Otra semana había comenzado, y con ella, la profecía del chico del bar se cumplía: las flores comenzaban a bordar Normville con colores vibrantes. Los habitantes del pueblo se afanaban en su nueva cosecha, mientras otros intentaban captar la atención de los escasos visitantes. En medio de esta renovada actividad, Theo y Savannah se movían con propósito, buscando el material esencial que la construcción requería.
Theo no había mencionado lo ocurrido la noche anterior. Luego de que Savannah lo soltara, él se fue a su habitación; había intentado por todos los medios borrar las palabras de la rubia de su mente. Una y otra vez, le había parecido que ella cargaba con un peso de problemas sobre sus hombros, pero algo más profundo, algo más grande y perturbador, la acechaba.
—¿Esta es la última caja, señor Jules? —preguntó ella, estirándose para alcanzar el voluminoso paquete sobre el mostrador de la tienda de bricolaje. Su jefe, Theo, había hecho un pedido masivo de materiales faltantes para la obra esa mañana. Hoy, extrañamente, Isis no estaba de turno. Vannah siempre estaba atenta, esperando ver a su mejor amiga, pues solían compartir las mismas horas de trabajo. En su lugar, la acompañaba Henry, un joven de quince años que trabajaba a tiempo parcial después de la escuela.
—Ven, no cargues eso, yo lo llevo —ofreció Theo, tomándole la caja de las manos con una facilidad que la desarmó. Ella no pudo evitar sentir un escalofrío nervioso. La manera en que sus ojos la miraron hizo que tragara saliva con fuerza.
Esa mañana, ella se había despertado sobresaltada y asustada, casi cayéndose del sofá de la sala. Se había quedado dormida allí después de trabajar hasta tarde, sin recordar en qué momento alguien la había arropado con una cobija. «A menos que...», pensó al despertar, pero rápidamente negó con la cabeza, desechando la idea absurda que se le había cruzado.
—Eso es todo —anunció Theo, subiendo la caja a su camioneta—. Podemos volver a la obra, dejar esto y terminar el trabajo de hoy.
Savannah lo miró, su delantal de trabajo aún puesto y una pícara sonrisa en sus labios.
—Oh, cierto, hoy trabajas aquí —dijo él, mirando la tienda con una mueca—. Debería pagarte más para que lo dejes.
La rubia se sorprendió por sus palabras, pero se rio, negando con la cabeza.
—Hasta luego, señor Jules, debo volver al trabajo.
Theo sintió una extraña sensación en su pecho. Asintió, se despidió y encendió la camioneta, alejándose del lugar. En su mente rondaba la idea del riachuelo, pero no estaba seguro de si a Savannah le gustaría la idea de ir a conocerlo. Quizás ella lo guiaría hasta allí.
Había veces en las que el castaño se admiraba de la belleza inusual de Normville. No era el típico sur; este tenía unas maravillosas montañas de un color verduzco reluciente. Missouri no era así, ni Arkansas o la misma Texas. Normville tenía algo diferente, un encanto único que lo atraía profundamente. Le gustaba mucho mirar el paisaje.
Había puentes con techos y paredes a los lados, pero el único que carecía de ellos era precisamente donde Savannah quería cometer su "locura".
Qué curiosa coincidencia.
Ya eran las cinco de la tarde, hora de regresar a casa. Theo sentía un impulso irrefrenable de continuar pintando su cuadro. Desde la noche en que Savannah lo había sorprendido en su estudio improvisado, no había vuelto a tocar los pinceles. Una nueva canción de Alex Warren, "Ordinary", sonaba en la emisora estatal, llenando la camioneta mientras hacía su recorrido de regreso.
En la casa de alquiler, Savannah ya se preparaba para tomar una ducha. Como estaba sola, no le importó salir de su habitación con una toalla alrededor del cuerpo. Había bajado a la cocina a buscar el champú con acondicionador que compró en el supermercado al salir del trabajo.
Iba tarareando una canción mientras caminaba por la casa. Tomó sus artículos, pero al voltearse, quedó paralizada al ver a su jefe mirándola con el ceño fruncido. Intentó hablar, tartamudeó, miró a todos lados, hasta que finalmente logró decir—: Se me olvidó el champú. —Señaló la bolsa de compras—. Usted no vio nada.
Y con esas palabras, salió corriendo, subiendo las escaleras con rapidez. Detrás de ella iba Theo, riéndose de la situación e ignorando la apretada sensación en su entrepierna.
Sin embargo, Savannah se sentía tan nerviosa que tropezó y, en un instante, cayó al suelo, exclamando mil palabras ininteligibles.
—¿Estás bien? —le preguntó Theo de inmediato al verla caer. Su risa cesó y su semblante cambió a uno de preocupación.
—Sí, sí, ya estoy bien —respondió la mujer, levantándose rápidamente, intentando que el champú no se le cayera de las manos. Pero no se percató de sujetar correctamente la toalla, y esta se deslizó por su cuerpo, tiñendo sus mejillas y varias partes de su piel de un color rojizo.
Theo tragó saliva con dificultad. No pudo evitar darle una mirada general antes de voltear la cabeza. Eso estaba mal, lo sabía, pero, joder, era un hombre frente a una mujer hermosa. Se sintió más duro, acalorado, su mandíbula tensa y su respiración agitada. Savannah seguía sin poder decir una palabra. Se puso la toalla nuevamente, tomó su envase y se metió al baño, tratando de calmar sus pulmones y hacerlos funcionar correctamente. Se miró al espejo: su piel blanquecina estaba sumamente roja, sus mejillas, su cuello y su pecho.
Tuvo que tomar varias respiraciones profundas antes de meterse a bañar. No dejaba de pensar en los ojos oscuros de Theo observándola de arriba abajo, y cómo la había mirado en la cocina. No sabía que él llegaría tan temprano; por lo general, pasaba por la casa de sus padres antes de ir a la suya.
—Mierda —susurró Savannah al recordar que la había visto sin afeitar y completamente desnuda—. Qué vergüenza.
*
La música estaba a tope de nuevo. Theo no había salido de su habitación de pintura desde que había llegado a casa. Eran casi las nueve de la noche, y él seguía allí. Savannah había preparado la cena, y quería ir a decirle que bajara a comer, pero sentía una vergüenza abrumadora por lo ocurrido más temprano. Sus mejillas no dejaban de estar ruborizadas. Cada vez que creía escuchar pasos bajando por las escaleras, su corazón latía rápidamente, pero eran falsos positivos. Así llevaba horas, asustándose por nada, aunque se mantenía alerta por si bajaba a cenar.