Theo estacionó la camioneta a las afueras del viejo edificio donde vivía Savannah. Habían ido al supermercado, pero solo fue él quien se bajó y compró lo que iban a cocinar, así la rubia no se mojaba con el torrencial aguacero.
Ya dentro de la casa, ella le dio la bienvenida, un poco cohibida por tenerlo allí, veía a todos lados esperando que nada estuviera regado; sabía que su casa no era bonita como la casa de alquiler donde se estaba quedando, pero esa semana la había estado limpiando y arreglando algunas cosas.
—Está bonita tu casa —le dijo Theo. Eso tomó desprevenida a Savannah, ella lo miró como si estuviera mintiendo.
—Necesita arreglos —le quitó importancia, dejando alguna de las bolsas sobre la mesa del comedor, Theo no solo había comprado comida para almorzar, prácticamente le había hecho un mercado completo.
—Me parece bonita, déjalo hasta ahí —finalizó él. Comenzó a sacar los alimentos de las bolsas.
—¿Por qué compraste todo esto? ¡Ni que fuéramos a hacer un banquete!
Él se rio.
—No es solo para hoy —explicó—. Quise comprarte algunas cosas también.
Savannah frunció su ceño.
—No era necesario.
—Para mí sí —respondió, la señaló con algunas ramas de cebollín—. Estoy bien si tú estás bien.
Ella se le quedó mirando, pero no dijo más nada. Siguieron acomodando los artículos en los estantes vacíos de la rubia, al igual que en su nevera, donde solo había un cartón de leche, agua, una que otra verdura y solo pollo picado que había comprado el día que había vuelto a casa. Ya todo se le había acabado, así que el mercado que había hecho Theo para ella le caía como anillo al dedo.
—Estás muy mojado —resaltó la rubia, tocando la ropa de Jules. Él se la miró.
—Estaba lloviendo demasiado.
Ella pensó mucho lo que iba a decir.
—Deberías darte una ducha —sugirio con las mejillas ligeramente sonrojadas—. Pero no tengo ropa de hombre aquí.
—Es bueno saberlo, hermosa —bromeó, dándole un toque a la nariz de Vannah—. Estoy bien, no te preocupes.
Ella negó.
—Te resfriarás.
Lo dejó allí con la palabra en la boca, pero corrio hasta su habitación para buscar algo que pudiera quedarle. Revisó cada cajón, solo encontró una camiseta extragrande que usaba como vestido para dormir de vez en cuando, que quizás le quedase a Jules, pero no tenía nada para sustituir a su pantalón.
—Solo tengo esto —anunció al regresar a la sala—, pero no tengo nada para ponerte por el pantalón.
—Puedo andar en bóxer —respondió con una sonrisa pícara en sus labios.
—Ni se te ocurra —amenazó Savannah con una mirada fulminante. Eso hizo que Theo se riera más de la sureña.
—Puedo tomar una ducha caliente, así no me enfermo, y uso esa camiseta fea que tienes en la mano.
La camiseta tenía una gran caricatura de Coraje, el perro cobarde.
—Nunca me gustó ese programa —contó.
—Era mi favorito —replicó Savannah.
Él sonrió.
—Por fin sé algo más de ti.
—Hay muchas cosas que no sabes de mí, Theo.
—Es por eso que quiero conocerte más... como amigos.
Savannah meneó su cabeza y caminó de nuevo a su habitación, desde allí lo llamó como «Señor Jules», molestándole un poco, se encontraba preparando todo para que él tomara una ducha en su baño.
—Como odio que me digas «Señor Jules» —se quejó mirándola fijamente una vez que llegó a su habitación.
Inmediatamente entre ellos se sintió esa tensión que podía cortarse con un cuchillo.
—Así es como debe ser —replicó la rubia.
Theo se acercó a ella con pasos firmes, así como la primera vez que la besó. Savannah dejó de acomodar las cosas.
—No, porque como deberías llamarme es de otra manera —dijo él, acorralándola contra una pared.
Savannah se quedó muda. Su mirada iba desde sus ojos hasta sus labios.
—Deberías... —El castaño comenzó a juguetear con su nariz, acariciándola con la suya—. Llamarme como lo hacías mientras me besabas en el río.
Savannah tragó saliva, intentaba respirar correctamente, pero se le hacía imposible. Eso no era lo que habían acordado, pero no tenía la fuerza necesaria para quejarse.
—¿Cómo? —susurró la rubia, prácticamente sin aire y sedienta.
—Tú sabes cómo, hermosa. —Los labios de Theo empezaron a acariciar suavemente los suyos, pero no la besaba aún.
—Theo... —dijo en un jadeo cuando el mencionado rozó su lengua sobre su labio inferior.
—Sí, así es cómo debes llamarme, Ricitos —dictó, separándose de ella, dejándola boquiabierta, con ojos cerrados y piernas temblorosas.
Había logrado su cometido, sabía que ella lo seguía queriendo y le gustaba, tanto como a él.
Savannah estaba excitada, enojada, sudorosa y sus bragas mojadas. Lo miró exasperada, caminó hasta él y le tomó del rostro.
—Tú no me vas a dejar así, Citadino. —Con eso dicho, lo besó, mordisqueando su labio inferior e introduciendo la lengua para unirse con la de él.
Sabía que se iba a arrepentir luego de lo que hacía, pero su cerebro se apagó cuando comenzó a jugar con sus labios, de allí en adelante, todo fue nublado.
Deseo, mucho deseo, y mucho calor. Muy al estilo sureño.
De un momento a otro, ambos eran jadeos y gemidos, no podían dejar de besarse, ese no había sido el acuerdo que habían hecho, de alejarse y solo tener una relación profesional. La manera en que Theo la tocaba no era la forma correcta de hacerlo, pero le valía lo que habían hablado más temprano. Se deseaban, querían estar juntos y no podían evitarlo.
Quizás más tarde se iban a arrepentir, pero estaban decididos a apagar la llama que habían encendido hace unos minutos.
Theo le quitó la camisa de mangas largas a Savannah, la desabrochó ansioso; quedándose la rubia solo en un sostén de color rojo que llevaba a juego con sus bragas, aún eso él no lo sabía, pero estaba próximo a descubrirlo.
«Bendito sea el momento en que pensé en usar ropa interior a juego», se dijo para sí misma la sureña.