátrico o algo?

—¿Por qué sigues aquí? —contestó Savannah, ignorando su comentario.

—Guau, ni siquiera agradeces o das una explicación después de que te ayudé.

—Yo no te he pedido... —Savannah no terminó la frase. Un vago recuerdo llegó a su mente: el momento en que le pidió ayuda antes de desmayarse. Cerró los ojos y masculló un "Joder" con resentimiento.

Theo la miró, sin entender. Definitivamente, esa mujer había perdido la cabeza y no parecía encontrarla. Sintió que le sacaría canas azules si seguía topándose con ella. Había esperado al menos dos horas a que despertara, a que la curaran y le pusieran una férula en su brazo lastimado. Aunque no fue su culpa, sentía que su deber era ayudarla después de que ella se lo pidiera. No podía dejar de ser un alma caritativa después de todo, aunque no le gustara ir a misa con sus padres ni a los eventos de caridad mensuales de la empresa. Él ayudaba, pero en anonimato, no le gustaba la exposición.

La mujer de rizos de oro lo veía con las mejillas sonrojadas, no sabía si era por el golpe que se había dado al caer o por el hecho de que sabía que estaba en problemas. La enfermera del lugar le había preguntado varias veces si ella había despertado porque la policía quería hablar con ella. Theo no sabía quién era, pero sentía que llevaba un letrero muy grande en la cabeza que decía: "MUJER PROBLEMÁTICA Y LOCA. ALEJARSE".

—¿Por qué me pediste ayuda? —preguntó Theo, escudriñándola con los brazos cruzados, esperando una respuesta convincente.

Ella se quedó en silencio, sin responder. Menos aún lo hizo cuando él le preguntó por qué el comisario estaba afuera de la medicatura esperando para hablar con ella. Sus ojos se enrojecieron por un momento, lo que tomó desprevenido a Theo. La miró, sin entender lo que sucedía.

—¿Está aquí? —su voz era un susurro apenas audible.

—La enfermera ha venido varias veces a preguntar si ya habías despertado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.