Matices del corazón

Capítulo siete

El reloj marcaba las dos de la tarde en Normville, y el pueblo se bañaba en una quietud casi sagrada. El sol resplandecía con una intensidad amable, los pájaros revoloteaban en el cielo azul profundo y el verde exuberante de las montañas brillaba sin cesar. Un dulce aroma a pasto fresco envolvía el aire, una fragancia de pura tranquilidad. Las calles, desiertas de transeúntes a pie, a caballo o en auto, parecían sacadas de una película sureña donde la paz reinaba soberana.

Y allí, en el suelo de esa pradera idílica, yacían dos personas que, hacía apenas dos días, eran completos extraños. Dos almas que el destino había unido en un desastre, sin que ellos supieran aún que de esa colisión podría nacer algo hermoso. Había mucho por desentrañar antes de que lo sublime pudiera emerger de esa conexión que, inexplicablemente, surgía cada vez que sus miradas se cruzaban.

Savannah no pudo soportar más el peso de la tristeza y la vergüenza. Se levantó del cuerpo de Theo como si sus propias ropas estuvieran en llamas, cubriéndose el rostro con las manos mientras sollozaba.

—No puedo creer que me esté viendo de esta manera —murmuró entre lágrimas—. ¿Por qué siempre tienes que salvarme? ¡No quiero ser salvada!

Theo la observó, su rostro contraído por la preocupación.

—No pasa nada, Savannah. Podemos ir a otro sitio para hablar, para que estés más tranquila—. Miró a su alrededor—. Este lugar está desolado, no es bueno estar aquí.

—Es temprano, no le tengas miedo al pueblo... —respondió ella con voz ahogada—. Aquí no pasa nada. Está tan maldito que nada ocurre, siempre... es igual.

La forma en que Savannah se encorvaba, la resignación en sus palabras, reveló a Theo una profunda infelicidad. Comprendió que ella no se sentía a gusto allí, que nada le salía como deseaba y que, a pesar de su aparente fortaleza, cargaba con un sinfín de problemas sin resolver. No sabía cómo ayudarla. Intentó acercarse, pero ella retrocedió al instante.

—No quiero tu lástima —volvió a hablar la rubia, con una voz cortante—. Ya tengo suficiente con la de la gente del pueblo.

Volvió a darse la vuelta y miró hacia el río, dirigiéndose de nuevo hacia la barandilla. Pero Theo no se lo permitió. En un movimiento rápido e inesperado, la agarró por las piernas y se la cargó al hombro, haciendo que la chica gritara de sorpresa y se quejara mientras él la llevaba hacia su camioneta. La sentó en el asiento del copiloto, le abrochó el cinturón de seguridad y corrio a recoger la maleta que había quedado cerca de la barandilla.

—¡No permitiré que hagas una locura! —exclamó Theo al subir a la camioneta y encender el motor—. Puedes quejarte todo lo que quieras, pero no te lanzarás al río.

—¿Quién crees que eres? ¡No eres mi padre! ¡Déjame salir! —gritó quejándose, intentando abrir la puerta. El seguro de niños que Theo había activado se lo impidió. Él intentó conducir, pero los desesperados movimientos de Savannah, que intentaba agarrar el volante, lo obligaron a detener el auto. La miró fijamente, tomó sus manos y las colocó en su regazo, deteniendo sus movimientos.

Cuando sus manos se tocaron, Savannah lo miró sin entender.

—¡Escúchame! —Él con un tono exasperado hizo llamar su atención—. He tenido un día de mierda, la cabeza me va a explotar, y ahora te tengo a ti en esta situación que no puedo controlar.

Savannah lo miró atónita, sus ojos fijos en los de él.

—Por favor, intento ayudarte. Por lo que más quieras, déjame hacerlo. —Las manos cálidas de Theo le dieron un pequeño apretón y una suave caricia a la mano de Savannah, algo que la descolocó por completo y la hizo bajar la mirada. Ella nunca había permitido que alguien le dijera qué hacer; siempre había luchado por ser independiente, por salir absuelta de todo, por valerse por sí misma. Este momento la descompuso totalmente.

—Nunca he dejado que alguien me hablara de esa manera... —comenzó a decir la sureña—. Ni siquiera te conozco... Y quieres ayudarme. Has hecho más de lo que cualquier ciudadano de este pueblo ha hecho por mí. —Trago saliva, luchando por no llorar—. Porque ni siquiera mi mejor amiga me da una mano sin pedirle permiso a sus devotos padres. —Su voz se quebró una vez más—. Nada sale bien para mí.

Jules apretó la mandíbula, sintiendo una mezcla de tristeza y enojo. ¿Cómo era posible que ella estuviera pasando por tantas calamidades? ¿Dónde estaban sus padres? ¿Su familia?

—Si te preguntas... No tengo a nadie más, por eso no tengo adónde ir.

—¿Y tus padres?

Ella se quedó en silencio por unos segundos, observando las manos de Theo sobre las suyas. Él, al darse cuenta, las retiró, permitiendo que ella se limpiara las mejillas.

—Mi mamá murio hace un tiempo... —contó afligida, pero su rostro se endureció al mencionar lo siguiente—: Y mi padre nunca me quiso. No tengo hermanos ni más familiares, creo que ellos viven en otro estado. Nunca los he conocido.

Jules suspiró con pesar. Definitivamente, esa mujer llevaba la nube gris más grande de todas sobre su cabeza. Le dolía que, siendo tan joven, cargara con semejante cruz.

—Lo lamento mucho —murmuró él.

Se miraron por segundos, sin decir nada. De repente, la lluvia comenzó a caer a cántaros sobre la camioneta, sacándolos del trance en el que se encontraban.

—Es mejor que nos vayamos, parece que lloverá toda la tarde.

Savannah asintió, respirando con más tranquilidad, llena de vergüenza y pena, con el corazón arrugado como una pasa y la cabeza entumecida. Pensó que ese había sido el día más vergonzoso de su vida. No podía ser que el "tipo del traje", como lo llamaba, la hubiera vuelto a salvar.

—No tengo adónde ir, señor Jules.

—No me llames como mi padre, puedes decirme Theo —la miró por un momento—, así como lo hiciste hace un rato.

Las mejillas de Savannah se tiñeron de rosado, sus ojos brillaron aún más por las lágrimas contenidas y su cabello era una maraña de rizos desordenados.




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