Vicent Sullivan estaba esperándolos, Theo le había pagado con anterioridad para que le alquilara dos de sus caballos de montar, así como todo lo necesario para dar un paseo. Savannah saludó al ganadero, él recibió su saludo con entusiasmo.
—Ronny te mandó saludos, Vannah —le contó con una sonrisa.
Ella se la devolvió.
—Envíale mis saludos de vuelta, espero que esté bien en Nashville.
—Lo está, hija, tiene una buena vida.
Savannah suspiró, porque no sabía qué era tener buena vida. Theo los miraba interactuar, se preguntó quién era el tal Ronny, pero supuso que sería el hijo del dueño o alguien de la hacienda. Se dio cuenta de la manera en que el ánimo de la rubia cambió al final de su conversación.
Tenía mucho que conocer de ella, y estaba listo para hacerlo.
—Vamos, que se hará más tarde —interrumpió Theo, haciéndole señas al hombre para que le diera los caballos y le diera instrucciones.
Savannah lo miró sin entender, le jaló la franela para tener su atención.
—¿Qué vamos a hacer? —le preguntó, haciendo miradas hacia él antes de que Vicent se diera cuenta.
—Montar a caballo, nena —le respondió sin más, dándole una caricia en la mejilla y caminando hasta donde estaba el ganadero.
—Este es Red, uno de los más fuertes y tranquilos... —comentó Vicent, acariciando a un caballo negro azabache con larga cabellera—, al principio no es tan confianzudo con la gente, pero luego te agarra cariño.
Theo escuchaba las advertencias y asentía.
—En cambio, Oppo es más juguetón y llevadero. —Acarició al otro caballo, uno de color marrón claro y cabellera rubia—. Puedes usar a Oppo, Savannah... como en los viejos tiempos.
Ella se rio, acordándose de cuando salía a dar paseos con Ronny y Oppo.
El californiano no entendía la cercanía que tenían el granjero y Savannah, pero simplemente los miraba. Ya tenía una larga tarde para preguntarle a la rubia por ello.
Ambos se subieron en los caballos, la mujer a regañadientes aceptó. No podía negarse en frente de Vicent, quien los miraba suspicazmente, tenía mucha curiosidad sobre ellos.
Dejaron la camioneta en la hacienda para poder hacer un pequeño recorrido por el sendero que le había mostrado Vicent a Theo más temprano. Savannah sabía a dónde irían cuando el castaño comenzó a andar.
El caballo «Red» se quejó al tener a Theo encima de él, y éste no se sentía muy cómodo, pero no iba a mostrarse débil ante la rubia, por lo que tomó las riendas y le comenzó a hablar.
—Amigo, estoy con una hermosa mujer, no me hagas quedar mal.
Savannah se rio por su ocurrencia. Miraba al frente, llevando con cuidado a Oppo, quien vibraba su cuerpo de vez en cuando. Ella tenía tanto tiempo sin montar a caballo, que sentir esa emoción dentro de su ser se sentía extraña.
Pasó sus manos sobre la piel del animal, sintiendo su textura, sonriéndole y hablándole bajito.
—Te extrañé, amigo.
Theo la miraba, lleno de curiosidad.
—Te traje a cabalgar, porque me imaginé que sabías hacerlo... —se interrumpió él mismo riéndose—. Eres del sur.
—¿Y todas las personas sureñas saben montar a caballo?
—Supongo, ¿no? —Volvió a reírse—. Es como saber caminar.
Savannah se echó a reír. Lo que decía no tenía sentido, pero sabía lo que quería decir.
—Ronny me enseñó a cabalgar cuando tenía diecisiete años —contó la rubia.
Theo no pudo evitar preguntar quién era el mencionado.
—Es el hijo de Vicent —respondió—. Salimos cuando estábamos en secundaria.
El empresario asentía a lo que decía, «ahora todo tiene sentido», pensó.
El camino por el que transitaban era de tierra, a los lados había flores silvestres, pero ninguna era una margarita, al horizonte se veía el comienzo de un hermoso atardecer. Savannah admiraba los atardeceres, le recordaban a los buenos tiempos, a cuando salía a su balcón y los veía con su madre.
Su corazón se encogió al recordar ese momento, pero sonrió con nostalgia.
—Qué bonito se ve —expresó mirando hacia el cielo, el cual estaba empezando a colorearse a un naranja tenue, amarillo y rosado.
—Tú eres hermosa, rizos de oro.
—Vuelves a llamarme así —se quejó la rubia, dirigiendo sus ojos hacia él—. ¿Por qué lo haces?
—Porque me gusta.
Ella pone los ojos en blanco.
—¿Por qué nos trajiste hasta aquí? —Inquirió con curiosidad, señalando el lugar.
Ya estaban más alejados del pueblo, muy cercanos a un riachuelo y a las montañas.
—Quería que habláramos a solas —contestó, tratando de calmar a su caballo—. Amigo, es en serio, pórtate bien.
Su acompañante se volvió a reír.
—Se nota que eres de ciudad, no sabes montar a caballo —se burló.
—Tenemos autos —replicó, haciendo que ambos se rieran.
—Citadino — se mofó Savannah.
—Sureña —contradijo Theo, dándole una sonrisa que a la mencionada le hizo respirar hondo y hacer que su corazón dejara de latir con fuerza.
Vannah siguió cabalgando, admirando cómo el sol se iba escondiendo.
—No podemos estar por aquí si se hace de noche —advirtió la rubia—. Es mejor que volvamos.
El sonido de una maquina sorprendió a ambos, se miraron sin entender lo que escuchaban. Buscaron a su alrededor de dónde provenía el rugido de una maquina encendida. Estaban lejos de la obra del centro comercial como para escuchar algo parecido.
—¿Escuchas eso? —preguntó Savannah, el castaño ya estaba con las alarmas encendidas, mirando a todos lados. No conocía el lugar y no podía darle seguridad a su acompañante.
Empezó a moverse por el lugar, buscando el sonido.
—Savannah quédate ahí, iré a dar una vuelta por aquí cerca.
La rubia se negó.
—Iré contigo —aseguró, cabalgando a su lado—. Tú no conoces estos lugares, no te dejaré solo.
Sus palabras hicieron que Theo sonriera, se acercara a ella y como pudo, le robó un beso. Savannah se quejó en el momento, pero el castaño huyó riéndose.