Savannah no dejaba de reír mientras devolvía el ganado a su establo. Su dueño, el señor Vicent, estaba enojado con ella, porque de un momento a otro, sus vacas estaban por todo el pueblo. De igual forma, la rubia no se arrepentía de su travesura. Sabía que su padre les temía a las vacas, lo sabía desde que su madre en un atrevimiento se lo contó. No podía dejar pasar la oportunidad.
No iba a estar tan campante luego de haberla ignorado. El hecho de que el establo de Vicent estuviera cerca, le hizo todo más fácil. Luego hablaría con Theo, le explicaría lo sucedido y tal vez se disculparía con él, pero nunca con el alcalde.
Ya era hora de volver a casa, pero la joven prefirio caminar por el pueblo antes de ir a donde su jefe, debía visitar su apartamento y preguntar cuándo podría regresar a allí. Se consiguió con la señora Casey y el comisario Falls, ambos se encontraban mirando el viejo edificio donde residía.
—¿Savannah? —preguntó el comisario, mirándola al notar su presencia detrás de ellos. El moreno le dio una sonrisa. Estaba preocupado por los días que había estado ausente—. Muchacha, ¿dónde has estado?
La mencionada no respondió, sin embargo, los saludó y les preguntó sobre la fuga de gas.
—Ya lo estamos solucionando, mañana vendrá una compañía de Nashville a arreglarlo —contestó Falls. La mujer anciana lo secunda dando un asentimiento.
—Ha sido difícil contratarlos. Hay una lista de espera muy larga, pero ya mañana vendrán —explicó la mujer.
—Me alegra escuchar eso. —Es lo único que dijo—. Estaré al pendiente para cuando pueda volver. Tome el pago del mes, señora Usher.
La mano de Savannah se extendió, entregándole un sobre con el dinero del alquiler. Sabía que debía cumplir con el mes de pago, aunque no estuviera viviendo allí por el momento.
—Gracias, niña, con eso ayudará a pagar el arreglo.
Ella se despidió de sus vecinos, sin decir muchas palabras. No le gustaba hablar de su vida y menos les iba a decir dónde se estaba quedando mientras hacían el arreglo de las tuberías.
Siguió caminando por Normville, viendo cómo la escuela estaba cerrada, el supermercado estaba sin autos en su estacionamiento y la cafetería de Susan estaba llena de estudiantes que ya habían salido de clases. Continuó su recorrido hasta que se encontró con Isis de frente, su amiga la miró con curiosidad, queriendo hablarle, pero no se atrevió, solo le dio un asentimiento y pasó a un lado de la rubia.
Ese gesto le hizo estrujar el corazón, no podía creer que su única amiga y prácticamente una hermana para ella, se estaba comportando de esa manera. No lo soportó y la enfrentó.
—¿Te vas a comportar de esta manera, Isis?
A la castaña se le ruborizaron las mejillas, miraba a todos lados buscando la mirada de sus padres cerca.
—Ellos no están aquí, no te están observando —le dijo Savannah—. La iglesia está muy lejos y muy raro que ellos salgan de allí.
Su amiga seguía sin emitir una palabra, eso hizo que el dolor en Vannah se sintiera más fuerte.
—Te extraño, amiga —confesó la rubia, quien era la única que hablaba—. Entiendo tu posición, de verdad, pero debes crecer, tomar tus propias decisiones, no puedes vivir por el qué dirán de tus padres. Espero que algún día lo entiendas.
Se dio por vencida, sabía que ella no cedería, por lo que ladeó una mueca en sus labios y dio media vuelta para irse de allí.
A lo lejos se escuchó un susurro, pero Savannah no lo entendió, pero tampoco iba a voltear de nuevo. Su orgullo pudo más luego de ser doblemente ignorada el día de hoy.
Tantos pensamientos rondaban su cabeza, se sentía más enojada, además, su cabeza martillaba a mil por horas desde la corrida con las vacas. Se había estresado en el momento, aunque se rio y gozó al molestar a Wallace, ahí seguía la rabia incesante aún.
—Hoy definitivamente no es un buen día —se dijo para sí misma, resoplando y acomodando su maraña de cabello.
En casa, Theo se cansó de esperarla, por lo que fue directo a buscarla, tenían que hablar y ella tenía que explicar muchas cosas. Por lo que cuando la vio caminar muy cerca de la iglesia, le tocó la bocina y la llamó.
—¿Piensas caminar hasta la casa?
Savannah se asustó al escuchar su voz, lo miró y le dijo—: Tengo buenas piernas para caminar.
Theo se rio.
—De eso estoy muy seguro.
Savannah recordó lo del día anterior y se ruborizó.
—Sube, iremos a un lugar —dictaminó Jules, abriéndole la puerta desde adentro.
Ella miró a todos lados, esperando que nadie los viera juntos. Ya en el pueblo había varios rumores de por qué ella estaba trabajando con el hijo del señor Jules.
La camioneta rugió cuando arrancó, haciendo que la rubia sintiera toda la adrenalina subir por su cuerpo por el hecho de estar con Theo en un sitio cerrado y muy cerca. No sabía a donde la estaba llevando, pero ella confiaba en él. Por muy tonto que sonara, confiaba en Theo Jules.
«Es un buen tipo», pensó Savannah, al mirarle de reojo y luego siguiendo el trayecto que estaba haciendo el californiano hasta el sitio sorpresa.
—¿A dónde vamos? —inquirió de nuevo Vannah, mordiendo su labio inferior con nerviosismo. No conocía el camino que estaba tomando, nunca había pasado por allí.
—Me dijeron de un lugar, pensé que conocerías el camino.
Ella negó. —No sé dónde estamos.
Sus ojos se detuvieron en un punto en particular del paisaje, donde un campo de flores silvestres, una mezcla despreocupada de margaritas, dedaleras púrpuras y amapolas escarlatas, ondeaban suavemente con la brisa. Eso la hizo sonreír.
Margaritas.
—¡Margaritas! —exclamó emocionada Savannah, mirando un sendero lleno de ellas mientras el auto seguía andando. El color blanco y amarillo de las florecillas iluminaban el lugar, a lo lejos comenzó a escucharse el sonido del agua caer.
No sabía explicar cómo se sentía al respecto, estaba sintiendo alguna emoción en su pecho que era nueva para ella... «Eso tiene un nombre», se decía mientras lo pensaba, «¿Por qué me siento así?».