En la cabeza de Theo rondaban miles de preguntas. Desde su llegada a Normville, apenas una semana atrás, su vida había sido un torbellino caótico. No dejaba de pensar en la mujer que habitaba al otro lado del pasillo, ni en cómo ella, la enigmática mujer de rizos de oro, le estaba haciendo más amena su inesperada estadía. A pesar del caos, una extraña calma lo envolvía cuando ella estaba cerca.
Su mente, sin embargo, se debatía entre el presente y los asuntos pendientes en Los Ángeles, no solo de trabajo, sino de su convulsiva vida personal. El nombre de Kiara resonaba como una pesadilla recurrente en su teléfono.
Su exnovia –"ex" porque hacía solo cuatro días la había confrontado y dado por terminada su relación de tres años–, seguía llamándolo. Había tantas cosas que decir, pero simplemente no sentía el deseo de hacerlo. Se sentía traicionado, dolido; había amado profundamente a la mujer con la que compartió tres años de su vida, y que todo terminara por una infidelidad era un golpe devastador.
«Había dado mi vida por ella si fuese necesario», pensaba Theo con amargura, «y aún así, me pagó con la moneda más fea de todas, la que por ninguna de sus caras valía algo».
Su teléfono volvió a sonar, pero esta vez no lo ignoró. Mientras intentaba cocinar algo para calmar su temperamento, contestó la llamada, derramando toda su frustración sobre la mujer que lo había traicionado.
—¿Para qué sigues llamando, Kiara? —vociferó, la voz cargada de una ira palpable—. ¿No te cansas de fingir?
—¡¿Por qué me hablas así?! —la voz estridente de Kiara, le erizó la piel a Theo—. Te llamo porque debemos hablar sobre el bebé.
—¿Pero de qué bebé hablas? ¡Probablemente ni siquiera sea mío!
—¡Claro que sí es tuyo!
La olla de agua caliente para la pasta, que Theo intentaba preparar en medio de su furia, comenzó a hervir con fuerza. Maldijo por lo bajo cuando, en un arrebato de enojo, golpeó la estufa y se salpicó con el líquido hirviendo.
—¡Maldita sea! —masculló, el dolor agudo recorriendo su mano.
Mientras bajaba las escaleras, Savannah había escuchado la conversación. Intentó no aparecer en escena, pero al ver a Theo quemarse, su instinto la impulsó a correr hacia él. Con rapidez, mojó una toalla de cocina en agua fría y se la colocó suavemente sobre la piel enrojecida de su mano. Lo miró con una preocupación genuina; él había hecho tanto por ella en tan poco tiempo, que un simple gesto de ayuda no podía estar mal.
Él la miró, sorprendido por su repentina aparición, pero conmovido por su acto. Estaba hecho una furia, pero cuando los dedos de Savannah tocaron su piel ardiente, comprobando que todo estuviera bien, su respiración comenzó a calmarse. Apretó la mandíbula y exhaló un largo suspiro.
La voz estridente de Kiara aún se escuchaba en la habitación, gritando para que él la escuchara, pero Theo había tenido suficiente.
—No tengo tiempo para tus estupideces, Kiara —dijo con frialdad, y colgó la llamada, el sonido del click resonando en el silencio repentino de la cocina.
Savannah no sabía en qué agujero esconderse, si taparse con una olla o ponerse la tapa delante de su cara para que el hombre frente a ella no supiera que seguía allí. Pero lo siguiente que Theo hizo la asombró aún más. Él tomó su mano, aún cubierta por la toalla fría, y la guio hasta la mesa del comedor. Se sentaron ambos y sus miradas se fijaron en la herida.
—Lamento el espectáculo, el haber estado gritando —expresó, disculpándose. Su voz era tan serena y pasiva que asustó un poco a Savannah, quien nunca lo había escuchado hablar así. Era una voz teñida de enojo, pero también de una profunda tristeza.
—No te preocupes —respondió ella—. Discúlpame a mí por la intromisión.
Él negó con la cabeza, una leve mueca en sus labios.
—Gracias por ayudarme. —Señaló su herida—. Debo terminar de cocinar para ver si puedo volver a la obra. Mi padre debe estar molesto por mi ausencia.
Ahora fue la rubia quien meneó la cabeza negando.
—Yo puedo cocinarte algo rico y rápido, pero primero necesitamos curar esa quemadura. ¿Tienes algún botiquín de primeros auxilios?
—No lo sé —contestó él con sinceridad—. No he revisado toda la casa, pero en el baño debe haber uno.
—Iré a buscarlo, mantente sentado aquí. —Savannah dictó su orden, y Theo, sorprendentemente, la acató.
La vio ir hacia la estufa y apagar la hornilla antes de caminar hacia el baño del pasillo de abajo. No tardó en regresar con un botiquín. Dentro, encontró gasas, apósitos, cremas y soluciones antisépticas. Sacó lo necesario y, con manos ágiles, comenzó a limpiar y curar la quemadura de Theo, quien la miraba anonadado por su destreza.
—Mi madre se lastimaba mucho cuando estaba enferma... —comenzó a explicar Savannah, sin levantar la vista de su tarea—. Siempre tenía que curar sus raspones o heridas más graves. Se sentía muy débil y se tropezaba con cualquier mueble o cosa punzante.
—Tu madre fue afortunada de tenerte —comentó él con tono suave—. Tuvo una hija espectacular.
Las palabras de Theo golpearon a Vannah con una oleada de nostalgia, sus ojos se humedecieron y el recuerdo de su madre la invadió con fuerza.
—Murio muy joven —susurró, esforzándose por contener las lágrimas.
—De nuevo lo lamento, no era mi intención hacerte sentir mal —se disculpó Jules, arrepentido.
Ella negó con la cabeza, esbozando una mueca.
—Listo, ya tienes la crema. Eso te ayudará a que no se te inflame y no te quede marca.
—Gracias, Savannah —agradeció él, mirándola fijamente y ofreciéndole una pequeña sonrisa.
Ambos estaban muy cerca, sus piernas rozándose por la proximidad de sus sillas. Ninguno pronunció palabra; era la segunda o tercera vez ese día que se quedaban mirando fijamente. Una sensación inexplicable envolvía a cada uno en ese momento.
Theo se dio cuenta del momento, apartó su mirada hacia la cocina. Se sentía famélico, y el dolor de cabeza no cesaba, a pesar de haber tomado un analgésico antes de bajar a cocinar.