Matices del corazón

Capítulo veintiséis

La habitación que Theo había creado en su casa de alquiler para pintar era un torbellino de tubos de pintura y manchas en el suelo, estaba inusualmente silencioso, envuelto en la suave luz de la tarde. Hoy no había encendido la corneta con música. En el caballete, el lienzo casi terminado capturaba la esencia de un mes que había reescrito el guion de su vida. La figura de Savannah estaba marcada en el lienzo, una silueta que se había vuelto tan familiar como su propia respiración. La figura miraba de perfil hacia un atardecer.

Theo se apartó, pincel en mano, observando el trazo final. Había capturado el oro suave de su cabello rubio, la curva elegante de su cuello, la forma en que sus hombros se inclinaban con una gracia innata. Los colores del atardecer en el cuadro eran suaves: lilas empolvados se mezclaban con rosas pálidos y toques de naranja quemado, reflejando la calma que Savannah había traído a su vida. Era una paleta que él nunca había usado antes, acostumbrado a los colores vibrantes y a menudo turbulentos de Los Ángeles. Pero Normville, y Savannah, habían suavizado sus bordes.

Había empezado el cuadro semanas atrás, casi en el momento en que se conocieron. Cada pincelada, cada trazo, había capturado su esencia en el tiempo que había pasado con ella, conociéndola cada día. La había escuchado reír, con esa risa genuina que llenaba el espacio. La había visto seria, con esa intensidad en sus ojos que revelaba una mente brillante y un corazón apasionado. Había escuchado sus historias sobre el río, sobre el campo, sobre la gente de Normville. Y en cada historia, en cada gesto, la había pintado en su mente antes de plasmarla en el lienzo.

Savannah Peterson había calado muy fuerte en su sistema, estaba seguro que una mujer como ella no era fácil de olvidar.

El cuadro no era solo Savannah. Era también un reflejo de su propia curación. Las pinceladas suaves, los colores armoniosos, eran el contraste perfecto con el caos que había sido su vida un mes atrás.

Savannah era su musa, sí, pero también había sido su ancla, su refugio, su nueva manera de ver la vida.

Theo llevaba una vida de estrés constante, de negocios, trabajo sin parar y una vida monótona en Los Ángeles; además, todo lo que había pasado con Kiara, su vida había estado tambaleándose, pero cuando llegó a Normville, algo en él cambió.

Dio una última pincelada a un rayo de sol que acariciaba el hombro pintado de Savannah. El aire vibraba con la finalización. Había terminado. Y con la culminación, llegó una punzada de algo más que satisfacción artística. Era una mezcla de tristeza y una profunda melancolía.

Theo se quitó el delantal manchado de pintura y lo colgó. Se sentó en su taburete, su mirada fija en el cuadro. El proyecto Star, su gran centro comercial, estaba listo para estrenarse. Su trabajo en Normville estaba llegando a su fin. Y con eso, la necesidad de irse.

La idea de volver a Los Ángeles, la ciudad que una vez había sido su hogar y su ambición, ahora se sentía extraña. Pensaba en su apartamento minimalista, en las luces de neón, en el tráfico incesante. Parecía un mundo distante, casi irreal. En Normville había encontrado un ritmo diferente, una conexión con la tierra y con la gente que no sabía que necesitaba, algo diferente ante el bullicio de la ciudad.

No quería irse.

La frase se formó en su mente, clara y dolorosa. No era solo la comodidad de la vida de pueblo, la simplicidad de las mañanas o el ritmo lento de las tardes. Era más profundo que eso. Era la sensación de haber encontrado un lugar al que de verdad parecía pertenecer, algo que no había sentido desde que su mundo se había desmoronado.

Pero el nudo más grande en su estómago era Savannah. En un mes, ella había pasado de ser una desconocida a ser una pieza esencial en el rompecabezas de su vida. No solo era la mujer con la que había compartido risas, momentos tranquilos y conversaciones profundas. Era la mujer que había sacado su mejor versión y no había huido. La que lo había escuchado sin juzgar. La que lo había desafiado con su espíritu indomable y su pasión por la justicia, por hacer el bien.

Cada día con ella había sido un descubrimiento: la calidez de su mano en la suya en el puente de Nashville, la forma en que sus ojos se iluminaban cuando hablaba de lo que le gustaba o de la lucha por vengarse de su padre. Descubrió la fuerza en su voz cuando supo lo que había estado haciendo el alcalde del pueblo, cuando consiguió las pruebas de la extracción ilegal. Descubrió la paz que sentía al simplemente estar en la misma habitación que ella.

La noche del martes habían compartido un beso, un momento tierno y prometedor en la oscuridad de su camioneta. Un beso que le había dejado el corazón palpitante y la mente llena de posibilidades, pero también de nostalgia.

Desde entonces, habían sido cuidadosos, avanzando despacio, construyendo una base de amistad y confianza. Pero la corriente subterránea de atracción, de algo más profundo, era innegable. Aunque se fuera, ella seguiría encarnada en su ser.

—Eres una fiera indomable, Savannah Peterson —le dijo a la silueta del cuadro—. Una llena de hermosos matices.

Pensar en dejarla, en volver a Los Ángeles y a una vida sin ella, le parecía absurdo. ¿Cómo podía la vida seguir adelante sin su presencia, sin esa risa contagiosa, sin esa mirada que lo hacía sentir visto y comprendido?

En ese momento sintió una punzada en su pecho, y un nudo se formó en su garganta. La semana estaba llegando a su fin y pronto... la realidad de su vida volvería para darle una bofetada y hacerle entender que todo había acabado.

El lienzo de Savannah al atardecer era una metáfora de lo que ella representaba para él: luz, calma, una nueva perspectiva.

Se levantó del taburete y se acercó a la ventana de la habitación, observando la luna. Ya era tarde, al amanecer sería el último día de construcción y debía tomar fuerzas para darle fin a todo.




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