Los deseos de Savannah eran desaparecer de la faz de la tierra, que si era posible, desapareciera para siempre; pero los designios del Grandísimo no eran esos. Por lo que tenía que enfrentarse al momento y al señor Jules, quien la miraba con curiosidad y ceño fruncido.
Theo no sabía que hacer, lo miraba perplejo también. Aunque no era la primera vez que lo encontraba con una mujer en su casa, este caso era distinto, entre la chica de rizos de oro y él no había pasado absolutamente nada.
—Buenos días, hijo —saludó Zackary, acomodando su corbata al salir del auto y caminar hasta la entrada de la casa sureña.
—Hola, papá, buen día. —Theo saludó también sin tanta importancia, rodeando el auto—. Lamento dejarte tan rápido, pero debo llegar antes de ti.
Zachary lo miró con la cara de pocos amigos, un claro indicio de que su hijo estaba en problemas y que pronto tendrían una conversación seria sobre aquel peculiar encuentro matutino.
Vannah permaneció muda y cabizbaja, deseando ser invisible. Sabía que debía saludar, pero la vergüenza la atenazaba tanto que lo mejor era no decir nada.
Theo subió a su camioneta sin presentar a la mujer a su lado, ni siquiera un atisbo de explicación. Se despidió de su padre y, con el motor ya encendido, giró en U y se dirigió directamente al pueblo. Una vez que estuvieron lo suficientemente lejos de la casa, Theo exhaló el aire que, sin saberlo, había estado conteniendo.
—Si no dices algo, asumiré que te llevaron los muertos y eres un alma en pena —bromeó Jules, intentando sacar a Savannah de su ensimismamiento.
—Me siento muy apenada —respondió ella, aún cabizbaja.
—Hey, mírame —dictó él, su voz era firme pero gentil. Ella no reaccionó—. Mírame, Savannah.
Finalmente, la rubia alzó la mirada hacia él. Un rayo de sol que entraba por la ventana la iluminó como si un ángel fuera a dar su bendición al mundo. Su cabello rizado y rubio ondeaba suavemente con el viento que entraba por la ventanilla, brillando con una intensidad deslumbrante. Sus ojos azules, profundos y expresivos, hicieron que Theo dejara de respirar por un momento.
Le recordaba a los diferentes matices de amarillo y naranja que podía pintar en un lienzo en blanco. Desde los tonos más fuertes hasta los más tenues. No podía dejar de mirarla ni decir una palabra; estaba completamente mudo.
Por otra parte, Savannah se había quedado mirándole, absorta en la belleza del hombre frente a ella. En Normville nunca había llegado alguien como él; ningún turista perdido había sido tan apuesto como Theo Jules. Sabía que no estaba bien mirarle tanto, ni por más de dos segundos, por lo que tosió como si se hubiese atragantado y cortó el momento. Ya estaban por llegar al pueblo y ella debía bajarse de la camioneta lo más pronto posible.
—Señor Jules... quiero disculparme por lo sucedido... Yo... —tartamudeó. Nunca se había sentido así. Ella no era de las que se dejaban dominar, solía decir las cosas como las pensaba, pero con él... sentía una vergüenza abrumadora.
—Entiendo que tengas problemas, no sé cuáles, pero no expongas tu vida al peligro —respondió él de forma directa, mirándola nuevamente antes de dirigir su atención a la carretera. Estacionó el auto en la entrada, antes de llegar al centro del pueblo. Ninguno de los dos quería que la gente los viera juntos.
Antes de que la rubia se bajara del auto, dijo—: Gracias... por todo, señor Jules.
Esbozó una pequeña sonrisa ladeada y genuina hacia Theo, quien la miró por un segundo, intentando no devolverle la sonrisa. Se despidió de ella y siguió su camino hacia el terreno donde se construiría el centro comercial. Aún aturdido por la belleza de esa mujer y por la preocupación que ahora sentía por ella.
*
Savannah estaba enredada en miles de problemas al mismo tiempo: su casa apestaba a gas, la dueña del edificio aún no había encontrado una solución desde su llegada, Isis no contestaba su teléfono y en el trabajo ya tenía una amonestación por no llegar temprano. Para colmo, le habían entregado un sobre de la alcaldía que no se había atrevido a abrir, temerosa de las represalias.
Los transeúntes la veían con pena mientras ella estaba sentada en la acera, la cabeza baja, las manos sobre ella, hecha un lío. Estaba cansada de su vida, de los problemas, de sentirse insuficiente y sin un camino para mejorar. Quizás era tiempo de irse con su madre, así finalmente ya no tendría problemas que resolver, deudas que pagar ni una vida que sobrevivir. Se sentía devastada, completamente agotada de intentarlo, de que la gente la viera con lástima, de que todos hablaran de ella. Por muchos años intentó hacerles ver que podía con todo, pero ahora ni siquiera podía consigo misma.
Su teléfono sonó en el bolsillo de su pantalón. Suspiró con desgano y contestó, sin mirar quién llamaba por lo rota que estaba la pantalla. La voz de Isis sonó como un alivio, pero no cuando le dijo que dejara de llamarla.
—Mis papás están muy molestos contigo, Vannah. Me prohibieron juntarme contigo, ni siquiera hablarte. Sabes cómo son... No puedo...
Savannah intentó con todas sus fuerzas sonar serena y contener las ganas de llorar.
—Está bien, Isis... Yo... lo siento por lo que hice ayer. No debí discutir con tus padres y hacerte sentir mal. —Su voz se quebró—. Soy un desastre y no quiero que tu vida también lo sea. No te preocupes... No te molestaré más.
—Amiga... —Isis también sonó nostálgica al otro lado de la línea. Estaba en una disputa interna entre defender a su amiga o no temer más a sus padres. Pero aún vivía con ellos; no podía desafiarlos ni llevarles la contraria.
La rubia finalizó la llamada. No quería hablar más con ella. Estaba completamente sola y sin hogar.
—Vuelve cuando todo esté arreglado, muchacha —le dijo la casera detrás de ella. Savannah la miró y asintió—. Te diera un lugar donde mi hermana, pero estamos llenos.