Matices del corazón

Capítulo cinco

Nada en el mundo parecía poder hacer que Theo Jules cediera y llevara a Savannah a su casa esa noche. Ni siquiera la oferta de una mansión para él solo habría torcido su brazo. Era un hombre de principios férreos, o al menos eso creía.

—No se preocupe, comisario. Yo... buscaré algún sitio —dijo Savannah, intentando moverse de la camilla con un dolor que le atravesaba el cuerpo. Se levantó con dificultad, sus ojos buscando sus pertenencias. Solo vio su teléfono a un lado, la pantalla destrozada como un espejo de su mala fortuna. «¡Lo que faltaba!», pensó, una mueca de dolor y frustración desfigurando su rostro.

Hizo lo que pudo, agradeció a todos con una voz apenas audible y salió cojeando de la comisaría, con el orgullo en alto. No permitiría que sintieran más lástima por ella. Estaba harta de que la gente la mirara de esa forma. Ella podía sola, siempre había podido.

Theo no dijo nada. La vio marchar, un fantasma de cabello rubio y dolor. Ni siquiera lo miró a los ojos ni le agradeció por lo que había hecho. Una frustración creciente lo invadió. Sin embargo, mientras manejaba de vuelta al centro del pueblo, una idea persistente lo taladraba: esa mujer estaba herida y sin un lugar donde dormir.

«Era tan desquiciada», pensó, temía que volviera a hacerse daño. Aún así, su propio orgullo también le impedía retroceder. Habían pasado horas, y él no había cenado. Se estacionó frente a la cafetería que le habían recomendado y pidió algo de comer. Pero una espinita seguía clavada en su interior. No podía probar bocado, pensando en que la rubia de rizos de oro tampoco había cenado. Más frustración. Más enojo. Más confusión.

Theo no pudo más con la preocupación. Se enfadaba consigo mismo por preocuparse. No podía con las almas necesitadas, y aunque sabía que esa mujer tenía garras para defenderse, también sabía que preferiría dormir en cualquier sitio antes que pedir ayuda.

El castaño manejó durante quince minutos, dando vueltas por el pueblo sin saber a dónde ir, hasta que finalmente la vio. Cojeaba cerca de la carretera, su figura solitaria bajo la tenue luz de las farolas. «¿A dónde va?», se preguntó al verla con su vendaje, arrastrando el pie.

Bajó la velocidad y la siguió de cerca. Savannah iba tan ensimismada en sus pensamientos, con el maquillaje corrido y sus rizos alborotados, consciente de ser un completo desastre, que no se dio cuenta de que un auto la acompañaba hasta que Theo tocó la bocina.

La rubia se estremeció, asustándose por completo. Miró rápidamente a su lado y se sorprendió al ver al tipo del traje. Theo detuvo el auto, pero no apagó el motor.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó Savannah, mirándolo confundida y un poco sorprendida.

—¿Dónde pasarás la noche?

Savannah bufó y se encogió de hombros.

—En alguna calle, no tardará en amanecer.

—Súbete —dictó Theo, abriéndole el seguro de la puerta.

Savannah desconfió. Dudó muchísimo antes de subir a la camioneta.

—¿Adónde irás? —preguntó en un hilo de voz, sintiéndose tan desesperada y confundida.

—Sube. Hace un poco de frío y es tarde, estoy cansado también.

A regañadientes, Savannah lo hizo. No sabía a dónde la llevaba ni confiaba en él, pero era la única persona en todo el lugar que se detuvo por ella. Cualquier otro auto que pasaba a su lado solo tocaba la bocina, pero ninguno le ofrecía ayuda.

Al cerrar la puerta, Theo comenzó a manejar de nuevo, dando la vuelta en U y dirigiéndose hacia la salida del pueblo, donde se encontraba la casa alquilada de los Jules, en las tierras altas de Normville.

Ninguno de los dos pronunció palabra. Theo encendió la radio y sintonizó una emisora; una canción country armonizó el auto. Sam Hunt cantaba con su voz rasgada «Take your time». Savannah amaba esa canción. Le traía buenos recuerdos de la secundaria, los pocos momentos buenos que tenía de su adolescencia. Las manos de la sureña se tocaron, acariciándose una a la otra, luchando por no tararear la canción. Pero perdió la batalla y cantó un pedacito.

Theo se sorprendió. Su voz sonaba tan dulce que algo en su interior se removió. Tragó saliva en seco y sus manos comenzaron a sudar. Carraspeó para recomponerse y se detuvo frente a la casa campestre que les habían asignado.

Su acompañante se sorprendió. Era la casa más bonita que había visto en el pueblo, ni siquiera parecía de allí.

—¿Cuándo construyeron esto? —se preguntó boquiabierta—. ¿Es tuya? —se le escapó de los labios.

Theo negó.

—Es alquilada, nos la asignó el alcalde mientras trabajamos en el pueblo. La de mis padres es aquella. —Señaló otra casa más grande a unos metros de allí, rodeada de césped, flores y adornos de jardín. Savannah nunca había estado cerca de ese lugar. Se preguntó de quiénes eran esas casas y por qué nadie vivía en ellas actualmente.

—La casa es grande... —dijo Theo, sacando las llaves y abriéndola. Por dentro, era aún más hermosa de lo que imaginaba.

Dos cuadros gigantes adornaban la sala, amueblada con un sofá de cuero oscuro y una chimenea en el centro de la habitación. La joven no dejó de mirar a todos lados. La casa era impresionante.

—Hay tres habitaciones, la principal y dos de huéspedes. Por hoy... puedes quedarte aquí —le indicó la habitación a Savannah, una pequeña estancia de dos metros cuadrados con una cama individual, un escritorio y una cómoda silla giratoria.

—Parece una oficina —pensó Savannah. Pero era un lugar cálido, cómodo y seguro para dormir esa noche. Aún se sentía confundida, llena de miedo y cansancio. Tal vez no era una mala idea pasar la noche allí. El hombre a su lado no parecía peligroso, un poco arrogante, pero no peligroso.

—¿Por qué haces esto? —inquirió la rubia, dándose la vuelta para verlo salir de la habitación.

Él se detuvo, su suspiro llenando el silencio.

—Fui quien te arrolló, no podía dejarte a la deriva —respondió sin titubear—. Soy una persona responsable.




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