Matices del corazón

Capítulo veintinueve

El crujido de la cinta adhesiva era el único sonido que rompía el silencio polvoriento de la pequeña casa de Savannah. El sol de la tarde se filtraba por las ventanas, iluminando las motas de polvo que danzaban en el aire. Cajas de cartón, algunas ya selladas, otras a medio llenar, se apilaban en la sala. El corazón de Savannah se sentía como una piedra. Estaba en ese incómodo limbo entre el pasado que se desvanecía y el futuro incierto que le esperaba.

Caminó hasta una mesita en la sala de estar, donde el viejo portarretrato con una foto junto a su madre erguía como un ancla a su pasado, la miró con ternura.

—¿Qué te parece, mamá? —preguntó a la foto donde su madre lucía idéntica a ella—. Es hora de crecer.

El recuerdo de ella y su madre cocinando cuando era pequeña vino a su mente.

—Hoy haremos una ensalada de frutas, ¿estás preparada, hija? —Sarah Peterson era una mujer de tez blanca y con hermosos rizos en su cabello rubio, llena de vida y con mucho color en sus mejillas. Sus ojos brillaban cada vez que miraba a su hija.

Ella había luchado con su vida para tenerla, la vida imposible que Wallace, su antigua pareja, le había hecho, más bien era digno de admirar su valentía. Cada vez que veía a Savannah estaba segura que había tomado la mejor decisión de su vida.

Él no la quería, pero ella la amaba tanto que podía abarcar el amor que le faltaba. Llenaba cada vacío con una sonrisa alegre, un canto que infundía su corazón de amor y abrazos que la hacían sentir protegida ante cualquier maldad.

Así era Sarah Peterson, una mujer que daba todo por su pequeña hija.

—Mami, mami, mami —canturreaba Savannah, de unos seis años, quien ayudaba a pelar las mandarinas que habían conseguido en el pequeño mercado del pueblo.

—Dime, hija.

—Te quiero mucho —confesó la pequeña, dándole una sonrisa que llenaba todo su rostro.

—Pero yo te amo muchísimo, así tan grande como el cielo —le dijo Sarah, dándole un pequeño mimo con su nariz y dándole un beso sobre su cabeza.

—¿Siempre estaremos juntas, verdad?

—Siempre lo estaremos, bebé —prometió, sonriéndole y dándole un pedazo de sandía recién cortada.

La rubia soltó un suspiro por el recuerdo, ahora se encontraba allí, en su hogar sola, sin ella y sintiendo un vacío enorme en su corazón que nunca iba a ser llenado.

Miró de nuevo la foto, era una de las pocas posesiones preciadas que le quedaban y que llevaba a todos lados consigo. Tomó el portarretrato con cuidado, sus dedos rozando el cristal. Pero en un momento de distracción, o quizás por el peso de sus pensamientos, el mismo se le resbaló de las manos, cayendo al suelo con un sonido seco y un tintineo de cristal roto.

Savannah se agachó con un gemido, más molesta por el simbolismo que por el objeto en sí. Mientras recogía los fragmentos de cristal, notó algo inusual. Debajo de la foto, ocultado dentro del marco, había un pequeño sobre de papel crema, amarillento por el tiempo. No tenía ninguna inscripción.

Con el ceño fruncido, lo abrió. Dentro, cuidadosamente doblado, había un documento.

Era un acta de nacimiento.

Sus ojos recorrieron las palabras.

Savannah Racer.

La fecha de nacimiento era correcta, pero su apellido era diferente.

—¿Qué es esto? —murmuró.

Un escalofrío le recorrio la espalda. Eso no tenía sentido. Su madre le había contado una historia diferente, una que implicaba su nacimiento en Normville y un padre ausente que nunca la había reconocido legalmente. ¿Wallace Racer la había presentado legalmente? ¿Y por qué esa acta de nacimiento estaba escondida?

Su corazón se aceleró, se sentía mareada y no dejaba de pensar en que toda su vida fue una Racer legalmente.

—¿Qué hiciste, mamá?

Volvió a preguntarle a la figura de su madre en la foto, sabiendo que nunca tendría una respuesta a ello.

—Savannah Racer —dijo saboreando las palabras que alguna vez pensó con ilusión cuando era una niña. Ahora siendo una adulta, sonaba tan raro, que era imposible creer lo que tenía en sus manos.

*

El siguiente martes, el tribunal del condado de Normville estaba abarrotado. La noticia del arresto de Wallace Racer, el "próspero" alcalde caído en desgracia, había sido la comidilla del pueblo durante días. Los reporteros de periodicos más grandes de Nashville y otras ciudades cercanas también estaban presentes, olfateando la historia.

Savannah llegó temprano, mezclándose con la multitud, su pequeño bolso de mano apretado contra su costado. Había pasado los últimos días en un torbellino emocional, el descubrimiento de la partida de nacimiento eclipsando incluso la tristeza por Theo, el cual llevaba días sin saber algo de él.

«Es mejor así, sin saber del otro», recordaba cada vez que pensaba en él.

Se sentó en uno de los bancos de atrás, sintiéndose extraña y fuera de lugar. Las palabras del documento giraban en su cabeza, un rompecabezas sin resolver.

Wallace Racer fue llevado a la sala del tribunal, esposado y con un semblante demacrado, se había enterado por los cotilleos del pueblo que había recibido sangre y estaba en reposo. El brillo de sus ojos había desaparecido, reemplazado por la desesperación. A su lado, Lillian, su esposa, lo miraba con una mezcla de pánico y resentimiento. Ella también había sido arrastrada al barro de la vergüenza pública.

El juicio fue sorprendentemente rápido. Las pruebas presentadas por la fiscalía eran abrumadoras: informes detallados de la extracción ilegal en el río, testimonios de trabajadores coaccionados, registros bancarios que mostraban transferencias sospechosas a cuentas offshore, y, para rematar, la confesión a medias de Wallace durante su intento de suicidio. El testimonio de Vincent, el viejo granjero, fue crucial, ofreciendo una perspectiva arraigada en el conocimiento local y la observación. Aunque Savannah no subió al estrado, su meticulosa recolección de pruebas había sido la base de gran parte del caso. Falls también fue interrogado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.