Matices del corazón

Capítulo veintiocho

Wallace Racer era un ególatra sin piedad, no soportaba la idea de estar encerrado en una cárcel, no cuando había tenido todo en su vida. El intento que hizo fue torpe, desesperado, con una nota final desafinada en la sinfonía de su autodestrucción.

El hombre quiso acabar con su vida antes de lo esperado, ni siquiera habían pasado dos días de su arresto. No soportaba estar allí. Por lo que con un trozo de metal afilado de una lata de refresco que logró esconder, había intentado cortarse las venas.

Sin embargo, no fue efectiva su intención, no lo suficiente para quitarse la vida, pero sí lo bastante para convertir la celda en una escena de horror y la vergüenza de su fracaso en una herida física y palpable. Los guardias lo encontraron a tiempo, su cuerpo ya pálido y tembloroso por la pérdida de sangre, su respiración superficial. Fue un milagro que no muriera desangrado.

Ahora estaba en la enfermería de la cárcel, su pulso era débil y su presión arterial bajaba peligrosamente. El personal médico, acostumbrado a las tragedias silenciosas de la prisión, hizo lo que pudo, pero Wallace necesitaba sangre, y la necesitaba con urgencia. Su tipo de sangre, AB negativo, era raro. Necesitaban un donante familiar directo.

Y esa persona era Savannah Peterson, su única hija en el pueblo.

*

Golpes desesperados sonaban en la pequeña casa de Savannah, un sonido discordante en la quietud de la tarde. Ella había estado sumida en una neblina de tristeza desde la partida de Theo. Su presencia en Normville, tan efímera como un sueño, había dejado una huella profunda y un vacío punzante en su corazón. Se había esforzado por mantenerse ocupada con sus viejos pasatiempos, limpiando la casa, tratando de ocupar su mente y a su corazón, pero la ausencia de Theo, la certeza de que no volverían a verse de la misma manera, era un peso constante en su pecho. Además, al estar desempleada, el tiempo se sentía aún más pesado. El trabajo de asistente había terminado, por lo que ahora solo debía planear su mudanza a Nashville. Había podido ahorrar con los pagos que le hacía Theo, era suficiente para poder alquilar una pequeña posada mientras conseguía trabajo y buscaba un apartamento donde vivir.

Minutos antes de los golpes incesantes en su puerta, su teléfono había vibrado en el bolsillo de su pantalón. Era una notificación bancaria. Quince mil dólares habían sido transferidos a su cuenta.

La cantidad la dejó helada.

Era un pago que no esperaba, pero sabía de quién había sido. El concepto de la transferencia rezaba:

"Te lo mereces, Ricitos. No lo devuelvas".

El gesto la conmovió, pero no pudo validar sus sentimientos, porque los golpes no cesaban, por lo que corrió a abrir la puerta inmediatamente.

Con la mente aún en ese enigmático depósito, Savannah abrió la puerta. En el pasillo, de pie, con el rostro surcado por el llanto y los ojos hinchados, estaba Lillian Racer, la esposa de Wallace.

Nunca se habían llevado bien, ella sabía quién era Savannah, por lo que le parecía algo descabellado que ella estuviese en la puerta de su casa. Nunca aceptó que su esposo haya tenido una aventura con su madre Sarah.

—Savannah —dijo Lillian, su voz ronca por el llanto, el maquillaje corrido por las lágrimas—. Necesito tu ayuda. Es... es tu padre.

Savannah se cruzó de brazos, el cansancio y la desconfianza invadiéndola, la chispa de enojo se estaba encendiendo.

—Yo no tengo padre, señora Racer.

Lillian se tambaleó, apoyándose en el marco de la puerta.

—Está en la prisión. Intentó... intentó quitarse la vida. Lo encontraron a tiempo, pero ha perdido mucha sangre. Está muy grave.

Los médicos... dicen que necesita una transfusión urgente. Y... eres su hija. Tu tipo de sangre es compatible supongo. Es el único.

Savannah sintió una punzada en el estómago. La noticia del intento de suicidio la sorprendió, pero no generó la compasión que Lillian esperaba. Solo una fría indiferencia. ¿Este hombre, que había sido una sombra en su vida, una fuente constante de desilusión y dolor para su madre, ahora acudía a ella en su hora más oscura? ¡Era un chiste mal contado!

—Lo siento, Lillian —replicó Savannah, con voz plana, desprovista de emoción—. Pero no. No voy a donar sangre.

Los ojos de Lillian se abrieron, llenos de incredulidad y desesperación.

—¡Savannah, por favor! ¡Es tu padre! ¡No puedes dejarlo morir! ¡Por favor! —Se arrodilló con las lágrimas brotando incontrolablemente, sus manos implorando piedad. Era una imagen patética, una mujer que había vivido toda su vida en la opulencia, ahora reducida a la humillación.

—¿Mi padre? —repitió Savannah, una risa amarga escapando de sus labios—. ¿Dónde estaba mi padre cuando yo lo necesitaba? ¿Dónde estaba cuando mi madre lo necesitaba? ¿Dónde estaba cuando nos abandonó por ti, por su estatus, por su poder? ¡Le dijo miles de cosas a mi madre mientras estaba muriendo!

La mirada de Savannah estaba llena de fuego, de una llama que nunca se había apagado desde que se enteró que Racer era su padre.

—Sé que te hemos hecho daño, lo sé —gimió Lillian, arrastrándose un poco más cerca de forma suplicante—. Sé que he sido una mala persona, pero por favor, no dejes que muera así. Te lo ruego. Es una vida.

Savannah observó a la mujer que siempre menospreció a su madre, quien se burlaba de tener cáncer, una persona que no lo pensó dos veces en quitarles el agua al edificio para que su madre no pudiera ser atendida como debía, aquella que había elegido la debilidad y la complacencia. No había sido solo Wallace quien había causado el daño a su familia; Lillian también había sido cómplice en su silencio.

El dolor por Theo, el repentino pago en su cuenta, su propia situación de desempleo, y ahora esto. Era demasiado. Sentía que se iba a romper.




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