El sol apenas se asomaba sobre el horizonte, pero el pueblo de Normville ya bullía con un caos inusual. Noticieros locales a través de los altavoces de la plaza central, anunciaban que un ganado se había escapado de una granja vecina y sus dueños, enloquecidos, recorrían las calles en busca de sus reses. En medio de la algarabía, Savannah comenzaba su día como asistente del señor Theodore Jules, el enigmático empresario y jefe del Proyecto Star, el mismo hombre que, paradójicamente, le había "salvado la vida" el día anterior.
Cuando Savannah bajó de la camioneta junto al castaño, las miradas no se hicieron esperar. Los susurros y las especulaciones ya se tejían por todo Normville como una telaraña invisible. Isis, la mejor amiga de Savannah, tuvo que salir de la tienda de bricolaje, su rostro en un mapa de incredulidad, para confirmar lo que sus ojos presenciaban. No entendía por qué su amiga estaba tan cerca del señor Jules, ni por qué todo parecía indicar que ahora trabajaba para él. La escena era la comidilla del pueblo. Todos estaban hablando de ellos.
Al llegar a la bulliciosa obra, Theo presentó a Savannah como su asistente, una figura clave a partir de ese momento. La instruyó para que cualquier eventualidad o problema que surgiera con los trabajadores le fuera informado a ella primero. Vannah, a pesar del torbellino de información y la novedad de la tarea, se esforzaba por asimilar cada explicación de su jefe. Era difícil comprenderlo todo de golpe, pero no desfallecía; se mantuvo a su lado, atenta a cada indicación.
Ella lo estaba intentando, sabía que podía hacerlo.
A la hora del almuerzo, el ritmo frenético de la construcción se detuvo. Los trabajadores se dispersaron en busca de un momento de descanso, y Theo y su nueva asistente se dirigieron a una de las carpas exclusivas para la familia Jules.
—¿Estás acoplándote al trabajo? —le preguntó, mientras comía con calma su almuerzo.
Ella asintió, masticando su comida con lentitud.
—Me cuesta un poco —respondió con sinceridad, encogiéndose de hombros—. Pero sé que podré aprender rápido.
—Sé que así será —le aseguró él, dedicándole una pequeña sonrisa que, por un instante, borró la seriedad de su rostro.
Theo sentía una imperiosa necesidad de pintarla. Desde el momento en que la vio, hubo algo en ella que encendió una chispa de inspiración que creyó perdida. Hacía meses que no tocaba un lienzo, absorto por el trabajo que lo consumía. Su afición más grande, pintar, dejarse llevar por los colores y desnudar su alma en el lienzo en blanco, había quedado relegada. Pero ahora, con Savannah frente a él, la musa había regresado.
Mientras comían, él la detallaba con una intensidad que ella no percibía: desde su nariz respingada hasta sus ojos azulados, pasando por los rizos indomables de su cabello y sus labios rellenos de un rosa maravilloso. Tuvo que volver en sí cuando la rubia lo miró, confundida por su silencio prolongado. Tragó saliva y tosió un momento, dándose cuenta de que se estaba excediendo, y eso le preocupó.
—Debo hacer una llamada a Los Ángeles —dijo, levantándose y recogiendo su envase de aluminio, la excusa perfecta para romper la tensión.
Savannah asintió y siguió comiendo, tratando de ignorar el hecho de que ese hombre la ponía nerviosa de vez en cuando, y que lo había sorprendido mirándola más de la cuenta. No podía dejar de lado lo que había escuchado esa mañana en la cocina, mientras él hablaba por teléfono: la palabra "bebé" la había alarmado. ¿Tenía pareja e hijo? La rubia no dejaba de hacerse esa pregunta, mientras recordaba la forma en que él había insistido en que "ese no era su hijo". Ese hombre de tez blanca, cabello oscuro, rostro casi cincelado por los dioses y ojos color café parecía ocultar mucho, y aunque ella se resistía a conocerle a fondo, la curiosidad la carcomía. Era un hombre enigmático y, a su pesar, innegablemente atractivo. Savannah lo tenía muy claro.
*
Los ojos del pueblo seguían fijos en Savannah. Ella los ignoraba, pero al finalizar la tarde, la jornada la había dejado exhausta.
Había sido un día complicado, entre ayudar a los capataces a buscar sus vacas alrededor de la obra —una tarea hilarante y caótica a la vez— y el esfuerzo por asimilar su nuevo y exigente trabajo.
Cuando estaban por terminar, a lo lejos, vislumbró la ferretería donde trabajaba. Desde la entrada, su mejor amiga, Isis, la miraba con una expresión indescifrable. La muchacha llevaba el delantal de trabajo, su cabello recogido en una coleta y el pañuelo rojo de siempre. Savannah quiso saludarla, pero ella le había dejado muy claro que no podían volver a tener contacto, una orden de sus padres. Así que la rubia volteó la mirada y se concentró en lo que Theo le decía a un lado. Allí, en la obra, no podía llamarlo por su nombre de pila, aunque él quisiera. Debían mantener la línea profesional. En casa, sí; pero allí, no.
—Señor Jules, los albañiles han terminado su trabajo. Ya tenemos el conteo del material para mañana y cada uno firmó su asistencia.
Theo asintió, mirándola con un atisbo de orgullo. Había aprendido rápido y demostraba no tener miedo al cambio ni a los nuevos retos. Parecía que podrían llevarse bien en ese mes de trabajo.
—Muy bien. Gracias, señorita Peterson.
Todos los trabajadores comenzaron a marcharse. Solo quedaron ellos dos. Ese día, el señor Zackary, había ido a supervisar la obra, pero en ese momento, Savannah estaba comprando un té frío para su jefe en la cafetería de Susan y Susy, por lo que Zachary no tuvo la oportunidad de conocerla oficialmente. Algo que Theo agradecía, pues el caos del día era suficiente para añadir más drama.
—Estoy cansada —comentó Savannah, acomodando los últimos papeles que debía llevarse a casa para estudiarlos y comprender mejor el proceso de la obra.
—Lo hiciste bien hoy —la felicitó Theo, con esa voz fuerte y serena que hacía temblar a más de una chica a su alrededor.