Ese día había un cielo gris que expresaba su dolor, los pájaros cantaban, hacían todo el sonido posible que el silencio embargaba. La hija de la señora Peterson se había quedado sin su madre, sin un familiar cercano, huérfana y toda una vida por vivir sin ella.
Los vecinos del pueblo la veían sollozar al frente del ataúd, donde se hallaba su madre vestida de blanco, con un pañuelo sobre su cabeza, ocultando la escasez de cabello y maquillada para cubrir su palidez y ojeras.
Savannah Peterson se había quedado sola. No importaba que los vecinos del pueblo la ayudaran en ese momento tan delicado, se sentía desolada, demasiado triste y sin saber qué hacer. Solo era una adolescente, que estaba empezando a vivir. El comisario Boyd se acercó a ella y le tocó el hombro.
—Pequeña, debemos irnos ya —le dijo en voz baja—. El pastor hará los honores e iremos al cementerio.
Todos habían colaborado con el acto fúnebre, para que pudieran despedir a Sarah Peterson. Desde el comisario hasta los dueños de la cafetería, el motel, la pequeña boutique de ropa y la iglesia.
Savannah no lo entendía, su cuerpo iba por inercia, arrastrando los pies al caminar, cabizbaja y su rostro lleno de lágrimas que no dejaban a salir.
Su corazón se había partido en miles de pedazos que nunca iba a poder volver a unir.
Cuando sacaron a su madre de la capilla de la iglesia, lo vio, a lo lejos, mirando el acto. Nunca se acercó, nunca dio las condolencias ni mucho menos colaboró con los gastos; pero ahí estaba, regocijándose de aquella muerte.
Desde ese día le había hecho la cruz.
Desde ese día iba a hacer lo imposible por vengarse de él y hacerle tanto daño como él le hizo a su madre.
Se lo juraba, así como se llamaba Savannah Peterson.
El recuerdo de la muerte de su madre vino a su mente, se sentía nuevamente sola, engañada y sintiéndose una estúpida. No dejaba de resoplar cada vez que metía una prenda de ropa dentro de su maleta. Había caído como corderito con todas las palabras ilusas que le había dicho Theo en el riachuelo.
Cuando Jules recibió la llamada, mirándola como si hubiese hecho mal las cosas, lo había entendido todo. Lo que hacían estaba mal. Luego se disculpó con ella sin darle explicaciones, pero no debía decirle ninguna palabra. Ella había escuchado lo que la voz de una mujer del otro lado de la línea había dicho, su exprometida estaba en el pueblo.
Y ella era la manzana de la discordia.
Es por eso que, sin importarle si su casa estaba libre de gas tóxico, corrio hasta su habitación y empezó a recoger sus pertenencias. Sabía que no podía seguir allí, no cuando su novia iba a estar en esa casa también.
—¿Por qué recoges tus cosas? —inquirió Theo desde la puerta—. No hagas esto.
—Su novia está aquí en el pueblo, señor Jules. Yo no puedo seguir viviendo con usted.
—¡No me digas señor Jules, joder! —exclamó molesto.
—Es mi jefe y debo llamarlo de esa manera. Si usted quería una aventura con una pueblerina, conmigo no será —respondió mirándole. La rubia terminó de meter su ropa dentro del bolso, sin organizar ni mucho menos ver si estaba limpia o no. Quería irse de allí.
—No hagas esto. Esas nunca han sido mis intenciones, Savannah —le rogó él, acercándose a donde estaba la joven—. No sé a qué vino, ya no estamos juntos.
—Pero tendrán un hijo juntos, estúpidamente lo había olvidado —suspiró la mencionada con molestia. Se sentía muy ilusa.
—Ese bebé no es mío —replicó él.
Peterson negó con su cabeza.
—Debo irme antes de que ella llegue hasta aquí —dijo tomando su bolso—. Seguiré trabajando con usted en el centro comercial porque necesito el dinero, pero olvide lo de hoy.
Ella hizo una pausa que hizo quebrar el corazón de Theo.
—Lo de hoy nunca pasó, señor Jules.
Y cosas con esas palabras, Savannah le pidió permiso para que le diera paso y bajó con rapidez las escaleras, saliendo de la casa lo más rápido posible. Con el corazón roto, herido y estúpidamente ilusionado. Ese hombre le gustaba, no lo podía negar, pero le dolía que a pesar de que tuvieron ese momento tan especial en el río, todo haya terminado como un sueño.
Sabía que no podía ceder, pero lo hizo. Escuchó a su corazón, se dejó llevar, y aunque no le dijera que también le gustaba, lo había besado con tanta ternura e inocencia que eso le dolía más. Nunca se había sentido así antes, nunca había experimentado esa sensación de anhelo, de atraerle tanto alguien y en tan poco tiempo.
Él le había dicho cosas que nadie le había dicho y su manera de preocuparse por ella la hacían sentir débil. Aunque estuviera llena de decepción y enojo, por pensar que él estaba jugando con ella y quizás solo quería una aventura con la pueblerina huérfana, en el fondo sentía que sus palabras sí habían sido sinceras.
Su cabeza estaba llena de pensamientos contradictorios, con su corazón desilusionado y con lágrimas que no terminaban de descender.
Estaba sola de nuevo, como debía ser su destino desde que su madre murió.
*
Había vuelto a su departamento, ya no tenía fugas de gas, lo habían arreglado más temprano. Cuando abrió la puerta no pudo evitar ver la decadencia del mismo, de hallarse sola allí y de la tristeza en su corazón.
Dejó que las lágrimas la arroparan, no pudo evitarlas, aunque quisiera, su cuerpo necesitaba drenar. Puso su bolso en el sillón viejo de la sala de estar, se dejó caer sobre él y se abrazó las piernas mientras sollozaba.
Estar allí era sentirse derrotada. Era su hogar desde que nació, pero no se sentía de esa manera, no desde que su madre ya no estaba.
La señora Casey le dio la bienvenida cuando le dio su llave de nuevo y, aunque Savannah susurró un "gracias", no estaba muy alegre de volver.
Theo la persiguió hasta la puerta de su casa de alquiler, pero ella siguió su camino hasta el pueblo, no hizo caso a su llamado ni cuando se ofreció a llevarla. No quería verlo, se sentía triste y enojada a la vez.