Emma
El auricular crepitó justo cuando yo rompía la cerradura del último cajón.
—Tienes noventa segundos —susurró la voz de mi enlace, Marlene Cross, al otro lado de la línea—. La cámara de seguridad reinicia en dos minutos.
—Noventa y cinco, si dejas de contar en voz alta —repliqué, sin levantar la mirada de los documentos.
No era mi primer robo de información en una fiesta ajena, pero sí el primero en el que llevaba tacones de doce centímetros y un vestido tan ceñido que apenas me dejaba respirar hondo. La misión había sido sencilla en el papel: infiltrarme en la recepción privada de un banquero suizo, fotografiar unos contratos, salir antes de que alguien notara que "la sobrina de la anfitriona" nunca había pisado esa casa en su vida.
El estudio olía a cuero viejo y a cigarros caros, ese perfume particular que tienen los lugares donde se toman decisiones capaces de arruinar la vida de gente que ni siquiera sabe que existe. Fotografié cada página con el pulso firme, contando en mi cabeza los pasos que había dado al entrar, calculando cuántos me quedaban para volver sin levantar sospechas. Abajo, la fiesta seguía su curso: risas amortiguadas, el tintineo de copas, una orquesta de cuerdas tocando algo que sonaba caro y aburrido a partes iguales.
Guardé el teléfono en el sujetador —el único lugar donde ese vestido dejaba espacio para algo— y cerré el cajón con el mismo cuidado con el que lo había abierto. Afuera, la música seguía sonando, ajena por completo a que yo acababa de desmontar la fachada de honestidad de todo un imperio financiero en menos de dos minutos.
Cuando volví a la fiesta, me serví una copa de champán que no pensaba beber y sonreí a un hombre que me pareció aburrido antes de que terminara de presentarse. Se llamaba algo con "K", creo. No importaba. Lo dejé hablar de sus caballos de carreras durante siete minutos exactos mientras yo asentía en los momentos correctos, calculaba la posición de las salidas y esperaba la señal de Marlene para retirarme sin llamar la atención.
El salón entero olía a dinero viejo: flores importadas que costaban más que el sueldo mensual de cualquiera de los meseros que las rodeaban, un cuarteto de cuerdas tocando algo que sonaba a Vivaldi mal digerido, mujeres con joyas suficientes para financiar tres operaciones encubiertas riéndose de chistes que probablemente no habían escuchado bien. Yo encajaba ahí con la misma facilidad con la que encajaba en cualquier lugar: sonriendo lo justo, hablando lo necesario, siendo exactamente quien cada persona necesitaba que fuera para no hacerse preguntas.
Eso era lo que mejor sabía hacer: fingir. Fingir interés, fingir encanto, fingir que mi corazón latía a ritmo normal mientras cargaba pruebas que podían encarcelar a media junta directiva de un banco. Nadie sospechaba de la mujer que reía con la cabeza inclinada hacia atrás y aceptaba cumplidos vacíos como si fueran regalos. Llevaba haciéndolo desde los veintitrés años, y a veces —solo a veces, en las noches en que el trabajo terminaba tarde y volvía sola a un apartamento demasiado ordenado para ser habitado de verdad— me preguntaba si todavía sabría reconocer mi propia voz sin un personaje encima.
Cuarenta minutos después, ya en el auto, dejé caer la sonrisa como quien se quita un zapato que aprieta. El silencio que siguió fue casi un alivio físico, la clase de descanso que solo entiende alguien que ha pasado la noche entera actuando para un público que nunca sabrá que hubo función.
—Confirmado, tengo los archivos —anuncié por el auricular, esta vez sin necesidad de bajar la voz—. ¿Puedo, por favor, quitarme estos tacones antes de que me arranquen los dedos?
—Puedes quitártelos en la central —contestó Marlene—. Te quiero aquí en veinte minutos. Hay una reunión que no puede esperar.
Algo en su tono me hizo fruncir el ceño. Marlene nunca convocaba reuniones "que no podían esperar" después de una operación exitosa. Las operaciones exitosas se celebraban con un informe de rutina y un día libre, no con urgencia en la voz. En cinco años trabajando bajo su mando había aprendido a distinguir el timbre de las buenas noticias del de las complicadas, y este, sin duda, pertenecía a la segunda categoría.
—¿Pasó algo con la extracción de los archivos?
—No. Pasó algo contigo.
Conduje el resto del camino con esa frase dándome vueltas en la cabeza, repasando cada movimiento de las últimas semanas en busca de un error que no lograba encontrar. No había fallado una misión en tres años. Si algo había salido mal, no había sido por mi culpa, y esa certeza no me tranquilizaba tanto como debería.
La central de la agencia, a esas horas, tenía la quietud de un hospital de madrugada: pasillos iluminados, pasos que resonaban de más, el zumbido constante de los servidores como un corazón que nunca terminaba de dormir. Crucé dos puertas de seguridad, entregué mi arma en recepción —protocolo, aunque a esas alturas ya nadie dudaba de mi lealtad— y llegué a la sala de reuniones todavía con el vestido de la misión, porque nadie me había avisado que tendría tiempo de cambiarme.
Marlene me esperaba de pie, con los brazos cruzados y esa expresión que yo había aprendido a temer más que cualquier arma apuntándome: la cara de alguien a punto de pedirme algo que yo no querría hacer.
—Siéntate.
—Prefiero quedarme de pie. Así puedo salir corriendo si la noticia es tan mala como parece.
Marlene no sonrió. Deslizó una carpeta sobre la mesa sin decir nada más, y ese silencio pesó más que cualquier explicación. La abrí, esperando ver el resultado del informe del banco suizo. En cambio, encontré una fotografía.
Un hombre. Cabello castaño casi negro, ojos grises que parecían medir la distancia exacta a la salida más cercana incluso en una foto fija, una cicatriz fina sobre la ceja izquierda que alguien con menos entrenamiento habría confundido con un defecto de la imagen. No sonreía. No parecía saber cómo hacerlo.
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Editado: 01.08.2026