Era la mañana siguiente, llovía a cántaros. Luego de la conversación que tuvieron Theo y Savannah sobre lo que sentían, entregaron los caballos, se despidieron y el castaño le dijo que la llevaba a casa. Fue el momento perfecto para que él sacara el ramo de margaritas que había comprado más temprano y se lo diera a Savannah, quien se sorprendió por el presente.
—¿Eso es para mí? —inquirió mirando las flores.
—Me recordaron a ti —confesó Theo, sonriéndole.
—Theo, no...
—Acéptalas, hermosa. Decora tu hogar —le dijo, tratando de que ella no se las negara.
Vannah tenía un suspiro atragantado, lo miró con ternura, algo que hizo que el corazón de Theo latiera más fuerte por ella. No dejaba de pensar lo hermosa que era. Ahora las flores reposaban en un jarrón que se encontraba en el fondo de la despensa de su casa. Algo roto y viejo, pero que con las margaritas le daban color a su lúgubre hogar.
Eran las diez de la mañana, tenía el día libre en ambos trabajos, se sentía cansada a pesar de que solo había estado en casa, viendo la ll. Al ver las gotas caer, buscó un lápiz, una hoja y se sentó en el comedor.
Quería escribir, se sentía ahogada de sus sentimientos y pensamientos. Desde ayer no dejaba de pensar en lo que había hablado con Theo, en la forma que se sentían sus labios y el detalle que tuvo con ella de regalarle flores.
Es la primera vez.
Comenzó a escribir.
La primera vez en que un hombre me regala flores.
Que me roba besos que me gustan.
Que me dejan sin aliento.
Que me hacen querer más.
El hombre que roba mis suspiros.
Que hace aumentar mis latidos.
¿Por qué se siente así mi corazón?
Tan brusco, torpe y galopante.
Tan terco, ingenuo y enamorado.
El lápiz se detuvo al darse cuenta de lo que estaba escribiendo. Savannah leyó lo que escribía y se asustó. Tragó en seco y detuvo su respiración por un segundo.
¿Amor? ¿Eso era amor? ¿Se estaba enamorando del citadino?
Negó varias veces, no podía hacer eso.
Una cosa era que le gustara, pero hablar de amor... Era muy fuerte.
Quiso borrar lo que escribió, pero al mismo tiempo no quería hacerlo. Releyó, releyó y releyó la última palabra. Echó la cabeza hacia atrás y suspiró con fuerza, tratando de drenar sus sentimientos en él, sacando de su ser lo que sentía por Theo Jules.
Debía hacerlo, para no caer en la perdición del californiano.
Si la manera en la que me hace sentir es así.
Que me juzguen por ilusionarme con él.
Escribió al final de la hoja, mirando nuevamente lo escrito. Abrumada, pero sintiendo que su cuerpo se alivió del gran peso que cargaba. Se preguntó si Theo se sentía de la misma manera o si solo era una aventura pasajera y que luego al irse, ni se acordaría de ella. Sentía nostalgia, miedo a que su corazón no hiciera caso y se siguiera ilusionando con él.
*
Theo Jules se encontraba en la sala de su casa de alquiler, irritado a más no poder. No paraba de llover y él solo quería ir a ver a Savannah. Sus padres insistían en que fuera con ellos a almorzar, pero seguía enojado, no quería verlos, ni mucho menos ver a Kiara.
Estaba seguro que ella comenzaría con la diatriba del embarazo, algo que lo enfurecía demasiado.
Acostado en el sofá, miró al techo, imaginando qué pudiera estar haciendo su ricitos de oro. Varios suspiros se le escapaban cuando pensaba en ella, pero sus pensamientos fueron interrumpidos por el sonido de su móvil.
Era su hermana, Melanie. Se preocupó enseguida, porque era muy extraño que ella lo llamara.
—¿Estás bien? —preguntó Theo al contestar.
Melanie Jules se rio de su hermano.
—¿Es que no puedo llamarte?
—No es para nada normal que lo hagas —contestó el castaño.
Melanie Jules era la hermana menor de Theo, venía después de Ryder. Vivía en Londres con su novio, un británico rey de la informática, tenía una empresa de tecnología en el país. Ella aún trabajaba para Empresas Star, pero no se involucraba tanto en el liderazgo, tenía su puesto, pero hasta ahí. Siempre había sido Ryder el segundo al mando.
Ellos se llevaban bien, como buenos hermanos. Aunque muy poco hablaban, igual se querían un montón.
—Me contaron que estás trabajando en un proyecto en un pueblo de Tennessee.
—Te contó Ryder, ¿cierto?
—Por supuesto, sabes lo cotilla que es —respondió Melanie, riendo de nuevo—. Me dijo que tenían una apuesta de que si podías o no con el proyecto. ¿Tan importante es?
Theo hizo muecas en su rostro, pero contestó lo que le preguntaban.
—Tan importante como ser el CEO de Star.
Su hermana hizo un sonido de asombro.
—¿Te lo propusieron? ¡Eso es grande, hermano!
—Es la condición de este proyecto, que si lo cumplo a cabalidad, tendré grandes oportunidades de convertirme en el nuevo CEO o me botan como un perro a la calle, solo que... —hizo una pausa con lamento—, debe terminarse en un mes, llevo dos semanas y eso está muy crudo.
—¿Y qué pasa? —replicó Melanie—. ¡Ponte a trabajar día y noche! ¡No hay de otra, hermanito!
—¿Hablas literalmente?
—Por supuesto, Theo, tienes que poner a esos trabajadores día y noche, obviamente, sin explotarlos, pero a trabajar se ha dicho.
La cabeza de Theo empezó a hacer cálculos, de cómo debería de funcionar la maquinaria, la instalación de postes de luz, el refrigerio de los trabajadores. Era todo un empresario en ese momento.
—¿Quieres ganarle a Ryder? —le preguntó de frente—. Entonces trabaja sin parar. Eres un Jules, puedes con eso.
A Theo se le salió una sonrisa.
—¿Eres la hermana mayor ahora?
Ella se rio.
—Eso parece —contestó risueña.
Siguieron hablando de cómo estaban sus vidas, de cómo Londres la había acaparado y no había vuelto a los Estados Unidos.