Matices del corazón

Capítulo veintitrés

De un momento a otro ya era viernes, faltaba una semana para que la construcción del Centro Comercial Star estuviese terminada y Theo cumpliese con el acuerdo estipulado.

Esa mañana había recibido varias llamadas de la junta directiva, no paraban de preguntarle si ya estaba terminando con el proyecto.

—Está en marcha, señor Miller —dijo Theo, viendo al hombre canoso de unos sesenta años a través de la pantalla de su móvil.

—Estamos a la espera de la inauguración.

—Claro que sí, nos vemos la próxima semana —anunció, mostrando sus dientes en una sonrisa tan diplomática que no llegaba a sus ojos. Estaba cansado de lidiar con personas como ese empresario.

Su padre era igual, y desde que amaneció no lo había dejado en paz. Una vez finalizada la llamada con Miller, miró a su padre quien bebía una taza de café. Estaba supervisando todo desde que llegó a la obra. Más temprano se había topado con Savannah cuando llegó al lugar.

—Buenos días, señor Jules —saludó la sureña una vez que tuvo enfrente al padre de su jefe, el cual no había dicho ni una palabra en el minuto que llevaba allí.

El hombre se percató de la mujer, la miró de los pies a la cabeza, frunció su ceño y la miró con indiferencia, pero cordialmente también la saludó.

—Buen día. —Fue lo único que dijo. Eso no le importó a Savannah, pero cuando dijo más cosas, la mujer no pudo sentirse más incómoda de lo que ya estaba—: Tú eres la famosa asistente de mi hijo, que se acuesta con él, ¿no es así?

—¿Disculpe?

Él se rio a carcajadas.

—No te hagas la que no sabe. Los he estado vigilando, sé que él va a tu casa todas las noches.

—¿Tiene algún problema con eso, señor Jules? —replicó Savannah, alzando su mirada al hombre.

—Muchachita insolente —siseó.

La rubia menó su cabeza en negación.

—Su hijo está grande para hacer lo que quiera con su vida. Además, no se preocupe, ustedes ya se irán, así que no se disguste por nada —Savannah dio media vuelta para irse a organizar sus pendientes, pero antes de hacerlo le dijo algo más—: No todo en la vida es el dinero, aprenda de ello. Tenga buen día.

—Los baños aún les faltan sus detalles, el segundo piso tiene una filtración en dos paredes y el techo no luce acorde con la estructura. —Resaltó su padre con desdén, dio otro sorbo a su café y enarcó sus cejas.

Theo suspiró con fuerza, tratando de no mandar todo al carajo ni golpear a alguien. Eran las diez de la mañana, era muy temprano para perder los estribos.

—Ya se le dijo al ingeniero y hoy estarán arreglando esos detalles —explicó su hijo—. También se aseguraron las escaleras, el elevador y el área de la terraza está casi lista.

Su padre lo miró sin darle créditos, lo estaba escudriñando por completo con su mirada fría y de jefe malhumorado. Él quería que su hijo se esforzara por tener el puesto de CEO, sabía que podía con eso, pero a su propio mérito.

—¿Por qué estás tan despistado? —preguntó, dejando la taza a un lado de la mesa de madera provisional que estaba en la carpa—. Ya tuvieras todo listo para esta semana si hubieses comenzado desde el día uno a trabajar sin parar como lo has hecho esta semana.

Theo ya no soportaba sus regaños, estaba cansado de sentirse juzgado en cada cosa que hacía.

—¿Es por esa rubiecita?

El castaño tensó la mandíbula, haciendo un puño en su mano derecha. Si iba a empezar por allí iba a sacar las garras en defensa de su rizos de oro. La mencionada estaba buscando los almuerzos de los trabajadores.

—Estamos trabajando al tope, papá. Estamos terminando y lo estamos haciendo bien, ¿es suficiente o no? —replicó Theo molesto, harto de su progenitor.

El hombre comenzó a reír entre dientes.

—Ojalá puedas terminar a tiempo, no te distraigas con mujerzuelas que no volverás a ver en tu vida —siseó, negando con su cabeza. Pasó a su lado, puso una mano sobre el hombro de su hijo y le dio una palmada—. No pierdas el tiempo, hijo. Ya volveremos a casa.

Sus palabras hicieron mella en Theo, no dejaba de apretar sus dientes, sentir calor en sus mejillas y una punzada en su pecho. Él estaba jodidamente claro de lo que iba a pasar, no debía restregárselo en la cara.

Tenía tantos problemas por resolver que su cabeza empezó a doler. Quería que su día mejorara, pero cuando su teléfono sonó, supo que todo seguiría yéndose a la mierda.

—Ya estoy en Normville —informó quien esperaba que llegara para poder disminuir el problema que más le dolía como un grano en el culo.

—Te veo en el bar.

*

El bar Norm no era tan viejo como muchos pudiesen pensar en el momento en que entran en el lugar. Era un lugar donde los secretos se compartían en susurros sobre el tintineo de los vasos, donde las penas se ahogaban trago tras trago, y donde la música country melancólica proporcionaba la banda sonora para las vidas sencillas y a menudo difíciles de la gente de Normville.

El bar no era bonito, ni moderno, pero era auténtico, un refugio desgastado por el tiempo que ofrecía consuelo y camaradería a aquellos que buscaban un respiro del mundo exterior. Era un lugar donde el tiempo parecía moverse un poco más lento, y donde cada grieta y mancha tenía una historia que contar, si tan solo uno se tomara el tiempo de escuchar.

Las paredes estaban adornadas con una colección aleatoria de recuerdos descoloridos: carteles de conciertos antiguos, fotos amarillentas de equipos de béisbol locales de hace décadas, cabezas de ciervo disecadas con miradas vidriosas. En una esquina, un televisor montado en lo alto parpadeaba silenciosamente con un canal deportivo que nadie parecía estar viendo.

El bourbon barato quemaba la garganta de Theo como el recuerdo punzante de la traición de Kiara. El bar apestaba a cerveza rancia, humo de cigarrillo barato y promesas rotas. «Un ambiente apropiado», pensó con amargura, para el encuentro que estaba a punto de tener.




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