Matices del corazón

Capítulo veintisiete

El sol del sábado, brillante y casi insolente, se alzaba sobre Normville, iluminando el resplandeciente Centro Comercial Star. La cinta roja de inauguración ondeaba suavemente con la brisa, prometiendo un nuevo futuro para el pueblo. Una multitud se había congregado frente a la entrada principal, una mezcla de caras curiosas del pueblo, ejecutivos de la directiva de Star con trajes impecables, y algunos reporteros de localidades cercanas con cámaras y micrófonos. El aire vibraba con una mezcla de emoción, expectación y el zumbido de las conversaciones.

Theo, impecable con un traje que no había usado en semanas, sentía una extraña mezcla de orgullo y una punzada de vacío. El centro comercial era un logro, un monumento a su tenacidad, pero su corazón estaba en otra parte.

Sus ojos, a menudo, buscaban a Savannah entre la multitud.

La había visto llegar, un poco apartada, vestida de forma sencilla, pero con una dignidad que la hacía destacar. Isis, su mejor amiga, la cual Theo había conocido hace poco, estaba junto a ella con su aura habitual de misterio y belleza. Era una buena chica, aunque la rubia le contara lo que había pasado entre ellas, estaba seguro que era una buena persona. Y entre el público, vio las caras de sus padres, ambos mirándolo con una mezcla de orgullo y preocupación silenciosa.

También estaban presentes sus trabajadores, las chicas de la cafetería, Samuel con su esposa Sally, los padres de Isis.

La ceremonia comenzó con discursos. El primero en tomar el micrófono, con una sonrisa amplia y un aire de triunfo, fue el alcalde Wallace. Estaba en su elemento, irradiando confianza y satisfacción, estaba alardeando del nuevo progreso para el pueblo.

—¡Ciudadanos de Normville! —exclamó, su voz retumbando a través de los altavoces que distorsionaban ligeramente el sonido—. ¡Qué día tan glorioso para nuestro querido pueblo! Hoy, no solo inauguramos un edificio; inauguramos una era. El Centro Comercial Star no es solo un lugar de compras: es un símbolo de progreso, de la visión que tenemos para el futuro de Normville.

Habló largo y tendido, atribuyéndose el mérito de cada fase del proyecto, desde la negociación de los terrenos hasta la aprobación de los permisos. Mencionó los empleos que se crearían, la revitalización económica que traería, la modernidad que Normville abrazaba.

Theo solo apretó los labios, controlando su temperamento. Sabía todo lo que estaba haciendo contra el pueblo y el muy cínico decía todo eso. Se preguntaba si la arrogancia de Wallace era genuina o una máscara para seguir fingiendo ser el mejor alcalde de todo Tennessee.

—Este es el resultado de un trabajo arduo, de una colaboración inquebrantable entre la directiva de Star y la administración local—continuó el alcalde, con un gesto pomposo hacia los ejecutivos de Star y, de pasada, hacia Theo—. Y no puedo dejar de agradecer la increíble visión y el trabajo incansable del señor Theodore Jules y su equipo. Sin ellos, este sueño no sería una realidad.

Los aplausos resonaron. Theo, aunque incómodo con la hipocresía, asintió cortésmente. Sus ojos, sin embargo, buscaron a Savannah. Ella estaba de pie, con los brazos cruzados, una expresión indescifrable en su rostro. La mujer no soportaba escuchar ni una sola palabra de su enemigo, le daba asco y rabia. Pero sus ojos azules se encontraron con los de Theo por un instante, él vio en ellos una mezcla de tristeza, determinación y algo parecido a la despedida. Sin embargo, le dio una sonrisa, haciéndole saber que estaba junto a él en ese día tan importante para su carrera.

Finalmente, llegó el turno de Theo. Subió al podio, ajustando el micrófono a su altura. La gente lo miraba con expectación. Luego de un mes de arduo trabajo, conociendo al pueblo y a gente especial, era su turno de agradecer. Su familia le sonreía con orgullo, era su momento de brillar, de celebrar su logro profesional.

—Gracias, alcalde Racer —comenzó Theo, su voz firme, a pesar del nudo en su estómago. Se sentía nervioso—. Gracias a todos por venir hoy. Este proyecto, el Centro Comercial Star, ha sido un viaje increíble. Ha sido el resultado de innumerables horas de trabajo, de la dedicación de equipos enteros, y de la fe en el potencial de Normville.

Hizo una pausa, su mirada recorriendo las caras de la multitud.

—Quiero agradecer a la directiva de Star por su confianza. A mi equipo, a los constructores, a cada persona que puso su sudor y esfuerzo en levantar esta estructura. Y quiero agradecer a la gente de Normville. Su paciencia, su bienvenida, su espíritu... han hecho de este proyecto algo más que un simple trabajo. Han hecho que se sienta como...

Justo en ese momento, un sonido ajeno y estridente irrumpió en el ambiente festivo. El inconfundible chirrido de neumáticos y el ulular de sirenas policiales se hicieron eco en la plaza. No era una, sino varias patrullas las que se acercaban a toda velocidad, sus luces azules y rojas destellando furiosamente bajo el sol del mediodía. Un par de vehículos más discretos, pero igualmente oficiales, se detuvieron detrás de ellos.

La gente murmuraba, girando sus cabezas en confusión. Los altavoces crepitaban. El discurso de Theo quedó suspendido en el aire. Los señores Jules se miraban entre sí, pero el castaño enfocó su mirada en Vannah, quien lucía expectante, sabía lo que estaba sucediendo. ¡Lo había hecho! Y tanto para Theo como para ella, era un gran día para celebrar los logros de cada uno.

De los coches patrulla saltaron varios agentes uniformados de la comisaría del condado, con rostros serios y manos firmes en sus cinturones de servicio. Pero detrás de ellos, lo que más llamó la atención de Theo y Savannah, así como de la multitud, fueron dos figuras más: un hombre y una mujer, ambos con trajes oscuros y una autoridad silenciosa que no necesitaba insignias. Eran agentes del FBI.

La música de fondo se detuvo abruptamente. El murmullo de la multitud se elevó a un coro de sorpresa y preocupación. Los agentes se movieron con determinación, abriéndose paso entre la gente, directamente hacia el podio.




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