El cielo hizo un estruendo tipo película cuando la exprometida de Theo entró a la carpa, Kiara se sentía estupenda, sabía que iba a conocer a la mujer que Theo había estado escondiendo de todos. La noche anterior se había sentido demasiado humillada cuando el castaño se fue, dejándola hablando sola, con sus padres escudriñándola con la mirada y atiborrándola de preguntas.
No quiso responder a ninguna de ellas, por lo que hizo lo mismo que Theo, huyó. Subió a su habitación y pidió que se le subiera su cena hasta allí. No iba a darles el gusto de hablar mal de ella, Kiara estaba segura de que conseguiría de vuelta a Theo.
—Cariño, finalmente te encuentro —saludó Kiara, acercándose al hombre. Él miraba todos sus movimientos, pero no pudo esquivar el beso que le dio en los labios.
Savannah apartó la mirada, se concentró en ver las legumbres que no terminaba de comer.
—Estoy trabajando —le dijo él, levantándose de su puesto y quitándosela de encima—. ¿Qué haces aquí?
El tamaño entre ellos no era tan notable como ocurría con Savannah, ella era alta y podía llegarle fácilmente al rostro de Jules.
—Quiero conocer tu centro comercial —contestó, mirándole—. Además... quería que fuéramos a dar un paseo.
—No iré a ningún lado contigo —respondió. Recogió su bandeja y la tiró a la basura—. Estoy ocupado, puedes retirarte.
Kiara se vio indignada ante sus palabras, tomó aire y miró a la rubia, quien no dejaba de mirar su plato.
—¿Tú quién eres? ¿Por qué no estás comiendo con los demás trabajadores? —preguntó Kiara en dirección a Savannah. Inmediatamente Theo saltó a defenderla.
—Lo que hagan mis trabajadores no es de tu incumbencia, Kiara.
—Uy, disculpe, jefe. No sabía que tenías preferencias entre los empleados.
—Y si la tengo, ¿cuál es el problema? —replicó él, haciendo que Savannah lo mirara anonadada por su respuesta.
Su respuesta acaloró a Kiara, sus mejillas se tornaron rosadas por el enojo.
—¿Ahora te enrollas con empleadas?
Savannah comenzó a sentirse incomoda por el conflicto entre ellos, no quería que las demás personas se enteraran de su relación no profesional con Theo. No quería ser nuevamente la comedilla del pueblo.
—No me estoy enrollando con nadie —contestó, haciendo que esas simples palabras lastimaran el corazón ya roto de Savannah.
—Entonces... —volvió a mirar a la rubia—. ¿Quién eres tú?
La rubia ya molesta y dolida le respondió, se levantó, poniendo su mejor cara y alzando su mentón.
—Savannah Peterson, mucho gusto. —Le tendió la mano a la morena—. Soy la asistente del señor Jules. No soy ningún rollo ni mucho menos tiene preferencia conmigo, simplemente hablábamos de trabajo.
Theo la miró sorprendido, pero con ceño fruncido siguió la línea del guion. Kiara no le devolvió el apretón de manos, por lo que Vannah bajó la suya.
—Estamos trabajando, Kiara —dijo, tomándola del brazo y sacándola de la carpa—. Como puedes ver ya debemos continuar.
La morena volteó para mirar nuevamente a Savannah, detuvo a Theo y se dirigió hacia ella—: Sé lo que estás haciendo, campurusa, nos volveremos a encontrar.
—¡Basta ya, Kiara! —exclamó enojado Theo—. Vete de una buena vez por todas.
—Y tú, deja de estar tratándome así, no es bueno para nuestro hijo.
Esas últimas palabras hicieron que Jules tensara su mandíbula y soltara un gruñido con molestia.
—Estoy cansado de ti y de tus mentiras —le dijo, sacándola por completo de la carpa. Los trabajadores se dieron cuenta del espectáculo, por lo que los observaban desde la distancia.
Savannah se quedó en su puesto, sintiéndose incómoda y un mal tercio en esa relación.
—No son mentiras, cariño, eres el padre de este bebé y siempre lo serás —finalizó diciendo Kiara, dándole una sonrisa y caminando hasta el auto que había alquilado en Nashville.
Ella estaba segura que esto solo era el principio de su plan de reconquista, que iba a ser difícil, pero no imposible. Iba a tener a Theo Jules a sus pies cueste lo que cueste. No se iría a Los Angeles sin un padre para su hijo.
*
En el pueblo rondaba todo tipo de rumores en cuanto a la mujer de Theo Jules, desde Sally que escuchó que estaba embarazada hasta que Sam, el tipo del bar, contó que era una heredera rica de Los Angeles. Todos estaban comentando lo ocurrido en la obra del centro comercial, los trabajadores no pudieron quedarse callados, sino que, a la hora de la salida, habían ido al bar por una cerveza y Samuel se enteró de lo ocurrido.
Savannah estaba en el fondo de la cafetería, muy cerca del tocadisco, tomándose una limonada fría que Susan le había servido como regalo de la casa, escuchando todo lo que decían.
Ella tenía mucho tiempo sin ir a la cafetería, no desde que Isis y ella ya no se hablaban. Antes era común verlas ahí cotilleando y tomando malteadas.
«Eran buenos tiempos» pensó Savannah con nostalgia al entrar al lugar. Ahora mirando a sus vecinos, se dio cuenta que extrañaba tener a Isis en su vida, todo era más ameno, al menos tenía a alguien con quien hablar y que siempre la apoyaba.
—¿Ya la conociste, Vannah? —preguntó alzando la voz Sally, quien la miraba desde los taburetes de la barra—. Como ahora trabajas para el señor Jules, la debiste conocer.
Savannah solo asintió.
—¿Y qué tal es? —inquirió esta vez Susy, quien se encontraba secando algunos platos mientras hablaba con los demás—. ¿Es muy citadina?
—Mucho —contestó Savannah—. Es muy hermosa.
—¡Te lo dije! —le dijo Sally a su esposo—. Los albañiles lo dijeron en el bar, que parecía una Barbie morena, alta y con buen cuerpo.
—No se puede esperar menos del señor Jules, merece una mujer así —convino Susan, trayéndole ahora un pedazo de pastel a Savannah, la miró y le dijo—: Me alegra que hayas vuelto.
La rubia le dio una sonrisa ladeada, lo que había dicho sobre Theo mereciendo una mujer como Kiara, la hizo más pequeña en ese momento. No podía evitar compararse, ella era alta, hermosa, estilizada y tan de ciudad, en cambio, Savannah era bajita de estatura, con muchas pecas en su rostro, unos rizos que no se aplacaban y no vestía acorde a la temporada, siempre llevaba su sombrero desteñido y sus botas altas, el cual a una ya casi se le dañaría un tacón.