Matices del corazón

Capítulo diez

Savannah cerró la puerta de golpe, el sonido resonando en el silencio de la casa luego de que la música se detuviera. Corrio, casi tropezando, hasta el baño, el refugio más cercano que tenía. Su corazón latía desbocado, como un tambor frenético en su pecho. La respiración le llegaba entrecortada y sus mejillas ardían, un fuego que subía hasta la punta de sus orejas. Se sentía muy avergonzada. No sabía qué acababa de suceder, ni quién era ese hombre que la había sorprendido en la habitación. Pero, sin duda, lucía muy diferente al Theo recto, de traje y seriedad que veía a diario. Aquel, con el torso desnudo y cubierto de pintura, era una imagen que no encajaba con el empresario intocable.

Pasos se escucharon en el pasillo. La voz grave de Theo la llamó desde su habitación, pero ella no contestó. ¿Cómo podría mirarlo a la cara de nuevo cuando saliera de allí?

—¿Savannah? —preguntó él, ahora desde la puerta del baño—. ¿Estás allí?

Lo único que se le ocurrio a la rubia fue abrir la llave de la regadera. El chorro de agua comenzó a golpear el azulejo, y con una voz forzadamente alta, casi un grito, respondió:

—¡Me estoy bañando, señor Jules!

Afuera, Theo se quedó unos segundos, perplejo. No creía que hubiera problema en que lo viera pintando; al fin y al cabo, era su casa. Pero sentía una extraña sensación de saberse expuesto, de que ella lo había descubierto en un momento íntimo y poco profesional. Molesto por esa vulnerabilidad, negó con la cabeza y dejó de insistir. Volvió a la habitación para recoger sus herramientas de arte y, de paso, darse una ducha. Tenían trabajo que hacer, y ese incidente no iba a cambiarlo.

Más temprano ese día, la razón por la que Theo se había demorado en recoger a Savannah era porque estaba inmerso en la compra de sus utensilios. Brochas, pinceles de todos los tamaños, pinturas al óleo, acuarelas... cualquier cosa que pudiera conseguir en la pequeña tienda de bricolaje del pueblo. Una joven castaña de ojos azules, un tanto tímida y nerviosa, lo atendió con solícita prisa, buscando los artículos que Theo le pedía con su habitual eficiencia.

Isis, la empleada, no dejó de mirar al señor Jules. Su presencia era intimidante, y una irresistible curiosidad la impulsaba a preguntar por Savannah. Pero se contuvo, se calmó y le entregó todo lo que el hombre necesitaba. Theo pagó y se fue.

En la casa de alquiler, había otra habitación de huéspedes, más espaciosa, que Theo había decidido transformar. Había movido los muebles y la cama hacia un lado, dejando libre una pared y el espacio suficiente para sus instrumentos y el lienzo gigante que había adquirido. Quería pintarla. Quería capturar el color de su alma, exponer la calidez que Savannah representaba. Y quería hacerlo sin que ella supiera.

Por eso, cuando ella lo vio, se puso nervioso. No quería ser descubierto. No quería que ella supiera que la estaba retratando. Theo no era de exponer sus obras; eran para él, para su propio drenaje emocional, no para el escrutinio del mundo. La persiguió, intentó explicarle, pero cuando ella cerró la puerta del baño y abrió la regadera, dio por hecho que no era necesario. No estaba permitido. Era su jefe, sí, y podía hacer lo que quisiera en su casa. Pero algo en él se había paralizado.

Theo se sentía decepcionado y enfurecido. No le gustaba que lo ignoraran, y eso era precisamente lo que Savannah estaba haciendo. Desde que bajó a la sala de estar para trabajar antes de cenar, ella no lo miraba a los ojos ni hablaba más allá de lo estrictamente laboral. Ambos se sentían extraños, y esa incomodidad les molestaba tanto como les intrigaba.

—¿Esto es todo lo que hicieron hoy? —preguntó Vannah, mirando las hojas en sus manos. Su voz era neutra, casi mecánica.

Theo asintió, sin emitir palabra ni sonido. Estaba serio, más serio de lo normal. Savannah sentía el aura de silencio y la tensión en el ambiente. «¿Se habría enojado por entrar sin permiso?», pensaba ella una y otra vez durante la reunión. «¿Me disculpo por mi intromisión?».

La reunión había terminado. Ya era tarde y ninguno de los dos había cenado. Pero Theo no le preguntó si quería comer. Simplemente caminó hasta la cocina, se preparó un emparedado y subió a su habitación. Savannah se sintió mal. Estaba cansada del silencio en su casa, y ahora que se había acostumbrado a hablar con alguien, le resultaba extraño no hacerlo, que el silencio volviera a reinar en su vida.

Cabizbaja, se levantó del sillón, sin ganas de comer ni cocinar. Tomó una banana de la cesta en la mesa, le quitó la cáscara para tirarla a la basura, y luego subió las escaleras con pesar, tristeza y la angustia de haber dañado la incipiente conexión que tenía con el señor Jules.

—No era mi intención molestarlo —susurró al entrar, intentando comer la fruta y sentándose a admirar la fotografía con su madre—. Quizás todo sería más fácil si estuvieras conmigo, mamá —le dijo a la imagen de una mujer rubia de rizos alborotados y sonrisa genuina.

Savannah era idéntica a su madre; lo único diferente era el color de sus ojos. Los había heredado de su padre, por desgracia. Pero a pesar de eso, era algo que le gustaba de sí misma. Esos ojos que su mamá siempre alababa, porque eran tan azules que le recordaban a un cielo despejado y hermoso. Donde no había nubes grises, tristeza ni dolor. Cada vez que podía, su madre le recordaba que era su milagro y su amor más grande. Su vida y su anhelo. Era la fuerza que necesitaba cada día y el ancla para no desvanecerse.

Savannah suspiró con pesar, terminó su banana y tomó un lapicero de la mesa. Consiguió una hoja y comenzó a escribir:

"No hay temores que vayan más allá de la muerte. Ni signos de desolación en la mirada de un niño. Cabizbajos y sonrientes están los muertos, mirando su momento de rescindir. Allí estaba durmiendo la preocupación y el enojo sin saber qué hacer, dejarse ir o volver a resurgir. Solo estaba claro, que más allá de la muerte, nadie podría vivir."




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