Matices del corazón

Capítulo veintiuno

Savannah se encontraba mirando a todos lados, asustada, tratando de ver de dónde provenía el disparo. Su corazón corría millas por hora, por lo que ella empezó a correr también, estaba amaneciendo y cualquier persona que llegara al río pudiese verla. Otro disparo se escuchó a lo lejos, su respiración era tan escasa, que intentaba con todas sus fuerzas poder respirar bien.

—Oh por Dios, oh por Dios —exclamaba cada vez que podía. Debía huir de allí, no veía por donde iba.

La maleza era alta, y las flores raspaban sus piernas, aunque llevara pantalones, se rozaba con ellos.

Otro disparo al aire.

—¿Qué demonios?

Cuando veía que estaba cerca a llegar a la granja, miró al cielo y vio una decena de pájaros volando. Sin darse cuenta, chocó con unas piedras, cayendo al suelo y golpeándose la cabeza fuertemente. Comenzó a ver borroso, tambaleaba al tratar levantarse. Sus piernas dolían por tanto correr, su respiración era entrecortada y su cabeza dolía demasiado.

Se horrorizó cuando vio sangre en sus manos cuando tocó su sien, ¡Estaba sangrando! Se levantó como pudo y siguió dando pequeños pasos, se sentía muy mareada. Llegó a la valla que dividía el sendero de la granja, allí vio borrosa la figura de un hombre, intentó hablar, pero cuando levantó la mano, se desmayó, cayendo nuevamente al suelo.

*

El olor a alcohol la despertó, su cabeza dolía, sus piernas también. Esa sensación de deja vu volvió a su cuerpo, pero cuando miró a su alrededor se percató que estaba en la medicatura del pueblo.

«¿Cómo carajos llegué aquí?», se preguntó. Dio un vistazo a toda la habitación donde estaba y no vio a nadie conocido, estaba sola.

Intentó acomodarse en la cama, se sentía muy cansada, algunas náuseas y un poco mareada. En el momento en el que intentó levantarse, llegó la enfermera Louisa, dándole una sonrisa y preguntándole cómo se sentía.

—Mareada y con náuseas —respondió, tocando su cabeza donde había recibido el golpe.

—Tuviste una conmoción cerebral debido al golpe que te diste en la cabeza —le contó a la rubia, quien la escuchaba con interés.

—Oh, cierto —dijo con lamento Savannah, quien dejó de mirar a la enfermera y se concentró en ver al suelo con vergüenza.

En ese momento recordó la figura borrosa del hombre.

—¿Quién me trajo?

—Vicent, el granjero.

«Era Vicent, por supuesto», dijo Savannah para sí misma.

—¿Y cómo estoy? —inquirió nuevamente la rubia.

—Estás en observación, lo que te pasó fue hace tres horas, estaba asustada de que no despertaras. El doctor ya te vio y dijo que no necesitabas referirte a Nashville.

La chica asintió, tratando de entender lo que estaba diciendo, ya habían pasado tres horas del amanecer, ya debía estar en el trabajo con Theo.

—Te pusimos un suero, algo para el vómito y el dolor, ya se te pasará todo por completo, solo debes mantener reposo por al menos dos días y hacerte algunos exámenes complementarios.

—Vale —suspiró Savannah—, muchas gracias.

—No hay de qué, menos mal te trajo a tiempo el señor Vicent.

Ella volvió a asentir.

En ese momento, el hombre mencionado apareció en escena, trayendo una bolsa Kraft con algo parecido a panecillos y un café en vaso desechable. Savananh lo miró apenada, obviamente ella no debía estar a esas horas por su hacienda ni hacerle traerla al médico con un golpe en la cabeza.

—Madre mía, niña, tú eres de armas tomar —le dijo al verla, con un apósito sobre la sien—. Te han puesto puntos.

La sureña mira a la enfermera, quien le confirma con asentimiento de cabeza.

—Debes retirarlo en una semana —informó.

Vannah se volvió a lamentar el papelón que había hecho. Ella se preguntaba si Theo ya sabía de lo ocurrido.

—Muchas gracias, Vicent, por traerme —le agradeció, con sus mejillas sonrojadas—. Luego le cuento por qué estaba en su hacienda.

El hombre respiró hondo, y dejó pasar el momento. Confiaba en esa niña, la conocía desde adolescente, sabía que tendría una razón.

Le entregó la bolsita con el desayuno y le sonrió.

—Debes estar con hambre, come un poco —dijo Vicent con una sonrisa.

—No se hubiese preocupado.

Él negó con su cabeza.

—No seas terca, y come —sentenció, haciendo reír a la enfermera.

—Esta niña ya lleva dos veces aquí en un mes —contó Louisa, meneando su cabeza—. Ten cuidado, Savannah. Ya te has golpeado la cabeza dos veces este mes, eso no es bueno.

La mujer se encogió de hombros, había hecho todo un papelón, y con todo eso, él la trajo hasta la medicatura. Por lo menos no estaba muerta por los disparos extraños que había escuchado, algo que debía averiguar cuando saliera de allí o simplemente preguntarle a Vicent si los escuchó también.

Pasó una hora desde que despertó, como pudo se bebió el café y mordisqueó un panecillo, pero el dolor no la dejaba comer. Sin embargo, al rato se le quitó y pudo hablar con más calma con Vicent, una vez estando solos le preguntó si había escuchado los disparos.

—Era yo, niña —contestó, mirándola burlándose de ella—. En esta temporada hay un tipo de pájaros que me gusta cazar, y solo vuelan en el amanecer.

Savannah cerró sus ojos dándose cuenta que fue una tonta al correr asustada. Sabía que en el río no había nadie, y aun así, huyó de allí, se cayó y ahora llevaba puntadas en su cabeza.

—¿Qué hacías por allí tan temprano? —le preguntó el viejo granjero.

Ella no sabía si decirle la verdad o mentir, quizás no le iba a creer lo que había descubierto.

—¿Tú no has visto nada extraño en el río cerca de tu casa?

Él la miró con ceño fruncido, sin entender su pregunta.

—Pues no voy muy seguido. A Sony le gustaba ir cuando estaba viva, pero luego que ella falleció, ya no me apetece ir hasta allí —respondió Vicent con pesar, haciendo una mueca con su boca.




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