Capítulo final
La puerta del estudio se abrió un jueves por la mañana, entrando Melanie Jules, la hermana menor de Theo, con una maleta pequeña en la mano y una sonrisa radiante. Había decidido sorprenderlo con una visita rápida.
—¡Hermano! —exclamó, abrazándolo con fuerza—. ¡Felicidades, CEO! Vine a LA solo para celebrar contigo.
Se apartó y lo miró, su sonrisa vaciló. Sus ojos, perspicaces como los de Theo, se fijaron en él.
—Pero... ¿qué te pasa? Pareces un fantasma. Te ves miserable. Acabas de obtener el puesto más grande de tu carrera, lo que siempre quisiste, y pareces que acabas de perderlo todo.
Theo suspiró, mirando a Ryder quien también estaba en la oficina hablando de un nuevo proyecto que se llevaría a cabo las próximas semanas, quien le dio un asentimiento casi imperceptible a su hermana mientras se paraba para saludarla y darle un abrazo.
Theo ya había tenido suficiente con la conversación de su hermano días atrás, pero no podía ocultárselo a Melanie. Ella lo conocía demasiado bien.
—Porque lo hice, Melanie —confesó, la verdad saliendo sin filtros—. Obtuve el título, sí. Pero perdí lo que realmente importaba.
Su hermana lo miró expectante, luego le hizo señas a su hermano Ryder, luego volvió con Theo.
—Cuéntame más.
Theo, con la mirada fija en el cuadro de Savannah, le contó todo. Desde su llegada a Normville, su encuentro con la sureña, el mes que habían pasado juntos, la conexión que había crecido entre ellos, la partida, la tristeza, el vacío, y la sorprendente noticia sobre la verdadera herencia de Savannah, y la pérdida del bebé de Kiara. La historia brotó de él, una confesión de su corazón. Sentía que necesitaba hacerlo.
Su hermana lo escuchó atenta, sus ojos moviéndose entre Theo, el cuadro y Ryder. Cuando Theo terminó, hubo un largo silencio.
—Entonces... —siseó Mel finalmente con voz tranquila—. ¿Me estás diciendo que lo tienes todo, pero eres miserable porque te has enamorado de una mujer maravillosa y la dejaste ir?
Theo asintió, sintiéndose patético.
—Sí. Y no sé qué hacer, ¿no es demasiado pronto para sentir tanto por alguien? —le preguntó como niño sin entender la vida—. ¿Vuelvo a Normville? ¿Dejo todo esto por ella? ¿Es justo para ella? ¿Para mí?
La menor de los Jules sonrió, una sonrisa de profunda sabiduría y cariño. Se acercó a él y le tomó la cara entre las manos.
—Theo, mi querido hermano. La respuesta es siempre la misma. La respuesta es el amor.
Theo la miró, perplejo.
—¿Qué?
—Ya te lo he dicho antes —continuó diciendo la mejor de los Jules, sus ojos brillando—. ¿Recuerdas cuando estabas perdido después de lo de Kiara, y te dije que la única forma de reconstruirte era a través del amor? No lo entendiste entonces. Pensaste que me refería a volver a amar tu trabajo o tu vida, no sé. Pero me refería a esto. Al amor por otra persona. Al amor que te hace querer ser mejor, que te da propósito, que te ancla.
Mel hizo un gesto hacia el cuadro.
—Esa mujer, Savannah, te trajo paz. Te hizo ver el mundo con otros ojos. Te hizo sentir de nuevo. Y no es solo el amor romántico, es el amor que se extiende a una forma de vida que te hizo feliz.
La mujer estaba de pie, exclamando cada palabra con euforia como si de una exposición se tratara.
—¿Crees que el universo te puso en Normville por casualidad? ¿Qué te hizo conocer a Savannah por accidente? ¿Qué te hizo enamorarte de un lugar y de una persona que son todo lo contrario a tu vida en Los Ángeles por mero capricho?
Ella negó con su cabeza y moviendo su dedo índice.
—La respuesta es el amor, Theo —repitió Melanie, su voz firme como era ella, siempre directa y llena de sabiduría. Siempre era la que hacía entrar en razón a sus hermanos mayores—. Si amas a esa mujer, si amas el sentimiento que ella te da, si amas la vida que te hizo vislumbrar allí... entonces sabes lo que debes hacer.
Theo la miró, y de repente, fue como si una niebla se disipara en su mente. Ella tenía razón. Tenía toda la razón. No era una cuestión de sacrificio, sino de elección. La elección de seguir lo que su corazón le pedía. La apuesta con Ryder, la había ganado no por el centro comercial, sino por haber encontrado el amor y la capacidad de amar de nuevo.
*
Mientras tanto, en Normville, Savannah también había estado lidiando con sus propias revoluciones internas. El descubrimiento de la herencia de Wallace, la propiedad de las Tierras Altas y las cabañas de alquiler, había trastocado sus planes de irse a Nashville.
Al principio, la idea de quedarse era abrumadora. ¿Cómo manejaría todo aquello? ¿Ella, que siempre había vivido con lo justo, de repente dueña de tanto? Pero el tiempo, y algunas conversaciones largas con Vincent e incluso con Isis, quien había vuelto a estar con ella en sus tiempos libres, le habían dado otra perspectiva.
No se iría a Nashville. No por ahora.
Normville la necesitaba, y ella ahora tenía los recursos para hacer un cambio real. Quería ayudar al comisario Falls a mejorar el pueblo, él se había convertido en el alcalde interino mientras hubiese elecciones. El pueblo no se opuso, estaban de acuerdo con la decisión. Muchos hablaron sobre la adquisición de las tierras o del dinero robado por la alcaldía, pero sabían que Savannah ayudaría al pueblo, era su única esperanza para tener un progreso verdadero. A pesar de todo, confiaban en ella.
Greta hasta la había felicitado cuando la vio un día en el mercadito, era una de las ciudadanas orgullosas de que Racer estuviera pudriéndose en la cárcel.
—Me alegro tanto que ese caradura esté en la cárcel —confesó, dándole a su bastón contra el suelo y riéndose—. ¡Qué bueno que ahora todo es tuyo!
—Me siento muy abrumada con eso, Greta —le dijo Savannah, encogiéndose de hombros—. Es demasiado.