La luna iluminaba al pueblo, los búhos ululaban y la brisa fresca tocaba el rostro de Savannah. Estaba cansada de estar sola en casa, luego de ir al supermercado, volvió a ella para limpiarla y quitar el olor a gas y humedad.
Sus brazos estaban puestos sobre la pequeña baranda que formaba un balcón, se encontraba admirando la luna. Pensando que mañana le tocaría trabajar con Theo y no sabía ni cómo mirarle a la cara luego de lo que había ocurrido hoy. Ya se había acostumbrado a su presencia, a comer con él cuando se podía y el del poder hablar de cualquier cosa.
El recuerdo de la cascada vino a su mente, su corazón comenzó a latir con fuerza cuando recordó el momento en que Theo la tomó por la cintura y se lanzó junto a ella hacia el agua.
Fue su momento favorito, la manera en que de un momento a otro volaban hasta llegar a tocar el agua helada fue increíble. Pero soltó un suspiro cuando las palabras tan bonitas que le había dicho antes de besarlo vinieron también a su mente.
—¿Por qué nada podía salirme bien en esta vida? —preguntó en voz alta para sí misma.
—Porque nada es fácil en esta vida, niña —contestó alguien muy cerca. Savannah da un respingo al asustarse por la voz, pero al reconocerla volvió en calma.
No había visto a su vecina Greta, una anciana de algunos ochenta años que vivía con sus gatos y de vez en cuando la visitaba su hija y nietos. Greta tenía toda su vida viviendo en ese edificio, muy poco hablaba con ella, porque siempre se encontraba trabajando y cuando la veía, era cuando regaba sus plantas o buscaba alguno de sus gatos.
—Greta, qué gusto volver a verte —saludó con sinceridad la rubia, dándole una sonrisa mientras alzaba su mano.
—Estaba con mi hija y mis nietos mientras arreglaban la fuga de gas. Llegué hoy —contó, ella se encontraba sentada en una silla de mimbre con su gato negro de pintas blancas con un bigote muy característico. Lo acariciaba mientras hablaba.
—¿Te gustó estar con ellos?
—Sí, vivir aquí luego de tener compañía se siente deprimente, pero me gusta la soledad, mis gatos, además —miró a su gato y le sonrió—, mi hija siempre está trabajando y a los niños los cuida una niñera.
Un silencio se hizo de pronto.
—No tuviera tiempo para mí —terminó de decir.
Sus palabras le dieron nostalgia a Savannah, no entendía cómo podían dejar que viviera sola una señora de su edad, sabiendo que en cualquier momento pudiera golpearse, caerse o enfermarse. Ella era una buena mujer por lo poco que la conocía. Era amable, aunque a veces cascarrabias, amaba a sus gatos y siempre estaba sola.
Aunque sabía que la señora Casey estaba al tanto de ella diariamente. Eran buenas amigas.
—¿Por qué luces tan triste, niña? —preguntó Greta, mirando a Savannah desde su lugar.
Ella sabía todo sobre la rubia, desde su nacimiento hasta ahora. Conoció a su madre, la ayudó cuando estaba embarazada y cuando dio a luz también. Pensaba que era una pena que una muchacha tan dulce estuviera tan sola en esta vida.
A pesar del padre tan irresponsable que tenía, no merecía que no la reconociera.
—No pasa nada, Greta —contestó cabizbaja—. Un mal día.
—Alégrate, mañana será mejor.
—Eso espero —respondió casi en susurro, pensando en el trabajo y en su jefe.
«¿Veré a su novia mañana?» pensó, negando con su cabeza, tratando de ignorar sus pensamientos. Estaba harta de escucharlos.
—La vida es un constante subibaja, niña. Una vez estamos disfrutando de las vistas, recibiendo el aire más puro y fresco, y luego hay otros momentos en los que te encuentras abajo, sosteniéndote con fuerza, sobreviviendo, pero después te toca volver a estar en la cima. Así es la vida, un constante sube y baja, Savannah.
La mencionada extrañaba hablar con alguien que le diera consejos sinceros, no malintencionados ni con lástima. Esa viejita de baja estatura, tez pálida, arrugas en todo su cuerpo y ojos grisáceos, tenía conocimiento de la vida misma, Savannah disfrutaba escucharla hablar sobre cualquier cosa o que le diera un simple consejo de vida.
Era amena.
Era reconfortante.
Era sincera.
—¿Por qué sabes tanto, Greta?
La mujer se rio.
—Han pasado muchos años. —Es lo único que contestó.
Ambas estuvieron hablando sobre el clima, el pueblo y los gatos de la anciana. Pasaron unos veinte minutos hasta que Savannah se sintió rendida y decidió irse a dormir. El día que le esperaba le sería difícil, ella necesitaba agarrar fuerzas para sobrellevarlo con éxito.
*
En el pueblo se estaba llevando a cabo el festival de primavera, los floricultores exponían sus más hermosas flores que con orgullo cultivaron durante meses. Había una pequeña caravana de camionetas y tractores dando el desfile anual. Normville celebra este día cada tercer sábado de abril.
Los ciudadanos salían a las calles para recibir con algarabía el desfile, recibían flores de todo tipo y colores como muestras de celebración.
Theo y Savannah los miraban pasar, mientras que cada uno guardaba silencio uno al lado del otro. Estaban juntos desde las nueve de la mañana cuando la rubia llegó al centro comercial, allí ya estaba Theo esperándola. Ansioso de verla y saber que estaba bien.
La noche pasada no había terminado bien, luego de que Kiara le hiciera la pregunta, salieron los señores Jules al rescate de la pareja. No podían dejar que las personas del pueblo se enteraran de sus asuntos personales, y ya había sido suficiente con el espectáculo que había hecho Theo al llegar e interrumpir la cena.
—Contesta, Theo, ¿Quién era la mujercita con la que estabas? —volvió a preguntar Kiara, mirando a sus suegros también buscando una respuesta.
—Hablemos civilizadamente en la casa —siseó Zackary, mirando a todos lados, esperando que no hubiese nadie allí escuchando su conversación.
—No, suegrito, Theo tiene que contestar.